Hoy se cum­plen 60 años del ‘Par­ti­do de la nie­ve’

Odi­sea del Ma­drid en Bel­gra­do

AS (Las Palmas) - - REAL MADRID-ESPANYOL - POR AGUS­TÍN MAR­TÍN

E s, sin lu­gar a du­das, el pri­mer par­ti­do épi­co del Ma­drid en la Co­pa de Eu­ro­pa. Hoy se cum­plen 60 años del Par­ti­do de la nie­ve, un en­cuen­tro que en­fren­tó al Par­ti­zán con el con­jun­to ma­dri­dis­ta por un pues­to en las se­mi­fi­na­les de la pri­me­ra edi­ción del tor­neo con­ti­nen­tal. El Ma­drid lle­va­ba una ren­ta am­plia (4-0), pe­ro en Bel­gra­do fue otra co­sa...

Du­ran­te la no­che del 28 al 29 de enero una nevada se­pul­tó la ca­pi­tal yu­gos­la­va. Ber­na­béu fue al cam­po con los ju­ga­do­res. És­te es­ta­ba com­ple­ta­men­te lleno de nie­ve y pla­cas de hielo.

Pe­ro pa­ra Ber­na­béu no exis­tían las ne­ga­ti­vas. Se gi­ró y afir­mó: “He­mos ve­ni­do a ju­gar y lo ha­re­mos”. Y así fue. Mien­tras los ma­dri­dis­tas se cam­bia­ban, vie­ron a tra­vés de una ven­ta­na a un gru­po de chi­cos que ju­ga­ban al fút­bol sin pro­ble­mas. Asom­bra­dos, se pre­gun­ta­ban có­mo lo po­dían ha­cer. ¿Quié­nes eran esos mu­cha­chos? Sus ri­va­les...

Así, em­pe­zó el par­ti­do. Mien­tras los ma­dri­dis­tas ape- nas po­dían man­te­ner­se en pie, los bal­cá­ni­cos eran fle­chas so­bre la nie­ve. El ase­dio fue cons­tan­te, pe­ro Juan Alon­so es­tu­vo so­ber­bio to­do el en­cuen­tro. Un ti­ro de Mi­lu­ti­no­vic abrió el mar­ca­dor. Ca­si al fi­nal del pri­mer tiem­po, el ár­bi­tro, el sui­zo Gui­de, pi­tó pe­nal­ti a fa­vor de los blan­cos: Rial se res­ba­ló en el mo­men­to de dis­pa­rar y el ba­lón se mar­chó des­via­do.

Al­guien se fi­jó en que los yu­gos­la­vos se ha­bían ro­cia­do las bo­tas con ga­só­leo pa­ra man­te­ner la ver­ti­ca­li­dad. En el des­can­so, los ma­dri­dis­tas co­pia­ron la idea, pe­ro los yu­gos­la­vos si­guie­ron apre­tan­do (mar­ca­ron dos go­les más, dis­mi­nu­yen­do la ren­ta blan­ca a un so­lo tan­to). In­clu­so Be­ce­rril se rom­pió un pie y si­guió ju­gan­do sin en­te­rar­se de que se ha­bía frac­tu­ra­do...

Al fi­nal, los blan­cos, cla­si­fi­ca­dos, re­ci­bie­ron un alu­vión de bo­las de nie­ve. Una de ellas im­pac­tó en el pe­cho de Vi­lla­lon­ga, el téc­ni­co. Lle­va­ba una pie­dra en su in­te­rior... La odi­sea ha­bía con­clui­do. El Mi­lán le es­pe­ra­ba en se­mi­fi­na­les...

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