Mi ami­go Án­gel, el del cie­lo

He si­do el ma­yor crí­ti­co que ha te­ni­do Nie­to en los 30 años que ejer­cí co­mo res­pon­sa­ble del mo­tor en AS. Hoy es­toy de­sola­do

AS (Las Palmas) - - Motor - TOMÁS DÍAZ-VAL­DÉS /

Pa­re­ce que fue ayer. Es­ta­mos ha­blan­do de ha­ce más de 55 años. Un crío que ni pa­sa­ba de los do­ce años se acer­có a mi, en­ton­ces, con­ce­sio­na­rio de Der­bi. To­das las tar­des de­ja­ba sus de­dos en los cris­ta­les de la ex­po­si­ción. Tan­ta fue su in­sis­ten­cia que le pre­gun­té: “¿Te gus­tan las mo­tos?”. La re­pues­ta fue in­me­dia­ta. Pa­re­cía que la es­ta­ba es­pe­ran­do: “Quie­ro ser co­rre­dor de mo­tos”, me con­tes­tó. “Co­mo us­ted”. Me hi­zo tan­ta gra­cia que le di­je: “Pue­des tra­ba­jar con no­so­tros”. No lo du­dó. “¿Cuándo em­pie­zo?”, me con­tes­tó.

Es­te fue el ini­cio de más de cin­cuen­ta y seis —¿o sie­te?— años de una amis­tad que per­du­ró has­ta nues­tros días. Con su pros y sus con­tras. Por­que ten­go que re­co­no­cer que he si­do el ma­yor crí­ti­co que ha te­ni­do mi ami­go, nues­tro gran­de, en los trein­ta años que ejer­cí co­mo res­pon­sa­ble del mo­tor en es­te dia­rio, AS.

Hoy es­toy de­sola­do. To­da­vía no pue­do creer que ya no es­té en­tre no­so­tros. “¡Se nos va, Raúl!”, le di­je a mi ami­go y sin em­bar­go com­pa­ñe­ro, Romojaro. No pa­ra­ba de dar­me áni­mos, pe­ro cuan­do es­ta­ba a bor­do del avión que me traía a Ibi­za me te­mía lo peor. Las in­for­ma­cio­nes y las lla­ma­das de te­lé­fono lo pre­sa­gia­ban. Al lle­gar a Ibi­za, más de lo mis­mo. Des­pués, cuan­do lle­ga­ron los mé­di­cos de Bar­ce­lo­na, se con­fir­mó la no­ti­cia: Nie­to ha muer­to.

Las lá­gri­mas inun­da­ron mis me­ji­llas —soy de la­gri­ma fá­cil—. In­clu­so la ten­sión se me fue por las nu­bes. Has­ta el pun­to de te­ner que ser in­gre­sa­do en ur­gen­cias.

Se ha­bía muer­to un cam­peón, el ma­yor de to­dos los tiem­pos del de­por­te mo­to­ci­clis­ta español. El hom­bre que mar­có la ba­se de lo que hoy es el motociclismo. El pre­cur­sor de los Már­quez, Lo­ren­zo, Aspar, y to­dos es­tos mun­dia­lis­tas que te­ne­mos en nues­tro elenco de­por­ti­vo. Pe­ro, al mis­mo tiem­po, he per­di­do a mi me­jor ami­go. Al hom­bre que me dio las ma­yo­res sa­tis­fac­cio­nes de­por­ti­vas co­mo de­por­tis­ta y co­mo per­so­na. Me pi­den que di­ga más, que ha­ble más de es­te ído­lo y gran per­so­na. Lo ha­ré. Y muy pron­to. Ten­go un li­bro es­cri­to des­de ha­ce cua­tro años que to­da­vía no ha vis­to la luz. No quie­ro apro­ve­char el mo­men­to. So­lo con­tar anéc­do­tas de su buen ha­cer co­mo de­por­tis­ta. Co­mo tes­ti­go en vi­vo y en di­rec­to de la con­se­cu­ción de sus tre­ce tí­tu­los mun­dia­les — per­dón, do­ce más uno, co­mo le gus­ta­ba de­cir a él, por ser uno de los más gran­des su­pers­ti­cio­sos que he co­no­ci­do—, re­cuer­do el pri­me­ro.

Aquel on­ce de sep­tiem­bre de 1969, cuan­do en el cir­cui­to de Opa­ti­ja (Yu­gos­la­via) con­se­guía ga­nar la pri­me­ra co­ro­na mun­dia­lis­ta en la his­to­ria de es­te de­por­te. Des­pués, in­ten­tó ayu­dar con su pre­sen­cia en la li­nea de sa­li­da a San­tia­go Herrero, que tam­bién se ju­ga­ba en la úl­ti­ma ca­rre­ra de la tem­po­ra­da el ti­tu­lo de 250cc. Así era Án­gel. Mi­nu­tos an­tes triun­fa­dor y lue­go so­por­te pa­ra uno que fue muy gran­de y que el cir­cui­to de la Is­la del Man se lo lle­vó al cir­cui­to de los cie­los. Aho­ra es­ta­rán nue­va­men­te jun­tos en es­te Gran Pre­mio del Cie­lo, don­de ya es­tán par­ti­ci­pan­do otros gran­des de es­te de­por­te. Des­can­se en Paz mi ami­go, mi her­mano, mi pi­lo­to.

Án­gel Nie­to jun­to a Tomás Díaz-Val­dés.

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