Un ju­gue­te s

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Es la má­xi­ma ex­pre­sión de­por­ti­va de la Se­rie 5, eso no se le es­ca­pa a na­die. Con un im­pre­sio­nan­te V8 de­ba­jo de su ca­pó – más de 123 CV por li­tro–, 560 ca­ba­llos y una re­la­ción pe­so/po­ten­cia de so­lo 3,5 ki­los por ca­ba­llo, el M5 es to­do un po­de­ro­so de­por­ti­vo ves­ti­do de ber­li­na de lu­jo. Fren­te a mu­chos de sus ri­va­les de re­nom­bre, es de los más po­ten­tes, por no de­cir el que más, de los más rá­pi­dos, por no de­cir tam­bién el que más, y de los más ase­qui­bles si te­ne­mos en cuen­ta que ha­bla­mos de la frio­le­ra de 117.500 eu­ros, es­té o no es­té la que es­tá ca­yen­do. To­do ello, cla­ro, en un en­vol­to­rio, por den­tro y por fue­ra, del má­xi­mo lu­jo tam­bién.

Fas­ci­na­ción “M”.

Si­gue sien­do un co­che ad­mi­ra­ble. In­clu­so si no te gus­tan las ber­li­nas que dis­fra­zan a un de­por­ti­vo co­mo es de­bi­do. Y lo es ca­si por in­fi­ni­tas ra­zo­nes. Su ba­ja re­la­ción pe­so/ po­ten­cia, y su al­ta re­la­ción ca­ba­llos/ li­tro, sus 560 CV y la trac­ción tra­se­ra com­po­nen un cóc­tel de al­ta gra­dua­ción. No so­lo es que las pres­ta­cio­nes sean co­mo las de un Pors­che o un Fe­rra­ri de re­nom­bre, no. No es so­lo eso, es que su po­der de em­pu­je es des­co­mu­nal, y en­se­gui­da te das cuen­ta de ello, no so­lo por­que te quedes pe­ga­do a esos fas­ci­nan­tes asien­tos de cue­ro, sino tam­bién por­que los con­tro­les de trac­ción y es­ta­bi­li­dad tra­ba­jan sin tregua cuan­do de­ci­des ex­plo­rar­lo, que sue­le ser en cuan­to sien­tes ese po­der de­ba­jo del ace­le­ra­dor. Y no es pa­ra me­nos, por­que es­te V8 es de lo me­jor­ci­to, por no de­cir el me­jor, de los de su cla­se. Un diez, o más, pa­ra BMW en es­to.

Un pu­ra­san­gre.

Es por ello tam­bién un co­che exi­gen­te, muy exi­gen­te. Un ju­gue­te muy se­rio no ap­to pa­ra car­día­cos, aun­que ad­mi­te una con­duc­ción so­se­ga­da en ciu­dad y si­mi­la­res, con el úni­co pe­ro en ma­nio­bras de apar­ca­mien­to, don­de el cam­bio no re­sul­ta tan fino ni aun­que se­lec­cio­nes la tran­si­ción en­tre mar­chas más apa­ci­ble.

A rit­mos ele­va­dos hay que te­ner en cuen­ta un pe­so ele­va­do que no se no­ta, pe­ro que es­tá ahí. La es­ta­bi­li­dad es­tá fue­ra de to­da du­da, y la po­si­bi­li­dad de con­fi­gu­rar mo­tor, cam­bio, sus­pen­sión y de­más te per­mi­ten ju­gar a las ca­rre­ras o la Pla­yS­ta­tion pe­ro de ver­dad, en un es­ce­na­rio real. Con­vie­ne ir po­co a po­co y no des­alen­tar­se si no lle­gas a ex­plo­rar to­dos sus lí­mi­tes. Un co­che adic­ti­vo tam­bién.

Se pue­de re­gu­lar ca­si to­do en es­tos asien­tos por­que es­tán he­chos pa­ra agra­dar cuan­do se va des­pa­cio y tam­bién a rit­mos ele­va­dos.

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