Brian Red­man

Clasicos Exclusivos - - PRÓXIMO NÚMERO -

“Gor­don Brown era un en­tu­sias­ta de Ja­guar y te­nía un XK120 ex-Moss”, re­cuer­da Red­man. “Me in­vi­tó a com­par­tir­lo con él y con John Cuff el lu­nes de Pas­cua de 1965 en Wood­va­le, cer­ca de South­port, y yo mar­qué el me­jor tiem­po de la jor­na­da.

Gor­don co­no­cía a Char­les Brid­ges, que aca­ba­ba de com­prar el 4 WPD, y me di­jo que con­se­gui­ría que me lo de­ja­ra con­du­cir. Al día si­guien­te Gor­don lla­mó pre­gun­tan­do si po­día ir a Oul­ton Park el jue­ves a las 8. ¿Có­mo no iba a po­der?

Aun­que ja­más ha­bía con­du­ci­do un E-Ty­pe, co­no­cía el cir­cui­to. Me en­con­tré con Char­les Brid­ges y su me­cá­ni­co, Terry Wells. Char­les le dio unas vuel­tas al E-Ty­pe an­tes de de­jár­me­lo. Por su­pues­to, pen­sé que era una gran opor­tu­ni­dad y lo con­du­je por en­ci­ma de mis lí­mi­tes. Que­dé 3 se­gun­dos por de­ba­jo del tiem­po de Char­les y me pre­gun­tó qué ha­cía ese sá­ba­do. Ga­na­mos esa pri­me­ra ca­rre­ra y en­ton­ces ins­cri­bió al Light­weight en Ain­tree.

En aque­llos días no sa­bía na­da so­bre con­fi­gu­ra­cio­nes. Tras la lí­nea de sa­li­da ha­bía una cur­va a la de­re­cha, en ter­ce­ra, que se ata­ca­ba a unos 160km/h. El E-Ty­pe sub­vi­ra­ba ho­rri­ble­men­te y en me­dio ha­bía un ba­che que le­van­ta­ba la par­te tra­se­ra del vehícu­lo.

Fue­ra de la pis­ta ha­bía cés­ped y el obs­tácu­lo más cer­cano – una va­lla de hí­pi­ca- es­ta­ba a unos 75 me­tros. Me pa­re­ció que ha­bía su­fi­cien­te es­pa­cio, así que pen­sé que in­ten­ta­ría ace­le­rar al má­xi­mo cuan­do la par­te tra­se­ra se le­van­ta­ra y creí que po­dría con­ver­tir el sub­vi­ra­je en so­bre­vi­ra­je. Fun­cio­nó du­ran­te dos vuel­tas pe­ro a la ter­ce­ra per­dí el con­trol. Me des­vié 45 gra­dos fue­ra de la pis­ta, por el cés­ped mo­ja­do. Los fre­nos y la di­rec­ción no obe­de­cían – cho­qué con­tra la va­lla de hí­pi­ca y caí en la zan­ja al otro la­do. Rom­pí el pa­ra­bri­sas con la ca­be­za y el ca­pó y el bas­ti­dor se­cun­da­rio su­frie­ron da­ños. Fui muy es­tú­pi­do pe­ro apren­dí una va­lio­sa lec­ción aquel día so­bre la hier­ba mo­ja­da. Char­les tie­ne buen co­ra­zón y no me di­jo na­da. Terry y el equi­po se pu­sie­ron a tra­ba­jar y dos se­ma­nas des­pués vol­vía­mos a ga­nar. El co­che se con­du­cía bien y arre­gla­mos lo del sub­vi­ra­je. El Sun­beam Ti­ger de Ber­nard Unett era más rá­pi­do en las rec­tas pe­ro sus fre­nos y su con­duc­ción no eran tan bue­nos.

Co­rrí con Gre­gor Fis­ken en el Re­vi­val del 2000. Fue ma­ra­vi­llo­so con­du­cir el 4 WPD de nue­vo, pe­ro era más len­to que el otro Light­weight de la com­pe­ti­ción. En 2001 ga­nó y me vi obli­ga­do a pre­gun­tar­le si le ha­bía he­cho al­gún ajus­te a la me­cá­ni­ca. Me di­jo que le ha­bía he­cho al­gu­nas mo­di­fi­ca­cio­nes”

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