GERTRUDE Y LAS MON­TA­ÑAS

Clio Historia - - PERSONAJES | LA REINA DEL DESIERTO -

ES­PÍ­RI­TU

IN­QUIE­TO, CUAN­DO GERTRUDE BELL NO EXPERIMENTABA EL SOL ABRA­SA­DOR EN SU PIEL O EL AM­BIEN­TE HÚ­ME­DO DE SU IN­GLA­TE­RRA NA­TAL, bus­ca­ba nue­vas aven­tu­ras con las que ali­men­tar sus an­sias de li­ber­tad. Las mon­ta­ñas sui­zas fue­ron uno de los principales re­tos de Gertrude. En 1899 es­ca­ló la mon­ta­ña al­pi­na de Mei­je y un año des­pués, tras re­gre­sar de una lar­ga es­tan­cia en Jerusalén, se dis­pu­so a con­quis­tar al­gu­nas de las ci­mas vír­ge­nes de los Al­pes sui­zos.

Cha­mo­nix y el Mar de Hie­lo fue­ron sus pri­me­ros re­tos, y en 1901 se en­fren­tó al En­gel­horn, una de las mon­ta­ñas más al­tas de los Al­pes. Acom­pa­ña­da por una pa­re­ja de ave­za­dos mon­ta­ñe­ses, co­ro­nó su ci­ma de ca­si tres mil me­tros des­pués de ha­ber­se ju­ga­do la vi­da en el ca­mino. Gertrude con­si­guió lle­gar a lu­ga­res inex­plo­ra­dos has­ta el mo­men­to y su ha­za­ña le va­lió el or­gu­llo de ver bau­ti­za­do un pi­co con su nom­bre.

Po­co tiem­po des­pués pre­ten­dió otro re­to aún más pe­li­gro­so: atra­ve­sar el gla­ciar Fins­te­rar­horn, una de las ci­mas más al­tas de los Al­pes. Aun­que no al­can­zó su ob­je­ti­vo, y a pun­to es­tu­vo de per­der la vi­da, Gertrude y sus dos acom­pa­ñan­tes re­gre­sa­ron a ca­sa sa­tis­fe­chos de ha­ber­lo in­ten­ta­do.

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