Ce­re­mo­nia del té

Una taza de té no es sim­ple­men­te una be­bi­da. Es la his­to­ria del mun­do en sí mis­mo.

Conde Nast Traveler (Spain) - - SUMARIO - Fo­tos: An­na Wi­lliams / Es­ti­lis­mo: Amy Wil­son

Ren­di­mos ho­me­na­je a nues­tras ce­re­mo­nias pre­fe­ri­das: des­de la pom­po­si­dad in­gle­sa has­ta la ele­gan­cia del ritual ja­po­nés.

AAN­TES QUE EL ACE­RO, que el pe­tró­leo, an­tes que los co­ches, las ar­mas o la Co­ca-Co­la. An­tes que to­do eso exis­tía el té, una de las pri­me­ras ma­te­rias pri­mas glo­ba­les de la ci­vi­li­za­ción, así como una de las más du­ra­de­ras y apre­cia­das. La idea de be­ber té se le atri­bu­ye (como tan­tas otras co­sas bue­nas de la vida) a los chi­nos, quie­nes ase­gu­ran ha­ber des­cu­bier­to los efec­tos cu­ra­ti­vos y re­la­jan­tes de po­ner sus ho­jas en re­mo­jo en agua ca­lien­te allá por el año 2737 a. C. Y aun­que la prác­ti­ca via­jó rá­pi­da­men­te por el Pró­xi­mo y Le­jano Orien­te a tra­vés de la ru­ta de la Se­da, lle­gó a Oc­ci­den­te re­la­ti­va­men­te tar­de, al­re­de­dor del si­glo XVI, cuan­do los por­tu­gue­ses y los ho­lan­de­ses, y pos­te­rior­men­te los in­gle­ses, co­men­za­ron a cons­truir sus ba­luar­tes en Asia. Sin em­bar­go, una vez in­tro­du­ci­da, la cos­tum- bre flo­re­ció por sí mis­ma. Es­pe­cial­men­te los in­gle­ses se vol­vie­ron lo­cos por el té. To­da­vía hoy, en los paí­ses co­lo­ni­za­dos por el im­pe­rio des­apa­re­ci­do ha­ce tiem­po exis­te cier­to ape­go por es­ta be­bi­da (una prue­ba de la ocu­pa­ción es que se sir­ve ca­lien­te y en taza). De he­cho, de­gus­tar una taza de té sig­ni­fi­ca ser par­tí­ci­pe de una tra­di­ción mi­le­na­ria que va mu­cho más allá del sim­ple dis­fru­te de la be­bi­da con teína. En el Ja­pón del si­glo XVI, por po­ner un ejem­plo, las ca­sas de té dis­po­nían de unas puer­tas tan di­mi­nu­tas que obli­ga­ban a los vi­si­tan­tes a en­trar a ga­tas, y pa­ra lo cual era ne­ce­sa­rio des­po­jar­se de la es­pa­da y de­jar­la en el ex­te­rior. De es­ta ma­ne­ra se ga­ran­ti­za­ba una ac­ti­tud hu­mil­de por am­bas par­tes y asi­mis­mo la pro­me­sa de un en­cuen­tro ci­vi­li­za­do, exen­to de in­ten­cio­nes vio­len­tas. Y aun­que crea­mos fir­me­men­te (y con mu­cha ra­zón) que el chai es la be­bi­da na­cio­nal de la In­dia, no fue real­men­te un he­cho has­ta la dé­ca­da de los años cin­cuen­ta, mo­men­to en el que el Con­se­jo del Té de la In­dia (que de­be su exis­ten­cia a los bri­tá­ni­cos) pu­so en mar­cha una cam­pa­ña pa­ra po­pu­la­ri­zar la be­bi­da. Lo cier­to es que no exa­ge­ra­mos al afir­mar que el té en sí mis­mo re­la­ta la his­to­ria del mun­do: el mo­do en el que di­ver­sos pue­blos via­ja­ron de un con­ti­nen­te a otro por­tan­do en el equi­pa­je sus cos­tum­bres, y có­mo esos há­bi­tos se asi­mi­la­ron, adap­ta­ron y trans­for­ma­ron. A con­ti­nua­ción, con es­ta colección de imá­ge­nes, ren­di­mos ho­me­na­je a nues­tras ce­re­mo­nias del té pre­fe­ri­das, des­de la pom­po­si­dad de la ho­ra del té de los in­gle­ses a la su­til ele­gan­cia del ritual de la be­bi­da ja­po­ne­sa. Pa­ra ello he­mos con­ta­do con una de nues­tras me­jo­res ex­per­tas en la ma­te­ria, que se apro­xi­ma con una vi­sión pro­fun­da a ca­da una de las tra­di­cio­nes. Jun­to con sus dos so­cios, Hei­di Johann­sen Ste­wart es co­fun­da­do­ra de la co­no­ci­da y repu­tada com­pa­ñía de tés Be­llocq (con se­de en Brooklyn). Y da­do que las pe­que­ñas co­sas de la vida son uni­ver­sa­les, el pla­cer de to­mar una taza de té (o un va­so en el nor­te de Áfri­ca o en Orien­te Pró­xi­mo) pue­de in­ter­pre­tar­se como esa ex­pe­rien­cia que une vir­tual­men­te a to­das las cul­tu­ras de la tie­rra.

De­gus­tar una taza de té sig­ni­fi­ca ser par­tí­ci­pe de una tra­di­ción mi­le­na­ria china que fue ex­ten­di­da por to­do el im­pe­rio bri­tá­ni­co

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