Ja­pón

Conde Nast Traveler (Spain) - - DESCUBRIMOS -

Es po­si­ble que nin­gu­na cul­tu­ra del mun­do ame tan­to los ri­tua­les como los ja­po­ne­ses. Allí, asun­tos que en Oc­ci­den­te re­sul­tan mun­da­nos,

como la lu­na lle­na, los pri­me­ros bro­tes de la pri­ma­ve­ra o el cam­bio de co­lor de las ho­jas, son mo­ti­vo de ce­le­bra­ción. Por ello no sor­pren­de que de­gus­tar una taza de té se reali­ce con si­mi­lar ele­gan­cia y for­ma­li­dad. “En su ori­gen, la ce­re­mo­nia del té era una ocu­pa­ción de

la éli­te, y a los go­ber­nan­tes del an­ti­guo Ja­pón les pro­por­cio­na­ba el en­torno ade­cua­do pa­ra for­jar la­zos so­cia­les”, di­ce Ste­wart. “In­clu­so hoy to­do se cui­da al de­ta­lle: el ti­po de re­ci­pien­te, los co­lo­res, la es­ta­ción del año. Hay una sen­sa­ción de ar­mo­nía, de equi­li­brio en­tre lo dul­ce y lo amar­go”. Pe­ro más allá de la ex­pe­rien­cia es­té­ti­ca, la ce­re­mo­nia del té es al­go aún más pre­cia­do si ca­be: es un mo­men­to atem­po­ral,

cuan­do to­do se ra­len­ti­za y lo úni­co que re­quie­re tu con­cen­tra­ción es el amar­go sa­bor del té verde en tu pa­la­dar.

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