UN ES­TU­DIAN­TE DES­CAL­ZO, QUE LLE­VA ACUA­RE­LAS EN UN CUR­TI­DO FU­MA EN UNO DE LOS BAN­COS DE LA

Conde Nast Traveler (Spain) - - DESCUBRIMOS -

de la Hu­ma­ni­dad (al igual que las otras ciu­da­des que vi­si­ta­re­mos), en par­te re­for­ma­do tras dé­ca­das de aban­dono. Las ca­lles en torno a la her­mo­sa ave­ni­da prin­ci­pal es­tán re­ple­tas de ele­gan­tes ba­res y tien­das don­de en­con­tra­rás ves­ti­dos de en­ca­je. Des­de ahí te aden­tras en ca­lle­jue­las flan­quea­das por jar­di­nes, don­de abun­dan los pá­ja­ros y al­gún que otro pa­laz­zo de­ca­den­te que pue­des vi­si­tar por unos po­cos eu­ros, y sin guar­dia­nes ace­chan­do las ha­bi­ta­cio­nes. Una ma­ña­na, en el im­pe­ca­ble y ba­rro­co Pa­laz­zo Ni­co­la­ci en­con­tré una me­sa de bi­llar de ma­de­ra de no­gal y un cla­ve­cín ro­to en un sa­lón de bai­le. En los fres­cos y mol­du­ras ha­bía pin­ta­dos es­ce­nas de aves del pa­raí­so, bo­de­go­nes de ca­za y periquitos.

A las 10 de la ma­ña­na el ca­lor ya es nar­có­ti­co. Al des­co­rrer las cor­ti­nas de los ven­ta­na­les en una sa­la de vi­si­tas que fun­cio­na como re­cep­ción, la sen­sa­ción es de que no ha si­do usa­da en años. Como de­cía Don Fabrizio en El Ga­to­par­do, una ca­sa de la que se co­no­cen to­das las ha­bi­ta­cio­nes no me­re­ce la pe­na. Tras la ven­ta­na, allá aba­jo, se ex­tien­de un di­mi­nu­to pue­blo de las seis de la ma­ña­na, No­to se con­vier­te en un lu­gar vi­vo, re­ple­to de chi­cas que vuel­ven de pa­sar el día en la pla­ya. Lle­gan can­tan­do jun­to a una ban­da que to­ca ver­sio­nes de te­mas clá­si­cos que ha­blan de frus­tra­cio­nes ro­mán­ti­cas. La Pri­ma Co­sa Be­lla de Ni­co­la di Ba­ri, Am­mo­re Bus­ciar­do (Ama al trai­dor)... Cre­cen­do tras cres­cen­do.

Sen­ta­das a la me­sa, unas be­lle­zas de vein­ti­tan­tos con shorts y bo­tas ta­cho­na­das de bri­llan­tes es­can­da­li­zan a las abue­las ves­ti­das de ne­gro que se pa­sean por los ado­qui­nes, no pa­ran de fu­mar y de pe­dir más pan y vino. El en­can­to que des­ti­lan los ca­be­llos re­co­gi­dos en esos mo­ños de bi­blio­te­ca­ria ha­ce que sus jó­ve­nes ca­ras re­sul­ten clá­si­cas, con sus ma­ra­vi­llo­sos ojos os­cu­ros, pe­li­gro­sos si se mi­ran de cer­ca. Es­ta no­che, has­ta los no­reu­ro­peos que an­dan por aquí pa­re­cen de otra épo­ca, como si fue­ran uno de sus an­te­pa­sa­dos lle­ga­dos en al­gu­na em­bar­ca­ción de 1950. Ade­más de ellos, me fi­jo en una ru­bia con un ves­ti­do blan­co en­ta­lla­do, una tin­ti­nean­te pul­se­ra de pla­ta y co­le­ta al­ta que me re­cuer­da a la es­cri­to­ra Syl­via Plath; y

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