PE­DID QUE OS PRE­PA­REN LA COMIDAPOCO LO EN­TIEN­DEN E IN­CLU­SO LES HA­CE GRA­CIA QUE SEA­MOS IN­CA­PA­CES DE AGUAN­TAR­LO

Conde Nast Traveler (Spain) - - MARZO -

fa­go y la len­gua du­ran­te va­rios días. Yen los res­tau­ran­tes, pe­did que os pre­pa­ren la co­mi­da po­co o na­da pi­can­te: lo en­tien­den e in­clu­so les ha­ce gra­cia que sea­mos in­ca­pa­ces de aguan­tar­lo. ¡Lue­go no di­gáis que no os avi­sé: no os en­va­len­to­néis! Yo ten­go un pa­la­dar acos­tum­bra­do a co­mer de to­do y aun así... Tam­po­co pro­béis el du­rian, una fru­ta gran­de con pin­chos ver­des e in­te­rior cre­mo­so con un in­ten­so olor a que­so de Ca­bra­les. Aunque es­tá con­si­de­ra­da una de­li­cia lo­cal, es el sa­bor más fuer­te que he pro­ba­do en Tai­lan­dia, es reali­dad el úni­co ma­lo.

Si te gus­tan los ma­sa­jes, da­te uno (o va­rios) al día. Los tie­nes pa­ra todos los bol­si­llos, gus­tos y ne­ce­si­da­des: des­de los más in­ten­sos, en los que in­clu­so lle­ga­rás a sen­tir un do­lor que lue­go agra­de­ce­rás, has­ta los más re­la­jan­tes; des­de los más mo­des­tos pe­ro efi­ca­ces, como los de la es­cue­la de ma­sa­je tai­lan­dés Wat Pho, la más an­ti­gua del país, den­tro del tem­plo del Bu­da Re­cli­na­do, a los más pom­po­sos y so­fis­ti­ca­dos, como los del spa del ho­tel The Pe­nin­su­la.

El bu­lli­cio pe­ga­jo­so de Bang­kok se sien­te muy le­jano des­de los re­la­ja­dos pa­raí­sos pla­ye­ros del mar de An­da­mán, en el sur del país, don­de el plan de re- fu­giar­te en una vi­lla con in­fi­nity pool y am­plio me­nú de ma­sa­jes y de­di­car­te a ha­cer es­nór­quel en­tre pe­ces tro­pi­ca­les y arre­ci­fes de co­ral es un sue­ño he­cho reali­dad. Na­da más lle­ga­ra a Pi­ma­lai Re­sort & Spa, en la is­la de Koh Lan­ta, cer­ca de Krabi, nos ad­vier­ten que ten­ga­mos cui­da­do con los mo­nos: sa­ben abrir las puer­tas, por lo que siem­pre hay que ce­rrar con lla­ve. Me dan ga­nas de que­dar­me dis­fru­tan­do de mi pis­ci­na con vis­tas, pe­ro la ex­cur­sión en bar­ca por los man­gla­res y el es­nór­quel son aún más ape­te­ci­bles. Aquí, los fon­dos ma­ri­nos son in­creí­bles y buceo en­tre mi­les de pe­ces de co­lo­res.

Ter­mino mi via­je en la bahía de Phang Nga, en Phu­ket, en uno de los ho­te­les que más ad­mi­ra­ción ha des­per­ta­do des­de su aper­tu­ra, ha­ce ape­nas dos años: el Point Ya­mu by COMO. En él, la in­terio­ris­ta ita­lia­na Pao­la No­vo­ne ha in­te­gra­do pie­zas tra­di­cio­na­les de la cul­tu­ra thai en una de­co­ra­ción con­tem­po­rá­nea crean­do un cli­ma de paz y tran­qui­li­dad muy es­pe­cial. Su beach club, a 45 mi­nu­tos en lancha mo­to­ra, es un au­tén­ti­co oa­sis sal­va­je en el que no fal­tan los cóc­te­les sen­ci­lla­men­te so­fis­ti­ca­dos. Si al­gu­na vez des­apa­rez­co, ya sa­béis dón­de en­con­trar­me. (Si­gue en Lu­ga­res y Pre­cios).

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