AMI­GOS PER­SO­NA­LES DE LOS USAN EL CA­PI­TAL PO­LÍ­TI­CO Y SO­CIAL PA­RA QUE EL MUN­DO SE FI­JE EN

Conde Nast Traveler (Spain) - - DONDE ESTÁS -

en co­pa de brandy en el di­mi­nu­to bar del ho­tel Ritz o en el ele­gan­te Cock, en Chue­ca. Pe­ro lo más sor­pren­den­te es to­mar una be­bi­da con ta­pa en un bar en apa­rien­cia des­cui­da­do, don­de la ca­ña per­fec­ta cuesta un eu­ro y el ape­ri­ti­vo pue­den ser unas las­cas de ibé­ri­co re­cién cor­ta­das.

Por es­tas ra­zo­nes, Ma­drid es lo que es­pe­ras de una ciu­dad eu­ro­pea. O me­jor, la Eu­ro­pa pre­via a H&M, a los smartp­ho­nes y a los Starbucks, equi­va­len­te a la ex­tra­ñe­za que un norteamericano aman­te de la Co­ca Co­la pue­de sen­tir an­te un va­so de agua del tiem­po. El tu­ris­mo es­ta­dou­ni­den­se au­men­tó un 15% du­ran­te la es­tan­cia de Cos­tos. Pe­ro Ma­drid no atrae tan­tos via­je­ros como Lon­dres, París o Ro­ma. Es una ciu­dad con po­cas gran­des ca­de­nas ho­te­le­ras. “Así que que­da fue­ra de la gi­ra eu­ro­pea. Es como la nie­ve vir­gen: es­tá sin ex­plo­tar”, aña­de Smith.

Hoy, la re­sis­ten­cia cul­tu­ral “or­gu­llo­sa y ter­ca” de los es­pa­ño­les, se­gún Cos­tos, es una ben­di­ción y una mal­di­ción. Esa re­sis­ten­cia es­ta­ble­ci­da en Es­pa­ña, tan­to de los par­ti­dos de la de­re­cha como de la iz­quier­da, es la que da cuen­ta de la len­ta, pe­ro pau­la­ti­na, re­cu­pe­ra­ción de la eco­no­mía en es­te año de es­tan­ca­mien­to po­lí­ti­co.

De vuel­ta a la re­si­den­cia del embajador, Smith ex­hi­be una ma­jes­tuo­sa ca­pa ne­gra de la ma­dri­le­ña Ca­pas Se­se­ña, con 115 años de his­to­ria. “Son in­creí­bles. Cuan­do les pe­dí: ‘¿Pue­de ser más cor­ta y con me­nos vo­lu­men?’, di­je­ron: ‘No, no, no ha­ce­mos eso’. No ha­cen versiones ni de París, ni de Ja­pón. Ha­cen ca­pas y pun­to”. En el sen­ti­do de las agu­jas del re­loj, des­de la iz­da., ca­be­za de to­ro en La To­rre del Oro (Pla­za Ma­yor), So­brino de Bo­tín, el res­tau­ran­te más an­ti­guo del mun­do, y es­cul­tu­ra de Jac­ques Lip­chitz en el Mu­seo Rei­na So­fía.

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