Me con­mue­ve esa sen­sa­ción de ve­ra­ci­dad de Ma­drid. Es co­mo quien se viste por­que hay que ir arre­gla­do

Conde Nast Traveler (Spain) - - ANTONIO LOPEZ - LEC­CIÓN DE MI­RA­DA El ar­tis­ta, en dos ins­tan­tes del en­cuen­tro en ex­clu­si­va con Con­dé Nast Tra­ve­ler.

Pin­tar Ma­drid, ¿pre­fe­ri­ble­men­te des­de las al­tu­ras o en tie­rra fir­me?

Lo he he­cho des­de am­bas. Ca­mi­nan­do sien­tes el as­fal­to... sien­tes la ciu­dad muy pro­fun­da­men­te. Des­de una al­tu­ra tie­nes con­cien­cia de la di­men­sión urbana y sus ca­rac­te­rís­ti­cas. Las dos co­sas jun­tas: el frag­men­to y el con­jun­to dan una di­men­sión de to­ta­li­dad”.

¿Qué ima­gen tie­ne de Ma­drid en la dis­tan­cia?

En los úl­ti­mos 15 años pin­tan­do Ma­drid, la ima­gen que me vie­ne es la de una obra del hom­bre que in­va­de el pai­sa­je. Pe­ro, ba­jo esa capa de edi­fi­cios, se eri­ge la mor­fo­lo­gía del te­rreno y es­to me in­tere­sa mu­cho. En el cua­dro que hi­ce des­de el parque de bom­be­ros (Ma­drid des­de la to­rre de bom­be­ros de Va­lle­cas), se veía ma­ra­vi­llo­sa­men­te la hue­lla del río. Era co­mo una grie­ta de nor­te a sur: la hue­lla del Man­za­na­res. Po­días adi­vi­nar el pai­sa­je sin las ca­sas. Es co­mo una in­men­sa es­cul­tu­ra que el hom­bre ha cons­trui­do a su se­me­jan­za.

Há­ble­me de ‘ella’.

A mí las gran­des ciu­da­des no me gustan, tie­nen al­go muy dra­má­ti­co. Sin em­bar­go, me con­mue­ve esa sen­sa­ción de ve­ra­ci­dad que tie­ne Ma­drid. Es co­mo quien se viste por­que hay que ir arre­gla­do, pe­ro no hay es­pa­cio pa­ra ma­yo­res ca­pri­chos. La lucha por la vi­da me con­mue­ve de Ma­drid y, en ge­ne­ral, de España. Siem­pre me gus­tó mu­cho la sen­ci­llez y aus­te­ri­dad de los es­pa­ño­les.

¿Qué en­tor­nos ur­ba­nos le se­du­cen más co­mo pin­tor?

Siem­pre me ha atraí­do la pe­ri­fe­ria, el lí­mi­te de la ciu­dad con el cam­po me pa­re­ce muy ex­pre­si­vo. An­tes ese lí­mi­te era muy abrup­to: ca­sas y ca­sas y, de pron­to, to­do era cam­po.

¿Qué es­pa­cios le que­dan por in­mor­ta­li­zar?

Si­go con las mis­mas zo­nas: el úl­ti­mo cua­dro es des­de Ato­cha, y mi­ran­do al sur. Esa des­crip­ción des­de lo cer­cano has­ta lo que apa­re­ce fun­di­do con esa luz. Me pa­re­ce pro­di­gio­so. Des­de es­te edi­fi­cio em­pe­cé un cua­dro: ama­ne­cía en la ca­lle Al­ca­lá y, al atar­de­cer, se­guía pin­tan­do en Pla­za de España. Es­tu­vo ex­pues­to en el Thys­sen. No he po­di­do aca­bar­lo. Sé que mu­chas co­sas de las que co­mien­zo no las voy a aca­bar. No me im­por­ta.

¿Y más allá de Ma­drid?

Re­co­noz­co que España se ha pin­ta­do po­co. En el si­glo XVII, Ve­láz­quez no pin­tó ni los pai­sa­jes de Se­vi­lla ni de Ma­drid; re­tra­tó sus gen­tes. Has­ta que no apa­re­ce Au­re­liano de Be­rue­te –el maes­tro pai­sa­jis­ta del si­glo XIX–, no se pue­de ha­blar de la pin­tu­ra de la ciu­dad. Es el pri­mer pin­tor que em­pie­za a tra­ba­jar en el lu­gar. La mo­der­ni­dad ha apar­ta­do mu­cho al pin­tor de esa op­ción. El pin­tor del si­glo XX em­pe­zó a re­fle­jar su mun­do in­te­rior: sus te­mo­res y sus sue­ños. Los pai­sa­jes hoy en día que­dan re­le­ga­dos al ci­ne y a la fo­to­gra­fía.

¿Qué re­tos le le­van­tan de la ca­ma?

Con­ti­nuar. Siem­pre ha­brá ele­men­tos nue­vos en mi vi­da. Al­gu­nos se­rán in­quie­tan­tes y ten­dré que asu­mir­los. Sien­to res­pe­to por el des­tino.

¿Có­mo ha si­do tra­ba­jar con la Ga­le­ría Marl­bo­rough?

He te­ni­do só­lo dos ga­le­rías. Has­ta que no tu­ve la pri­me­ra, Jua­na Mor­dó, no pu­de ha­cer pla­nes en mi vi­da. En los 70 en­tré en la Marl­bo­rough y ha ido fran­ca­men­te bien. Tie­nen mu­cha pa­cien­cia con­mi­go, me han da­do la li­ber­tad pa­ra ser co­mo yo que­ría. Les es­toy muy agra­de­ci­do”.

La hu­mil­dad acom­pa­ña a la des­pe­di­da de An­to­nio Ló­pez: “Un pla­cer. Con­fío en que ha­rás al­go bo­ni­to”.

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