Pro­ta­go­nis­ta:

vi­da. Jo­sé Luis Ca­pi­tán, siem­pre nos que­da­rá la

Corricolari es correr - - Contenidos -

La sa­lud se fue, pe­ro él no se fue. Así que la ba­ta­lla es­tá abier­ta pa­ra Jo­sé Luis Ca­pi­tán (Ma­drid, 1976), con una del­ga­dez ex­tre­ma y reivin­di­ca­ti­va, su­pe­rior, in­clu­so, a su épo­ca de atle­ta, a esos ojos uni­dos a la am­bi­ción, en­re­da­dos en un so­lo hom­bre que ya no pue­de ni co­rrer. La vi­da es du­ra y se ha­ce du­ra pa­ra él, que ca­da día se le­van­ta "a las sie­te de la ma­ña­na pa­ra ha­cer bi­ci­cle­ta es­tá­ti­ca" an­tes de ir al co­le­gio. Se nie­ga "a de­jar de mo­ver las pier­nas" aho­ra que sus bra­zos, el tron­co su­pe­rior de su cuer­po, ya no le con­ce­de fuer­za pa­ra co­rrer, pa­ra la­var­se los dien­tes o pa­ra re­co­ger una ti­za que se cae al sue­lo. La vi­da es así aho­ra ("la reali­dad es la que es"), pe­ro ya no se tra­ta de dra­ma­ti­zar. Pa­ra im­pe­dir­lo du­ran­te to­dos es­tos me­ses apa­re­ce él, que sue­na in­ven­ci­ble co­mo la le­tra de una can­ción y sin mie­do al des­tino "o a esa co­sa que me es­tá po­nien­do a prue­ba".

Apa­re­ce en­ton­ces el atle­ta que ce­le- bra­ba vic­to­rias y de­rro­tas en di­rec­to; el hom­bre que apro­bó las opo­si­cio­nes a pro­fe­sor o el pa­dre de tres hi­jos, la úl­ti­ma, Ju­lia, una pe­que­ña de cin­co me­ses "a la que no pue­do ni co­ger en bra­zos". Un re­la­to que, sin em­bar­go, si­gue sin con­de­nar­lo a él, a la cons­tan­cia de uno mis­mo o a los sue­ños, esos sue­ños que, sin ne­gar la evi­den­cia, le va­len a uno pa­ra des­cu­brir que en la in­ti­mi­dad se pue­den cam­biar co­sas. En esas no­ches eter­nas, en las que ya ape­nas duer­me, Ca­pi­tán tam­bién se ima­gi­na "vol­vien­do a co­rrer o vol­vien­do a mo­ver los bra­zos" co­mo to­da­vía le pa­sa­ba el año pa­sa­do cuan­do to­da­vía era ca­paz de co­rrer a 3'30"/km". Pe­ro en­ton­ces el úni­co bra­zo que ape­nas se mo­vía era el iz­quier­do; hoy, ya son los dos, pro­ta­go­nis­tas de es­te tra­mo in­se­pa­ra­ble por aho­ra de la cruel­dad co­mo ha con­fe­sa­do Jo­sé Luis en tan­tos pro­gra­mas y pe­rió­di­cos a lo lar­go de es­tos me­ses. “Hay días en los que pa­ra par­tir el pes­ca­do tierno me las veo y me las de­seo y te­mo que en breve ten­drán que em­pe­zar a dar­me de co­mer".

El mie­do es ho­nes­to, por­que "es­ta es una en­fer­me­dad a la que na­die ha si­do ca­paz de po­ner nom­bre en dos años". Sus in­for­mes mé­di­cos via­ja­ron, in­clu­so, a Es­ta­dos Uni­dos, "don­de tam­po­co se en­con­tró diag­nós­ti­co" pa­ra él, que tan­tas ve­ces fue un atle­ta en la gue­rra de Viet­nam. "Me llo­vían las le­sio­nes, y eso que siem­pre me cui­dé mu­cho. Me da­ba un ma­sa­je y al día si­guien­te es­ta­ba peor". Aun así ga­nó mul­ti­tud de ca­rre­ras que hoy fi­gu­ran des­or­ga­ni­za­das en su me­mo­ria o per­di­das en los pa­pe­les. "Pe­ro to­do el mun­do siem­pre me de­cía que po­día ha­ber si­do me­jor". In­clu­so, en aquel ma­ra­tón de Londres en el que pu­so pie a tie­rra en el ki­ló­me­tro 31 víc­ti­ma de su ge­me­lo o de la gra­ni­za­da de esa ma­ña­na, quién sa­be. Siem­pre fue un ti­po dis­tin­to Ca­pi­tán, que hoy ya ha de­ja­do "de com­pa­rar­se con lo que ha­cía an­tes". Qui­zás por­que es me­jor así, la úni­ca ma­ne­ra de no per­der la ca­be­za. "El año pa­sa­do, en el que es­tu­ve de ba­ja, me so­me­ti a un tra­ta­mien­to psi­co­ló­gi­co. Pe­ro en­ton­ces des­cu­brí que na­da de lo que de­cían era di­fe­ren­te de lo que yo ha­bía es­cu­cha­do a mi en­tre­na­dor, Isi­dro Ro­drí­guez, que es psi­có­lo­go de­por­ti­vo, o de lo que yo mis­mo apli­ca­ba cuan­do me sen­tía ven­ci­do en ca­rre­ra en me­dio de la ago­nía".

"No, ELA no"

No es lo du­ra que sea la vi­da, en reali­dad. Es lo du­ro que es uno mis­mo co­mo se de­la­ta en es­ta con­ver­sa­ción en la que se mez­cla el día y la noche. Ni si­quie­ra Ca­pi­tán sa­be don­de es­tá el ter­mino me­dio des­de aquel día de ha­ce dos años. En­ton­ces, "mien­tras es­ta­ba apren­dien­do a to­car la gai­ta", vio que al­go pa­sa­ba. "El de­do ín­di­ce de la mano iz­quier­da se me que­dó in­mo­vi­li­za­do". Qui­so pen­sar en­ton­ces que se­rían las con­se­cuen­cias de un ac­ci­den­te de trá­fi­co no tan le­jano. "Pe­ro al ver que cons­tan­te­men­te per­día fuer­za en el bra­zo me so­me­tí a prue­bas neu­ro­ló­gi­cas en las que me di­je­ron que el ac­ci­den­te no te­nía na­da que ver, sino que de­ter­mi­na­das ter­mi­na­cio­nes ner­vio­sas mías se ha­bían vuel­to lo­cas. Lle­ga­ron a ha­blar­me del ELA y hoy to­da­vía, ca­da vez que es­cu­cho esa pa­la­bra, me en­tra un mie­do, tan­to mie­do... Quie­ro quedarme aquí al me­nos has­ta que mis hi­jos ha­yan cre­ci­do, es­tén for­ma­dos, qué sé yo... No quie­ro ir­me

tan pron­to de aquí...".

Sus dos hi­jos ma­yo­res, de sie­te y cin­co años, son los que di­cen "papa tie­ne pro­ble­ma en las ma­nos"; los que le ayu­dan a po­ner­se la úl­ti­ma ca­pa de ro­pa por las ma­ña­nas aho­ra que la hu­me­dad ya lle­gó a As­tu­rias o los que le ven a él, a su pa­dre, me­ter­se un la­do en la pis­ci­na, cuan­do los lle­va a natación co­mo ac­ti­vi­dad ex­tra­es­co­lar. "No pue­do mo­ver los bra­zos e ima­gino que el so­co­rris­ta se que­da­rá lo­co, pen­sa­rá que ha­ce ese tío en la pis­ci­na si no sa­be na­dar. Pe­ro yo me he im­pues­to ha­cer diez lar­gos y los ha­go". Tam­bién se sube ca­da tar­de me­dia ho­ra a la bi­ci­cle­ta elíp­ti­ca, prue­ba de que el atle­ta no des­apa­re­ce­rá nun­ca, so­me­ti­do aho­ra a una die­ta es­tric­ta que le ha­ce pen­sar "si pu­die­ra vol­ver aho­ra a po­ner­me en una lí­nea de sa­li­da con lo del­ga­do que es­toy...".

Pe­ro no pue­de. Al me­nos, aho­ra. Otra co­sa se­rá ma­ña­na por­que él no es­ta aquí pa­ra pro­tes­tar de la ma­la suer­te, pa­ra de­jar de pre­pa­rar el desa­yuno a sus hi­jos o de­jar de pe­dir a sus alum­nos de Sex­to de Pri­ma­ria que le ayu­den a re­co­ger la ti­za que se le ca­yó al sue­lo. "Ne­ce­si­ta­ba vol­ver a tra­ba­jar pa­ra de­jar de dar vuel­tas a la ca­be­za las 24 ho­ras del día". Así, en­tre lu­ces y som­bras, se man­tie­ne, ame­na­za­do pe­ro no ven­ci­do, eter­na­men­te ac­ti­vo co­mo en­tre­na­dor o co­mo spea­ker de ca­rre­ras los do­min­gos, don­de su fo­to­gra­fía dio la vuelta a la man­za­na. "Me he com­pra­do un mi­cró­fono de dia­de­ma pa­ra po­der aguan­tar". La co­sa es no ren­dir­se, no de­jar de sen­tir ni si­quie­ra de con­du­cir por aho­ra, signo de in­de­pen­den­cia, "aun­que me cues­te un mun­do gi­rar la lla­ve de con­tac­to".

Pe­ro en un so­lo hom­bre, en el que ca­ben tan­tos hom­bres, siem­pre que­da esa po­si­bi­li­dad: la de rein­ven­tar­se, sin mie­do a los hom­bres rea­lis­tas co­mo esa emi­nen­cia de la Bio­quí­mi­ca Car­los López Otin, que na­da más re­ci­bir­le en su con­sul­ta de Ovie­do, se lo di­jo a la ca­ra, "tú mano iz­quier­da no me gus­ta na­da", y no lo des­ti­nó a nin­gún otro si­tio que no sea el de lu­char, lu­char por uno mis­mo o por Ju­lia, la de los cin­co me­ses; la de vol­ver a sa­lir a co­rrer a las seis de la ma­ña­na o la de se­guir es­cu­chan­do a esos atle­tas su­yos que le di­cen, 'mis­ter, qué bue­na ca­ra le veo', las con­trac­cio­nes son así. No acos­tum­bran a pe­dir per­mi­so.

Hoy, no es ni ad­he­sión ni re­cha­zo; ni cri­men ni cas­ti­go. La vi­da to­da­vía se re­ser­va la po­si­bi­li­dad de dar una vol­te­re­ta a to­do es­to. "Al fi­nal, el que lo su­fre siem­pre es el más po­si­ti­vo de la fa­mi­lia". Así que no le de­ja­mos a Jo­sé Luis Ca­pi­tán sin ani­mar­nos el día, tan­ta lu­cha ani­ma, ni sin ci­tar­lo pa­ra ce­le­brar el día de su re­cu­pe­ra­ción. Tar­de o tem­prano, él no la des­car­ta. Y los que le co­no­cen di­cen que si hay al­guien que real­men­te pue­de ven­cer es­te pro­ble­ma ése es él: Jo­sé Luis Ca­pi­tán Pe­ña.

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