To­do ani­ma­ción

deViajes - - RUTA -

Al po­co de sa­lir de Edim­bur­go vas a te­ner que cru­zar el es­tua­rio del río Forth a tra­vés de un enor­me via­duc­to des­de el que se ob­ser­van unas pre­cio­sas vis­tas de la ma­yor obra de in­ge­nie­ría de la era Vic­to­ria­na, la pri­me­ra rea­li­za­da en ace­ro: el puen­te del Firth. Se inau­gu­ró en 1890 y mi­de 2,5 km. Si quie­res ver­lo de cer­ca o pa­rar a ha­cer fotos, el pue­blo cos­te­ro de Queens­ferry ofre­ce las me­jo­res pers­pec­ti­vas.

A po­co más de 50 mi­llas al nor­te de Edim­bur­go se en­cuen­tra St. An­drews, una lo­ca­li­dad de 25.000 ha­bi­tan­tes fa­mo­sa por ser se­de de una de las uni­ver­si­da­des más ex­clu­si­vas del Reino Uni­do y cu­na del golf.

En los úl­ti­mos años ha aña­di­do a su elen­co de atrac­ti­vos el he­cho de que el Prín­ci­pe Gui­ller­mo, he­re­de­ro del trono, eli­gie­se es­tu­diar en su uni­ver­si­dad, en cu­yas au­las co­no­ció a la que es su es­po­sa, Ka­te Midd­le­ton.

El pue­blo tie­ne tres ca­lles prin­ci­pa­les que co­rren pa­ra­le­las a la lí­nea de cos­ta. En North St. vas a en­con­trar los edi­fi­cios más no­bles de la uni­ver­si­dad, co­mo el Co­le­gio del Sal­va­dor, cons­trui­do en el si­glo XV, al que se ac­ce­de atra­ve­san­do una to­rre fren­te a la cual es­tán per­fi­la­das las si­glas de Pa­trick Ha­mil­ton, un es­tu­dian­te lu­te­rano que­ma­do por he­re­je en 1528, a los 24 años. La tra­di­ción es­tu­dian­til re­za que si uno pi­sa las ini­cia­les, la ma­la suer­te te per­si­gue. So­lo uno pue­de qui­tar­se de en­ci­ma la mal­di­ción ba­ñán­dos en el he­la­do Mar del Nor­te en el mes de ma­yo.

Muy cer­ca es­tán los res­tos del Cas­ti­llo, del si­glo XIII, for­ta­le­za-re­si­den­cia de los obis­pos, has­ta que las gue­rras re­li­gio­sas del si­glo XVI de­vas­ta­ron el patrimonio ar­qui­tec­tó­ni­co re­li­gio­so. Unos pocos mu­ros jun­to al mar, un bo­ni­to par­que y unos an­gos­tos tú­ne­les ex­ca­va­dos por atan­can­tes y de­fen­so­res de la pla­za son los úni­cos res­tos que es­ta con­vul­sa era nos ha de­ja­do del com­ple­jo.

Si­mi­lar suer­te co­rrió la ca­te­dral, que en tiem­pos fue lu­gar de pe­re­gri­na­ción de eu­ro­peos de­seo­sos de re­zar an­te las re­li­quias del apos­tol San Andrés, cus­to­dia­das en su in­te­rior. El sa­queo de la ca­te­dral, or­de­na­do por el lí­der pro­tes­tan­te Ro­bert Knox, fue efec­ti­vo y la ma­sa arra­só con to­do. Vien­do los ele­men­tos que hoy se man­tie­nen de pie y las pro­por­cio­nes, po­drás ha­cer­te a la idea de la im­por­tan­cia que tu­vo.

La to­rre exen­ta que hay jun­to a la ca­te­dral y el ce­men­te­rio per­te­ne­ce a la igle­sia me­die­val de San Re­gu­lus. Pue­des su­bir a lo más al­to a tra­vés de una es­ca­le­ra de ca­ra­col por sólo unas li­bras. Arri­ba te es­pe­ran unas vis­tas es­tu­pen­das del pue­blo, su puer­to y pla­yas.

LO­COS POR EL GOLF

Mi­llo­nes de gol­fis­tas sue­ñan con ju­gar en el Old Cour­se, el más vie­jo del mun­do, una zo­na de pas­to jun­to al mar, don­de ma­ri­ne­ros ho­lan­de­ses y pas­to­res es­co­ce­ses im­pro­vi­sa­ron ac­ci­den­tal­men­te, ha­ce más de 600 años, un nue­vo jue­go, el que hoy co­no­ce­mos co­mo golf.

Los 18 ho­yos del Old Cour­se y su sim­pá­ti­co puen­te­ci­llo de pie­dra han si­do es­ce­na­rio de mo­men­tos épi­cos del golf de éli­te. Es­tán pe­ga­dos a las du­nas pro­te­gi­das de la West Sands, y en el com­ple­jo hay es­pa­cio pa­ra to­dos: des­de los fa­ná­ti­cos que pa­gan mi­llo­na­das, ma­dru­gan o re­ser­van con mu­cha an­te­la­ción por po­ner los pies en el Old Ground, a los afi­cio­na­dos que em­pie­zan y tie­nen cur­sos en la aca­de­mia. Pa­ra re­ser­var en­tra en: www.stan­drews­golf.org

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