El reino de la pla­ta

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Pa­ra mu­chos, Za­ca­te­cas es la ciu­dad más es­pe­cial de to­da la ru­ta. Es­tá en una zo­na mu­cho más al­ta y se­ca, lo que ayu­da a crear un am­bien­te de ma­yor so­brie­dad, que con­tras­ta, cu­rio­sa­men­te, con lo exu­be­ran­te de mu­chos de­ta­lles que ve­rás por to­das par­tes.

Las mi­nas de Za­ca­te­cas fue­ron tal vez las más im­por­tan­tes de la Nue­va Es­pa­ña, lo que se re­fle­ja en la ri­que­za de mu­chos de sus mo­nu­men­tos.

La Ca­te­dral es la cul­mi­na­ción del ba­rro­co me­xi­cano y es muy di­fe­ren­te a to­das las de­más del país. El co­lor ro­sa­do de la pie­dra tam­bién ayu­da a crear es­ta ima­gen de sin­gu­la­ri­dad. Otras cons­truc­cio­nes re­li­gio­sas, co­mo la del ex­con­ven­to de San Agus­tín, mues­tran fa­cha­das ela­bo­ra­dí­si­mas y de­li­ca­das.

Vi­si­ta al­guno de sus mu­chos e in­tere­san­tes mu­seos, co­mo el de Ra­fael Co­ro­nel (ca­lle Aba­so­lo es­qui­na con Ma­ta­mo­ros. Cie­rra los miér­co­les. 2 €), con una ex­tra­or­di­na­ria co­lec- ción de más­ca­ras. Ocu­pa las rui­nas del an­ti­guo con­ven­to de San Fran­cis­co. Tam­bién va­le la pe­na el Mu­seo Za­ca­te­cano (Dr. Hie­rro, 37. Cie­rra los mar­tes. En­tra­da: 2 €), aun­que sólo sea pa­ra ver las sa­las de­di­ca­das a los hui­cho­les. Es­tos mu­seos per­mi­ten una in­mer­sión in­me­jo­ra­ble en el mun­do in­dí­ge­na me­xi­cano.

Por es­ta zo­na cen­tral hay va­rias pla­zue­las, ca­si siem­pre con al­gún bar con te­rra­za en la que to­mar un re­fres­co. Otra op­ción es la can­ti­na Las Quin­ce Le­tras (Már­ti­res de Chica­go, 309),

de 1906, la más an­ti­gua de Za­ca­te­cas. Es un si­tio idó­neo pa­ra en­con­trar am­bien­te lo­cal y pro­bar mez­cal de la tie­rra.

La im­por­tan­cia de es­ta ciu­dad, co­mo la de otras de es­ta ru­ta, se de­be a la ri­que­za de las mi­nas de pla­ta de la épo­ca vi­rrei­nal. Una de las más es­pec­ta­cu­la­res y de fá­cil ac­ce­so es la de El Edén (5 €. Abre to­dos los días). La vi­si­ta, en gru­po y con guía, re­co­rre el ni­vel cuar­to de los sie­te que se ho­ra­da­ron, en tre­ne­ci­to y lue­go a pie. En­ten­de­rás en qué se ba­sa­ba el es­plen­dor de es­tas her­mo­sas ciu­da­des.

Cer­ca de la sa­li­da orien­tal de la mi­na to­ma el te­le­fé­ri­co (3 €) que lle­va has­ta el ce­rro de La Bu­fa. Arri­ba en­con­tra­rás un mu­seo, una ca­pi­lla, unas gi­gan­tes­cas es­ta­tuas ecues­tres de los hé­roes de la ba­ta­lla de Za­ca­te­cas, y un mi­ra­dor so­bre la ciu­dad y los al­re­de­do­res.

Za­ca­te­cas es un buen lu­gar pa­ra com­prar jo­yas de pla­ta. Hay mu­chas tien­das en los al­re­de­do­res de la Ca­te­dral, pe­ro si quie­res al­go más es­pe­cial, to­ma un ta­xi has­ta el Cen­tro Pla­te­ro, en la ex-ha­cien­da de Ber­nár­dez. Ade­más de es­cue­la y ta­lle­res de or­fe­bre­ría, hay tien­das en las que los ar­te­sa­nos ven­den sus crea­cio­nes.

Ma­ria­chis en la can­ti­na Pan­teón Tau­rino, en León.

Vis­ta de Za­ca­te­cas des­de el te­le­fé­ri­co.

Ho­tel Quin­ta Real

de Za­ca­te­cas.

An­ti­guo con­ven­to, en

Za­ca­te­cas.

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