TUM­BA­DO SO­BRE EL MAR

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No es el lago más sa­la­do de la tie­rra –lo su­pe­ran el As­sal, en Dji­bu­ti, y al­gu­nos an­tár­ti­cos– pe­ro el Mar Muer­to, un es­pa­cio acuático que com­par­te te­rri­to­rio con Is­rael, Jor­da­nia y Pa­les­ti­na, es, sin du­da, el más fa­mo­so del pla­ne­ta. La ex­ce­si­va sa­li­ni­dad de sus aguas –que pue­de al­can­zar has­ta los 340 g por li­tro– pro­vo­ca dos fe­nó­me­nos que sor­pren­den cuan­do se vi­si­ta por vez pri­me­ra. Por una par­te, no es­pe­res dis­fru­tar el pla­cer de bu­cear y des­cu­brir sus fon­dos: aquí no en­con­tra­rás nin­gún ser vi­vo. Por otra, te en­can­ta­rá el po­der de sus aguas pa­ra man­te­ner­te a flo­te, con una den­si­dad muy superior a la del mar que te empuja per­ma­nen­te­men­te y te man­tie­ne en su su­per­fi­cie, la más ba­ja del pla­ne­ta: 417 m ba­jo el ni­vel del mar. En www.gois­rael.es.

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