EX­PE­RIEN­CIAS

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POR UNA VEZ EN LA VI­DA

He te­ni­do la in­me­sa for­tu­na de via­jar en el Orient Ex­press, en su re­co­rri­do en­tre Pa­rís y Lon­dres. Es un tren de lu­jo, lleno de de­ta­lles y con una am­bien­ta­ción que evo­ca los al­bo­res del si­glo XX. Sus va­go­nes, todos di­fe­ren­tes, cuen­tan con más de 100 años. Aquí el lu­jo y el ser­vi­co del per­so­nal lle­gan a ex­tre­mos inima­gi­na­bles; sin em­bar­go, la co­mo­di­dad no es­tá a la al­tu­ra. No se le pue­de pe­dir ve­lo­ci­dad, pues no su­pera los 90 km/h, tam­po­co dis­po­ne de ba­ño en la ca­bi­na ni du­cha. Así que si re­co­rres la dis­tan­cia en­tre Es­tam­bul y Lon­dres es­ta­rás 4 o 5 días la­ván­do­te en se­co. Pe­ro, sus mo­men­tos gas­tro­nó­mi­cos son de ver­da­de­ra lo­cu­ra, pues via­jan chefs de pri­mer or­den que pre­pa­ran me­nús de in­far­to. En fin, una ex­pe­rien­cia que man­tie­ne una tra­di­ción cen­te­na­ria y que, sin du­da, com­pla­ce a los gus­tos más ex­qui­si­tos. es­tu­vi­mos bus­can­do la ca­sa de Víc­tor Hu­go. Cuál fue nues­tra sor­pre­sa cuan­do en­con­tra­mos una ma­ra­vi­lla en la ca­pi­tal fran­ce­sa. En una ca­lle­ci­ta, ha­lla­mos una bou­ti­que de per­fu­mes ar­te­sa­na­les; un lu­gar que nos trans­por­tó a la ma­gia de los olo­res y la fan­ta­sía de la mú­si­ca. Pa­ra no­so­tros ha sig­ni­fi­ca­do ver la ca­ra más atrac­ti­va de la Ciu­dad de la Luz.

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