LA AU­TÉN­TI­CA ESEN­CIA

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An­tes del boom del tu­ris­mo For­men­te­ra vi­vía de la pes­ca y la agri­cul­tu­ra. El fru­men­to –tri­go, en la­tín; de aquí po­dría de­ri­var el nom­bre de For­men­te­ra– fue el pri­mer ce­real en cul­ti­var­se. Los mo­li­nos se mul­ti­pli­ca­ron y lle­gó a ha­ber sie­te re­par­ti­dos por la is­la –de los que que­dan seis–, to­dos con el te­cho mo­vi­ble pa­ra cap­tar el mo­vi­mien­to de las as­pas. Cer­ca de El Pi­lar de La Mo­la en­con­tra­rás el Mo­líVell,to­da una ins­ti­tu­ción y el úni­co de las is­las Pi­tiu­sas –Ibi­za y For­men­te­ra– en fun­cio­na­mien­to. Es­te molino de vien­to se cons­tru­yó en 1778 y pue­de vi­si­tar­se en los me­ses de ve­rano.

La sal lí­qui­da es otro ni­cho de ne­go­cio de For­men­te­ra que, a di­fe­ren­cia de la agri­cul­tu­ra, se ha po­ten­cia­do con el au­ge del tu­ris­mo. Se tra­ta de una sal ex­tre­ma­da­men­te pu­ra –gra­cias al efec­to de la po­si­do­nia–, muy ri­ca en mi­ne­ra­les y con un 80% me­nos de so­dio que la sal co­mún. Se co­mer­cia­li­za en spray y com­bi­na muy bien con pla­tos fríos y en­tran­tes.

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