José Ma­nuel Tri­ni­dad, un anes­te­sió­lo­go de Cá­diz en la cús­pi­de de la me­di­ci­na

Diario de Cadiz - - PORTADA -

Más allá del anal­gé­si­co. Es un ‘pain­ki­ller’ del nue­vo tiem­po y su tra­ba­jo con­tra el do­lor le aca­ba de va­ler si­tuar­se en­tre los 50 me­jo­res mé­di­cos pri­va­dos de Es­pa­ña en el Top Doc­tor Award ANES­TE­SIÓ­LO­GO Y DI­REC­TOR DEL INS­TI­TU­TO CON­TRA EL DO­LOR “De pe­que­ño era apren­si­vo y muy que­ji­ca y, al fi­nal, me he de­di­ca­do a ali­viar el do­lor”

JOSÉ Ma­nuel Tri­ni­dad (Cá­diz, 1980) aca­ba de ser dis­tin­gui­do co­mo uno de los 50 me­jo­res mé­di­cos de Es­pa­ña del sec­tor pri­va­do en la quin­ta edi­ción de los Top Doc­tor Awards, que son una es­pe­cie de os­cars cu­yo prin­ci­pal va­lor es­tá en po­der dar a co­no­cer la in­ves­ti­ga­ción y el tra­ba­jo de pro­fe­sio­na­les que de otro mo­do ten­drían difícil hue­co en los me­dios de co­mu­ni­ca­ción ge­ne­ra­lis­tas. En el ca­so de Tri­ni­dad se pre­mia un cam­po que ha avan­za­do enor­me­men­te en las dos úl­ti­mas dé­ca­das y que tie­ne en Cá­diz una uni­dad muy desa­rro­lla­da pa­ra com­ba­tir el do­lor. Hi­jo de maes­tros, del ba­rrio de La La­gu­na, Tri­ni­dad es uno de los afor­tu­na­dos ejem­plos de ta­len­to, no son mu­chos, que se que­da en la pro­vin­cia pe­se a las po­si­bi­li­da­des que ofre­ce la fu­ga.

–Es­tu­dió en San Fe­li­pe. Dí­ga­me cuán­tos de sus com­pa­ñe­ros de pan­di­lla que cuen­ten con pre­pa­ra­ción su­pe­rior si­guen en Cá­diz.

–Yo soy el úni­co. Se­gui­mos en con­tac­to y nos ve­mos a me­nu­do, pe­ro en mi ca­so, de mi gru­po, só­lo me he que­da­do yo.

–¿Por qué no le dio por ir­se?

–En reali­dad, sí me fui. Es­tu­dié Me­di­ci­na en Cá­diz, pe­ro en cuan­to pu­de hi­ce un eras­mus en Roma, lue­go un ro­ta­to­rio en San­tan­der... He es­ta­do en bas­tan­tes si­tios, pe­ro lo que me mar­có fue una es­tan­cia en la clí­ni­ca Puer­ta de Hie­rro, cuan­do ya me ha­bía de­can­ta­do por ser anes­te­sis­ta, pe­ro ja­más ha­bía pen­sa­do en de­di­car­me al do­lor, pe­se a que anes­te­sia y do­lor, evi­den­te­men­te, son tér­mi­nos muy vin­cu­la­dos. Allí co­no­cí al doc­tor Abe­jón y unas téc­ni­cas ab­so­lu­ta­men­te no­ve­do­sas pa­ra mí. Yo ha­bía tra­ba­ja­do con el tra­ta­mien­to del do­lor con fár­ma­cos y ha­bía apren­di­do mu­cho con el doc­tor To­rres, je­fe de anes­te­sis­tas, en el Puer­ta del Mar. Pe­ro Abe­jón mi­ra­ba el do­lor de otra ma­ne­ra, lo ma­ne­ja­ba de una for­ma di­fe­ren­te y lo ata­ca­ba allí don­de se pro­du­cía. La reac­ción pri­me­ra es de­cir voy a quedarme en Ma­drid por­que lo que se ha­ce aquí es fan­tás­ti­co, pe­ro lo que real­men­te pen­sé fue que iba a vol­ver a Cá­diz, que es don­de más a gus­to es­toy, y voy a apli­car y desa­rro­llar to­do lo que he apren­di­do. He­mos asis­ti­do en los úl­ti­mos vein­te años a una re­vo­lu­ción en el tra­ta­mien­to del do­lor y par­ti­ci­po en ella y lo ha­go des­de mi tie­rra. Es muy es­ti­mu­lan­te.

–¿Pen­só des­de el pri­mer mo­men­to en de­di­car­se al sec­tor pri­va­do?

–En ab­so­lu­to, ni se me pa­sa­ba por la ca­be­za. Ha­bía he­cho un buen MIR y ha­bía po­di­do ele­gir el Puer­ta del Mar. Ahí em­pe­za­mos a desa­rro­llar una uni­dad del do­lor. Con­tá­ba­mos con el apo­yo de la ge­ren­cia y ha­bía mu­cha ilu­sión. Me­ti­mos ra­dio­fre­cuen­cia y otras téc­ni­cas. Y en­ton­ces lle­gó la cri­sis. En 2011 se apli­có el sis­te­ma ese del 75% del suel­do y del tra­ba­jo, y yo no me veía que­dán­do­me en ca­sa un día de tra­ba­jo con los bra­zos cru­za­dos por­que me im­po­nían tra­ba­jar só­lo un 75% de mi tiem­po. De­ci­dí en­ton­ces lle­nar ese tiem­po va­cío en el sec­tor pri­va­do sin ol­vi­dar­me de lo pú­bli­co por­que creo en la sa­ni­dad pú­bli­ca, don­de hay gran­des pro­fe­sio­na­les.

–Se hi­zo em­pre­sa­rio. Eso era nue­vo.

–Hay mé­di­cos que se creen que sa­ben de to­do. Ya te di­go que yo no. Yo sé de lo que sé y, des­de lue­go, de mon­tar una em­pre­sa no te­nía ni idea. Me apo­yé en quie­nes sa­bían, me de­jé ase­so­rar. Mi pri­me­ra preo­cu­pa­ción era lle­gar al pa­cien­te, que el pa­cien­te su­pie­ra que yo es­ta­ba allí, que si te do­lía al­go no te te­nías por qué aguan­tar. Esa par­te co­mu­ni­ca­ti­va la he cui­da­do mu­cho a tra­vés de las re­des so­cia­les. Al­guno pue­de pen­sar que tie­ne al­go de pre­sun­ción, pe­ro no es así en ab­so­lu­to. Yo, de he­cho, las re­des so­cia­les só­lo las uti­li­zo pa­ra lo pro­fe­sio­nal; en lo per­so­nal ni lo mi­ro. Igual que uno ya no co­ge un ho­tel sin mi­rar en boo­king o un res­tau­ran­te sin mi­rar el trip advisor, la gen­te no va a ir al mé­di­co sin mi­rar an­tes en in­ter­net quién es. Por eso crea­mos una web que que­ría­mos que fue­ra muy in­for­ma­ti­va, que ex­pli­ca­ra cla­ra­men­te qué pro­ble­mas y có­mo los po­día so­lu­cio­nar.

–¿Com­pa­gi­na­ba bien esa par­te co­mer­cial con lo su­yo, que era ali­viar el do­lor?

–Es que la par­te co­mer­cial va uni­da la prác­ti­ca mé­di­ca en al­go muy sen­ci­llo: ha­blar con el pa­cien­te. Los tiem­pos en que vas al mé­di­co y no sa­bes lo que te ha he­cho y adiós muy bue­nas han ter­mi­na­do. Ser co­mer­cial es ga­nar­te la con­fian­za del pa­cien­te, ex­pli­car­le qué le vas a ha­cer y por qué.

–Mu­chos mé­di­cos se que­jan de ese pa­cien­te re­sa­bia­do que an­tes de ir a la con­sul­ta sa­be to­do lo que le pa­sa por­que lo ha leí­do en in­ter­net.

–A mí que el pa­cien­te es­té in­for­ma­do no me mo­les­ta en ab­so­lu­to, más bien al con­tra­rio. Cuan­ta más in­for­ma­ción ten­ga, me­jor, pe­ro que sea bue­na in­for­ma­ción, cla­ro.

–La in­for­ma­ción que te­ne­mos es que el do­lor es un cas­ti­go. Pain , en in­glés, vie­ne de la pa­la­bra la­ti­na que sig­ni­fi­ca eso, cas­ti­go. Y pue­de ser has­ta una mal­di­ción bí­bli­ca. Re­cuer­de, por ejem­plo, aque­llo de “pa­ri­rás con do­lor”.

–Aho­ra te­ne­mos los pa­ra­dig­mas con­tra­rios. Hay pa­cien­tes que de­du­cen que qui­tar el do­lor pue­de ser un pe­li­gro. Es de­cir, el do­lor es un sis­te­ma de alar­ma. Si no me due­le, có­mo me en­te­ro que es­toy mal. Pe­ro eso no es así pa­ra los do­lo­res cró­ni­cos y un 18% de los es­pa­ño­les tie­ne do­lo­res cró­ni­cos.

–Un di­ne­ral pa­ra las em­pre­sas en ba­jas.

–Pues se cal­cu­la que un 2,5% del PIB. Las lum­bal­gias, las ciá­ti­cas, las ce­fa­leas... to­dos es­tos do­lo­res es­tán a la ca­be­za de las in­ca­pa­ci­da­des la­bo­ra­les tran­si­to­rias y es­to con­vier­te la ges­tión de es­tas pa­to-

lo­gías no ya en al­go es­tra­té­gi­co pa­ra nues­tra ca­li­dad de vi­da, que es lo prin­ci­pal, sino tam­bién pa­ra la eco­no­mía.

–Van a aca­bar us­te­des con la in­dus­tria de los cal­man­tes.

–No se tra­ta de una di­co­to­mía en­tre fár­ma­cos o te­ra­pia, sino apli­car lo que es más con­ve­nien­te en ca­da ca­so. Pa­ra no­so­tros lo más im­por­tan­te es el fac­tor tiem­po. Si co­ge­mos el do­lor en su na­ci­mien­to, en los pri­me­ros seis me­ses, ten­dre­mos mu­chas más po­si­bi­li­da­des de éxi­to. Hi­ci­mos un es­tu­dio so­bre pa­cien­tes con pro­ble­mas de es­pal­da que es­ta­ban en lis­ta de es­pe­ra de ci­ru­gía de co­lum­na, que es al­go que siem­pre pue­de con­lle­var com­pli­ca­cio­nes. Una vez que apli­ca­mos las te­ra­pias, un 60% de ellos ya no que­ría ope­rar­se. Pe­ro tan im­por­tan­te co­mo co­ger pron­to la raíz del do­lor es lo que ha­ce el pa­cien­te des­pués.

–El mé­di­co sin el pa­cien­te no es na­da.

–Ahí es­tá. Pue­do apli­car la úl­ti­ma téc­ni­ca pa­ra eli­mi­nar el do­lor, pe­ro ade­más ne­ce­si­to al pa­cien­te pa­ra que pier­da pe­so, ha­ga de­por­te, co­ja bue­nos há­bi­tos pos­tu­ra­les. Los se­res hu­ma­nos na­ci­mos pa­ra an­dar a cua­tro pa­tas y, pe­se a la evo­lu­ción, aún no nos he­mos ha­bi­tua­do a ser bípe­dos. Nues­tra es­pal­da no es­tá he­cha pa­ra tra­ba­jar de

ad­mi­nis­tra­ti­vos. Por eso la pre­gun­ta del pa­cien­te no es qué va a ha­cer­me us­ted pa­ra qui­tar­me el do­lor, sino qué va­mos a ha­cer, us­ted y yo, pa­ra qui­tar­me el do­lor.

–Va­ya­mos a lo prác­ti­co. Ten­go ce­fa­lea. ¿Qué me va a ha­cer o qué va­mos a ha­cer?

–Las neu­ral­gias, en especial la de tri­gé­mino, que es la que aso­cia­mos a la ce­fa­lea, es de las cues­tio­nes más las­tran­tes, que más pue­den amar­gar una vi­da. Me han con­ta­do que se per­mi­tía en­te­rrar en los ce­men­te­rios a los sui­ci­das si su­frían de es­tos do­lo­res. Hoy en un al­to por­cen­ta­je es po­si­ble eli­mi­nar­la.

Guia­dos por los ra­yos X, las ra­dio­gra­fías, va­mos a po­der que­mar ese gan­glio que la pro­du­ce.

–¿Eso due­le?

–Si se ha­ce sin anes­te­sia sí, cla­ro, mu­cho. Hay que dor­mir al pa­cien­te, pe­ro el tra­ta­mien­to es am­bu­la­to­rio. El 99% de nues­tros tra­ta­mien­tos lo son. Es una te­ra­pia muy re­so­lu­ti­va. Eso pa­ra un tra­ba­ja­dor au­tó­no­mo, y yo, en cier­to mo­do, lo soy y lo sé, es im­por­tan­tí­si­mo.

–Me ha­bla­ba de los sui­ci­das. El do­lor de­pri­me.

–El es­ta­do aními­co es bá­si­co pa­ra una com­ple­ta re­cu­pe­ra­ción del pa­cien­te. Por eso ne­ce­si­to que el pa­cien­te

ten­ga con­fian­za en mí. To­dos los es­tu­dios apun­tan a que el do­lor de­te­rio­ra la es­fe­ra emo­cio­nal. Un 70% de los pa­cien­tes con do­lo­res cró­ni­cos tie­nen una afec­ta­ción aními­ca. En nues­tra uni­dad del do­lor el psi­có­lo­go es una per­so­na cla­ve pa­ra el tra­ta­mien­to. No te va a tum­bar en un di­ván y te va a pe­dir que le cuen­tes tu in­fan­cia ni na­da de eso, sino que te va a a apli­car una te­ra­pia cog­ni­ti­va–con­duc­tal, en­se­ñar­te téc­ni­cas de re­la­ja­ción...

–En su cam­po hay un per­so­na­je his­tó­ri­co bá­si­co. Es el si­ci­liano John Bo­ni­ca. Fue la pri­me­ra per­so­na que mon­tó una uni­dad del do­lor, po­co des­pués de la II Gue­rra Mun­dial. Has­ta en­ton­ces es­tá­ba­mos co­mo los su­me­rios, con va­rian­tes del uso de la ador­mi­de­ra.

–El to­cho de Bo­ni­ca es un li­bro de ca­be­ce­ra pa­ra cual­quier es­tu­dio­so del do­lor. Él se es­pe­cia­li­zó en el do­lor on­co­ló­gi­co, pe­ro pa­ra no­so­tros es­to su­po­ne co­mo mu­cho un 5% de nues­tro tra­ba­jo por­que se lo han co­mi­do to­das es­tas pa­to­lo­gías de las que he­mos ha­bla­do y la ar­tri­tis. Con lo que vi­vi­mos aho­ra to­dos va­mos a te­ner ar­tri­tis.

–Pe­ro Bo­ni­ca lo cam­bió to­do.

–Sin du­da. Mi­re, Bo­ni­ca que­ma­ba con al­cohol al­gu­nos gan­glios que pro­du­cían el do­lor. Ata­ca­ba los fo­cos del do­lor. Es una téc­ni­ca ba­ra­ta que se fue aban­do­nan­do y que aho­ra ha vuel­to, por su­pues­to con una tec­no­lo­gía más no­ve­do­sa, pe­ro el fun­da­men­to es el mis­mo. Y fun­cio­na. En los do­lo­res on­co­ló­gi­cos va­mos a po­der uti­li­zar mor­fi­na o sus de­ri­va­dos en el 90% de los ca­sos, pe­ro qué ocu­rre con ese otro 10%. Es muy im­por­tan­te por­que, co­mo en el ca­so del pán­creas, es te­rri­ble­men­te do­lo­ro­so y no se pue­de te­ner una lis­ta de es­pe­ra con ese su­fri­mien­to. Nues­tra ta­rea es cu­rar y tam­bién ali­viar.

–¿Tra­ba­ja en pa­lia­ti­vos?

–Lo ha­go y me pro­du­ce una pro­fun­da sa­tis­fac­ción. Es­tu­dian­do pen­sa­ba que nun­ca me de­di­ca­ría a los pa­lia­ti­vos. Es frus­tran­te. Por­que cuan­do es­tu­dias en lo úni­co que pien­sas es en cu­rar, pe­ro la ex­pe­rien­cia te da la sa­tis­fac­ción de ali­viar, de que ese tiem­po fi­nal sea más lle­va­de­ro pa­ra el pa­cien­te y pa­ra su en­torno fa­mi­liar, que tam­bién su­fre.

–Lle­ga­do a es­te pun­to le pro­pon­go que me di­ga qué le su­gie­re es­te nom­bre: Luis Mon­tes.

–En­tien­do que me pro­po­ne el di­le­ma mo­ral. Quie­re que le ha­ble de eu­ta­na­sia.

–Exac­ta­men­te.

–Creo que si in­vir­tié­ra­mos más en pa­lia­ti­vos ha­bla­ría­mos me­nos de eu­ta­na­sia. Los po­lí­ti­cos tie­nen la obli­ga­ción de po­ten­ciar esos úl­ti­mos cui­da­dos. Pe­ro no, es al­go muy per­so­nal. No soy quién pa­ra juz­gar qué pue­da pen­sar una per­so­na en su su­fri­mien­to o su en­torno fa­mi­liar.

–Es du­ro, sí. Re­la­jé­mo­nos. ¿Era us­ted que­ji­ca de chi­co?

–Cuan­do le di­je a mi ma­dre que me de­ci­día por la me­di­ci­na en vez de por la in­ge­nie­ría, ella se que­dó sor­pren­di­da. Con lo apren­si­vo que eres, me de­cía. Y sí, era que­ji­ca de ni­ño cuan­do me do­lía al­go y, ya ve, al fi­nal me he de­di­ca­do a ali­viar el do­lor. No me arre­pien­to de ha­ber co­gi­do es­te ca­mino.

El 18% de la po­bla­ción su­fre de do­lo­res cró­ni­cos en­tre lum­bal­gias, ce­fa­leas, ar­tri­tis, ciá­ti­cas...”

LOUR­DES DE VICENTE

José Ma­nuel Tri­ni­dad.

LOUR­DES DE VICENTE

Tri­ni­dad, en un mo­men­to de la en­tre­vis­ta.

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