Fin­ca ur­ba­na (II)

Diario Jaen - - COLABORACIONES - MI­GUEL DEL OL­MO ES­CRI­BANO

Los so­ni­dos in­tem­pes­ti­vos no eran muy fre­cuen­tes en aque­lla fin­ca ur­ba­na. A don Is­mael le gus­ta­ba uti­li­zar el tér­mino fin­ca ur­ba­na por las con­no­ta­cio­nes eco­nó­mi­co ad­mi­nis­tra­ti­vas que con­te­nía. Po­dría es­tar un buen ra­to dan­do ra­zo­nes del por qué se de­bía uti­li­zar ese nom­bre y no otro. En­tre ellas fi­gu­ra­ba el con­cep­to de que los ve­ci­nos com­par­tían una pro­pie­dad en co­mún aun­que vi­vie­ran en pi­sos. La pro­pie­dad ho­ri­zon­tal te­nía esas ca­rac­te­rís­ti­cas. Los ve­ci­nos le ha­bían he­cho ad­mi­nis­tra­dor, y pre­si­den­te vi­ta­li­cio de la co­mu­ni­dad, por aho­rro, sen­ti­do co­mún y co­mo­di­dad. Don Is­mael re­pa­sa­ba me­ticu­losa­men­te la pro­ble­má­ti­ca de la fin­ca ur­ba­na. Era cier­to, los rui­dos no ha­bían ocu­pa­do es­pa­cio en las reunio­nes de la co­mu­ni­dad. Se­gu­ro que en al­gún mo­men­to se ha­bían pro­du­ci­do, pe­ro fijo que el in­ci­den­te se so­lu­cio­nó en­tre los pro­pios ve­ci­nos. ¿Por qué lle­ga­ba aho­ra esa ad­ver­ten­cia? Su pre­gun­ta fue cla­ra a los dos ve­ci­nos que se que­ja­ban ¿Pe­ro co­mo es el rui­do?, co­mo si ras­ca­ran, y los dos, ca­da uno por se­pa­ra­do, pu­sie­ron la mano so­bre la me­sa y con las uñas in­ten­ta­ron imi­tar el so­ni­do ¿Y es por la no­che?, sí, ima­gí­ne­se don Is­mael con el si­len­cio de esas ho­ras lo que lle­ga a mo­les­tar. Cuan­do a los po­cos días el ve­cino del tercer pi­so acu­dió a él con el mis­mo pro­ble­ma, se dio cuen­ta que el rui­do “roe­roe” as­cen­día de pi­so en pi­so ya que las re­cla­ma­cio­nes pro­ce­dían del pri­me­ro, se­gun­do y ter­ce­ro. ¿Us­ted Hi­gi­nio ten­dría in­con­ve­nien­te en que acu­die­ra es­ta no­che a su ca­sa pa­ra es­cu­char el rui­do? Se­rá un pla­cer. Apa­re­ció don Is­mael con su por­tá­til y se dis­pu­so a tra­ba­jar. Hi­gi­nio, viu­do pe­ni­ten­te, se en­fras­có en ha­cer un so­li­ta­rio con fi­chas de dominó. El rui­do no apa­re­cía. ¿Us­ted Hi­gi­nio lo es­cu­cha? La ver­dad es que no. Al día si­guien­te vi­si­tó a la ve­ci­na del pri­me­ro, la se­ño­ra Eloí­sa, mu­jer afa­ble, viu­da y que ja­más di­ría la edad. Le sir­vió un ca­fé con le­che y una por­ción de biz­co­cho. ¿Có­mo pue­de es­tar tan bueno? Ella ríe. Ha­blan. ¿Eloí­sa, es­cu­cha us­ted aho­ra el rui­do? Pues no, pa­ra que le voy a de­cir otra co­sa. Y otra no­che pa­só por el ter­ce­ro y le abrió la puer­ta Isa­bel que man­te­nía un or­den y lim­pie­za en­vi­dia­ble. Sus cir­cuns­tan­cias per­so­na­les eran des­co­no­ci­das. Char­la­ron ani­ma­da­men­te y ella sacó un ál­bum y ex­pli­có sus fotos. No oi­go el rui­do Isa­bel, ¿us­ted lo es­cu­cha? Es­pe­re. Y re­co­rrió la ca­sa pa­ra de­cir con una son­ri­sa que no se es­cu­cha­ba. En días si­guien­tes los tres ve­ci­nos acu­die­ron pa­ra que­jar­se nue­va­men­te del rui­do. Don Is­mael vol­vió a re­pe­tir las vi­si­tas. Cuan­do él es­ta­ba en la ca­sa de al­guno de ellos el “roe roe” no se es­cu­cha­ba. Me­di­tó y en­con­tró la res­pues­ta. Las ca­ra­co­las di­cen que re­pro­du­cen las olas del mar, pe­ro real­men­te es el run­rún de nues­tra san­gre so­li­ta­ria en el oí­do. La so­le­dad se cree que pro­du­ce si­len­cio, pe­ro no es así. Ha­ce un rui­do co­mo un “roe­roe”.

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