Reír es se­rio

Ha­bla­mos so­bre pe­rio­dis­mo con un ca­ma­león de la pro­fe­sión. Una ca­ra creí­ble tan­to en­tre ri­sas co­mo a san­gre fría.

DT - - SELECTED LOS DESAYUNOS - TEX­TO MA­RÍA SEGADE FO­TO FER­NAN­DO NUÑEZ.

El ha­bi­tual de los me­dios y ex co­lum­nis­ta de DT, Ra­món Arangüena (Pa­len­cia, 1964) ha­ce una pe­que­ña ra­dio­gra­fía de la co­mu­ni­ca­ción, ar­te que se le da más que bien.

¿Có­mo ves el pe­rio­dis­mo hoy en día?

Yo lo veo muy com­pli­ca­do. No lo he vis­to tan mal nun­ca. Siem­pre pon­go el ejem­plo de que cuan­do yo em­pe­cé en “El Ca­so”, mi pri­mer suel­do fue, al cam­bio, lo que son hoy 300 eu­ros, 50.000 pe­se­tas. Aho­ra los cha­va­les tie­nen que pa­gar por ha­cer prác­ti­cas. An­tes ser periodista era al­go que se ad­mi­ra­ba. Aho­ra te pre­gun­tan si has es­tu­dia­do o es que sa­les por la te­le...

¿Tie­ne la pro­fe­sión fe­cha de ca­du­ci­dad?

No. por­que siem­pre tie­ne que ha­ber un ri­gor. So­mos una es­pe­cie de no­ta­rio de la reali­dad pa­ra no vi­vir en el ru­mor con­ti­nuo.

¿En “El Ca­so” ha­bía mu­cho sen­sa­cio­na­lis­mo?

Te­nía­mos una se­ma­na en­te­ra pa­ra ha­cer 6 o 7 pá­gi­nas y pro­fun­di­zá­ba­mos en los protagonistas de las his­to­rias. Era muy pe­rio­dís­ti­co en eso. Su­ce­sos y de­por­tes son bue­nos ini­cios pa­ra el periodista. En el pri­me­ro hay que ges­tio­nar mu­cha in­for­ma­ción y en el se­gun­do sa­car noticias de don­de no las hay.

¿Có­mo con­si­gues que el pú­bli­co te crea en tu fa­ce­ta có­mi­ca y tam­bién en la se­ria?

Soy co­mo mi pa­dre, de as­pec­to se­rio pe­ro lue­go muy ca­chon­do. Luis Ca­ran­dell, cro­nis­ta par­la­men­ta­rio, era igual. Él es­cri­bió has­ta li­bros de hu­mor. Te ha­ce me­nos fia­ble pe­ro yo me di­vier­to mu­cho.

Tu cul­men en el hu­mor fue “Osa­dos”.

Bue­na­fuen­te me re­co­no­ció que aque­llo fue irre­pe­ti­ble. Los fa­mo­sos se po­nen una más­ca­ra y yo se la qui­ta­ba. Se veía si eran o no bue­na gen­te. Yo les ha­cía una entrevista con 20 pre­gun­tas muy ela­bo­ra­das y, cuan­do se con­fia­ban, las 20 ab­sur­das del pro­gra­ma. Re­cuer­do la de Lo­la He­rre­ra. Ella tie­ne una ca­sa en Po­rri­ño y yo le de­cía que era una ca­sa de már­mol de Po­rri­ño y otras bar­ba­ri­da­des. Lo­la me de­cía: “¡No! ¡Tie­nes ver­da­des suel­tas!”, y me dio la ri­sa. Me ta­pé la ca­ra y le di­je: “Es­toy llo­ran­do”, y me di­jo: “Llo­ra, llo­ra, que pa­ra esta mier­da de entrevista...”.

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