CAS­TA­ÑAS

El Dia de Cordoba - - Córdoba - LA GLO­RIA DE SAN AGUS­TÍN

EL otro día me pu­se la re­be­qui­ta por pri­me­ra vez, y cu­rio­sa­men­te fue el pri­mer día que vi un pues­to de cas­ta­ñas, va­ya una ca­sua­li­dad. Y es que las cas­ta­ñas no en­tien­den de ca­lo­res o pue­de que sea al re­vés, que no sé yo quién es el que lle­va la ra­zón. La co­sa es que he­mos te­ni­do por fin unos días de oto­ño, que ya es lo que pe­ga y lo que es­toy desean­do, pa- ra qué nos va­mos a en­ga­ñar. Y es que quie­ro es­tar ya ma­rean­do un so­fri­to de sie­te ki­los de to­ma­te y cin­co de ma­gro de cer­do, pa­ra qué les voy a de­cir otra co­sa, que me mue­ro por un pe­ro­le­te gor­do, de esos que em­pie­zan a las sie­te de la ma­ña­na y aca­ban bien en­tra­da la no­che. De esos que lo mis­mo te co­mes unas sar­di­nas, que una pan­ce­ta, que unas acei­tu­nas que al­guien aca­ba de ali­ñar. Sí, uno de esos que te pa­sas tres días des­pués a ba­se de bi­car­bo­na­to y agua, pa­ra ba­jar to­do lo que te has me­ti­do en el cuer­po. De esos que al­guien se po­ne a freír chu­rros a me­dia tar­de y pa­ra ce­nar re­ba­ña­mos to­das las so­bras. Y an­da que no es­tá bueno el arroz frío, que yo me lo he co­mi­do has­ta de tres días, que me vuel­ve lo­co, lo que yo les di­ga. Que yo creo que ya no ha­ce fal­ta que les dé más de­ta­lles, uno de esos pe­ro­les que to­dos he­mos vi­vi­do al­gu­na vez en nues­tras vi­das. La ver­dad es que yo he vi­vi­do ya unos cuan­tos, y es­pe­ro que me si­gan que- dan­do, co­mo po­co, los mis­mos, que po­cas co­sas me gus­tan más, y lo di­go co­mo lo sien­to, que no es­toy exa­ge­ran­do en na­da.

Yo sé que lo su­yo es su­bir a la sie­rra, co­mo se ha he­cho to­da la vi­da, es­tá cla­ro, pe­ro que tam­bién me lo pa­so la mar de bien en la par­ce­la de un ami­go, y has­ta en El Are­nal o en un co­che­rón, ya que nos po­ne­mos, que tam­po­co hay que ser tan de­li­ca­dos. Que la co­sa es jun­tar­se con los amigos y pa­sar­lo en gran­de echan­do uno de esos ra­tos que aca­bas con la ba­rri­ga do­lién­do­te de to­do lo que has co­mi­do y de to­do lo que te has reí­do. Y es que en mi ba­rrio hay dos o tres que cuan­do se arran­can ya no pa­ran, una co­sa ma­la. Uno de ellos es Ca­ye­tano, que yo no he vis­to hom­bre con más gra­cia en to­dos los días de mi vi­da, que a to­do le ter­mi­na sa­can­do pun­ta. Pe­ro sin ma­la idea, sin ha­cer­le da­ño a na­die, que eso es lo más im­por­tan­te, que mu­chos eso no lo en­tien­den y a mí me da te­la de co­ra­je. En fin, que es­toy lo­co por ir­me de pe­rol, me­jor an­tes que tar­de, hoy que ma­ña­na, si fue­ra po­si­ble, que eso lo or­ga­ni­za­mos en mi ba­rrio en me­dio pe­ri­que­te. Que las co­sas im­pro­vi­sa­das, a ve­ces, son las me­jo­res. O eso de­ci­mos, que se­rá has­ta ver­dad. Y eso que em­pe­za­mos con las cas­ta­ñas.

Lo su­yo es su­bir a la sie­rra, pe­ro tam­bién me lo pa­so la mar de bien en la par­ce­la de un ami­go

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