In­dul­to de un ‘gar­ci­gran­de’ y apo­teo­sis pa­ra El Ju­li

El País (1ª Edición) - - PORTADA -

La pla­za de La Maes­tran­za vol­vió a vi­vir el lu­nes el in­men­so go­zo del in­dul­to de un to­ro. Los ten­di­dos re­bo­sa­ron ale­gría, fe­li­ci­dad y emo­ción, pues eso im­pli­ca que un ani­mal se ga­ne la vi­da en el rue­do. Y la tar­de fue apo­teó­si­ca pa­ra El Ju­li, que des­ple­gó un de­rro­che de po­de­río, téc­ni­ca y buen gus­to, y al­can­zó el me­re­ci­do triun­fo de la Puer­ta del Prín­ci­pe, la quin­ta de su ca­rre­ra.

Apla­ca­dos los áni­mos tras el éx­ta­sis vi­vi­do en los ten­di­dos, la pre­gun­ta sur­ge so­la: ¿Qué hi­zo Or­gu­lli­to, nú­me­ro 35, ne­gro lis­tón, de 528 ki­los, de la ga­na­de­ría de Gar­ci­gran­de, pa­ra que el pre­si­den­te sa­ca­ra el pa­ñue­lo naranja?

Pues Or­gu­lli­to fue un mag­ní­fi­co to­ro mo­derno, muy jus­to de tra­pío, que acu­dió ini­cial­men­te al ca­po­te sin co­di­cia, hi­zo una muy de­sigual pe­lea en va­ras (en el pri­mer puyazo em­pu­jó con un so­lo pi­tón y so­lo re­ci­bió un pi­co­ta­ci­to en el se­gun­do), em­bis­tió con lar­gu­ra en un buen qui­te por ve­ró­ni­cas del Ju­li, y se des­cu­brió en la mu­le­ta co­mo un to­ro con cla­se ex­tra­or­di­na­ria, pro­fun­di­dad, re­pe­ti­ción, hu­mi­lla­ción y fi­je­za; y al­go más: fue de me­nos a más, y aca­bó tras una muy lar­ga fae­na con em­bes­ti­das más pro­fun­das y emo­cio­nan­tes.

En fin, un gran­dí­si­mo to­ro pa­ra la mu­le­ta que se en­con­tró, ade­más, con un to­re­ro en ple­ni­tud y en­tre am­bos ama­sa­ron una fae­na que en­can­di­ló al pú­bli­co y al pre­si­den­te.

Or­gu­lli­to no de­bió ser in­dul­ta­do por­que no de­mos­tró su bra­vu­ra en el ca­ba­llo; pe­ro co­mo el pri­mer ter­cio es­tá en vías de des­apa­ri­ción, na­die (ni la au­to­ri­dad, y eso es lo peor) lo tie­ne ya en cuen­ta. Es más, po­dría de­cir­se que se aca­ba de fir­mar la sen­ten­cia de su des­apa­ri­ción tras el in­dul­to del to­ro de Gar­ci­gran­de. Fue un to­ro de vuel­ta al rue­do.

¿Y El Ju­li? Es un to­re­ro po­de­ro­so, que do­mi­na co­mo po­cos el ofi­cio y la téc­ni­ca del to­reo. Se amol­dó a la per­fec­ción a las con­di­cio­nes del to­ro, me­cá­ni­co y des­pe­ga­do su to­reo en el ini­cio de la fae­na de mu­le­ta, y ca­da vez más li­ga­do y pro­fun­do a me­di­da que el ani­mal se rom­pió en su ex­qui­si­ta ca­li­dad. Una fae­na esen­cial­men­te con la mano de­re­cha, en tan­das lar­gas, al hi­lo del pi­tón ca­si siem­pre, pe­ro hen­chi­das de aroma. So­lo un in­ten­to por va­nos na­tu­ra­les y un do­ble cir­cu­lar que pro­vo­có el en­tu­sias­mo. Unos ayu­da­dos fi­na­les, con Or­gu­lli­to ale­gre y co­di­cio­so aún, con­ven­cie­ron al pre­si­den­te. Mo­men­tos an­tes, un qui­te a la verónica, de tres ca­po­ta­zos hon­dos y una bue­na me­dia pre­lu­dia­ron el éxi­to pos­te­rior.

Con­clu­sión: Or­gu­lli­to fue un to­ro no­bi­lí­si­mo, pe­ro no com­ba­ti­vo, exi­gen­te, po­de­ro­so y en­cas­ta­do. Ese ani­mal ya no se lle­va.

He ahí la ra­zón fun­da­men­tal por la que las fi­gu­ras ac­tua­les exi­gen es­te ti­po de to­ro, ideal, tam­bién, pa­ra los pú­bli­cos ge­ne­ro­sos.

El Ju­li ha­bía cor­ta­do otras dos ore­jas a su pri­me­ro, anovi­lla­do ani­mal, no­bi­lí­si­mo, un cor­de­ri­to, al que El Ju­li to­reó con ofi­cio, pe­ro sin in­ten­si­dad ni emo­ción. Es ver­dad, no obs­tan­te, que lo ve­ro­ni­queó con gus­to, hi­zo un ajus­ta­do qui­te por chi­cue­li­nas, y su fae­na de mu­le­ta fue lim­pia, li­ga­da y, tam­bién, fue­ra de cacho y al hi­lo del pi­tón. No hu­bo arre­ba­to, ni con­mo­ción, por­que a to­da la fae­na le fal­tó el alma que de­be po­ner un to­ro en­cas­ta­do y un to­re­ro trans­fi­gu­ra­do.

Tam­bién an­du­vo por la pla­za En­ri­que Pon­ce, un po­co des­vaí­do en su ex­pre­sión, que li­dió pri­me­ro una mo­na des­cas­ta­da, y le cor­tó la ore­ja al cuar­to, otro ani­mal no­ble y de es­ca­sa co­di­cia. Ju­gó con él y lo ma­tó de una gran es­to­ca­da.

Y el ter­ce­ro en dis­cor­dia, Ta­la­van­te, no tuvo su día. In­sul­so y sin es­bo­zo de ca­li­dad fue el ter­ce­ro y lo ma­tó con pron­ti­tud; me­jor el sex­to, con más brío, pe­ro el áni­mo del to­re­ro es­ta­ba por los sue­los y no arries­gó un ala­mar. No en­ten­dió a su opo­nen­te o, sen­ci­lla­men­te, no lo qui­so en­ten­der.

En dos pa­la­bras: val­gan el in­dul­to del to­ro y el triun­fo del to­re­ro si con­tri­bu­yen al enal­te­ci­mien­to de la fies­ta de los to­ros. Acep­te­mos, pues, pul­po co­mo ani­mal de com­pa­ñía.

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