Cuan­do de ver­dad se apren­de es en la derrota

El País (América) - - OPINIÓN -

Es­te pe­rió­di­co, en su sec­ción Ver­ne, in­for­ma­ba es­ta se­ma­na de que al­gu­nos equi­pos de fút­bol de Ga­li­cia han de­ci­di­do eli­mi­nar los go­les de los re­sul­ta­dos en sus ca­te­go­rías in­fe­rio­res. Afir­man que lo ha­cen por res­pe­to a los ni­ños y ni­ñas que jue­gan, que no se tra­ta de so­bre­pro­te­ger­los sino de edu­car­los en va­lo­res de­por­ti­vos y ase­gu­ran que lo úni­co que importa del re­sul­ta­do es si han ga­na­do o per­di­do por­que a esas eda­des no tie­ne nin­gu­na im­por­tan­cia que los de­más se en­te­ren de cuán­tos go­les se han mar­ca­do o re­ci­bi­do. La Fe­de­ra­ción Ga­lle­ga de Fút­bol ya pro­pu­so la me­di­da la tem­po­ra­da pa­sa­da. Allí ex­pli­can que to­das las se­ma­nas tie­nen que li­diar con pa­dres que les exi­gen que co­rri­jan los da­tos por­que sus hi­jos han mar­ca­do tan­tos y no cuan­tos go­les. Re­co­no­cen que el pro­ble­ma es con pa­dres y en nin­gún ca­so con los cha­va­les.

Sin po­ner en du­da ni la bue­na in­ten­ción ni la exis­ten­cia de una re­fle­xión que ha desem­bo­ca­do en la me­di­da, no es­tá de más co­lo­car so­bre la me­sa al­gu­na de­ri­va­da que se pue­de ge­ne­rar. Por ejem­plo, por pu­ra cohe­ren­cia, se po­drían lle­var las co­sas has­ta el fi­nal. Así, no so­lo los go­les, lo que ha­bría que eli­mi­nar es la com­pe­ti­ción mis­ma. Mi­llo­nes de es­pa­ño­les han cre­ci­do ju­gan­do al fút­bol en pa­tios, ca­lles y cam­pos lle­nos de car­dos y pie­dras sin par­ti­ci­par en nin­gu­na com­pe­ti­ción. En in­ter­mi­na­bles par­ti­dos, sin ár­bi­tro, ni re­gis­tros, ni cla­si­fi­ca­cio­nes, ni uni­for­me, ni —por su­pues­to— pa­dres mi­ran­do. ¿Pe­leas? Es­ca­sí­si­mas y siem­pre ol­vi­da­das al día si­guien­te. ¿Le­sio­nes im­por­tan­tes? Me­nos aún. ¿Trau­mas? El de te­ner que in­te­rrum­pir por­que ha­bía que irse a co­mer o ce­nar. Apren­die­ron a re­co­no­cer un pe­nal­ti sin que hu­bie­ra un ár­bi­tro que se lo im­pu­sie­ra y a acep­tar que ha­bía bue­nos y ma­los. No ha­bía ban­qui­llo. To­dos ju­ga­ban. Siem­pre ha­bía si­tio pa­ra uno más en el cam­po. Eso sí que era un jue­go de con­vi­ven­cia y acep­ta­ción. To­dos di­fe­ren­tes y to­dos en el mis­mo jue­go.

Es im­por­tan­te apren­der a ga­nar y per­der cuan­to an­tes. A sa­ber por qué ha su­ce­di­do y a afron­tar­lo sin mie­do a lo que di­gan los de­más, in­clu­yen­do tu pa­dre. Los que ga­nan me­re­cen el re­co­no­ci­mien­to de to­dos y los que pier­den la sim­pa­tía y el áni­mo. No es lo mis­mo per­der por go­lea­da que en el mi­nu­to 93 o en los pe­nal­tis. De eso al­gu­nos sa­be­mos mu­cho. Que lo im­por­tan­te es si se ha ga­na­do o per­di­do es lo que en­se­ñan las ma­las es­cue­las de ne­go­cios.

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