“Los mar­cia­nos es­tán en Ja­pón”

El País (América) - - PASATIEMPOS TIEMPO - LUZ SÁN­CHEZ-ME­LLA­DO

Ves­ti­do de ca­lle, el aven­tu­re­ro de la te­le pa­re­ce un mo­derno más de Cham­be­rí, el ba­rrio ma­dri­le­ño don­de tie­ne su ofi­ci­na. Se lo di­go y se es­pon­ja. Es co­que­to, ad­mi­te, con sus va­que­ros úl­ti­mo gri­to, su ca­mi­si­ta de to­pos he­cha a me­di­da de su “ti­pín” y su cin­tu­rón de he­bi­lla tan di­sua­so­ria que ser­vi­ría pa­ra neu­tra­li­zar a cual­quier de­pre­da­dor en cual­quier sel­va. Pe­ro, ahí don­de le ven tan ju­ve­nil, Calleja es abue­lo de un crío de dos años de su hi­jo Ga­nesh, un ni­ño de la ca­lle de Ne­pal al que prohi­jó tras sal­var­le el pe­lle­jo y que hoy le lle­va su agen­da de ti­po sin fron­te­ras con ba­se en Fresno de la Ve­ga, León, su al­dea de to­da la vi­da.

Ven­go de un atas­ca­zo en Gran Vía. ¿Esa es su idea del in­fierno?

Tam­po­co es eso. Re­la­ti­vi­zo mu­chí­si­mo. Las ciu­da­des son im­por­tan­tes por­que allí se ge­ne­ran las opor­tu­ni­da­des, pe­ro la na­tu­ra­le­za es el pi­lar de mi vi­da. Soy un tío de cam­po y de pue­blo.

¿Un pue­ble­rino con mun­do?

Na­die es un ca­te­to. Las se­ño­ras me dan unos zas­cas que me de­jan se­co. La gen­te de pue­blo es sa­bia, pe­ro no sa­be­mos es­cu­char.

¿Qué le da vér­ti­go en la vi­da a un ti­po que sube ‘ocho­mi­les’?

Fí­si­co, na­da. El mie­do es bueno por­que te ha­ce po­ner­te ba­rre­ras que no de­bes pa­sar. Pe­ro sí ten­go vér­ti­go men­tal a la muer­te. Me lo es­toy pa­san­do tan bien que me jo­de te­ner que mo­rir­me. Es la épo­ca más di­ver­ti­da de mi vi­da.

Pues al­gu­nos se­ño­res en­tran en ba­rre­na des­pués de los 50.

Na­da, ce­ro. No ten­go nin­gún pro­ble­ma de na-da. Pon­me a com­pe­tir con un tío de 20 y ve­rás dón­de lo de­jo. Hay que en­con­trar el es­tí­mu­lo. Si an­tes te­nía que en­tre­nar una ho­ra y aho­ra seis, lo ha­go. Es­ca­lo mon­ta­ñas, an­do en bi­ci y co­rro más que a los 20, aquí me tienes.

En­can­ta­da, Su­per­ca­lle­ja.

Es ac­ti­tud. Y tra­ba­jo. Nun­ca me he sal­ta­do un día sin co­rrer.

Les sa­ca pe­tró­leo a sus en­tre­vis­ta­dos. De­me al­gún tru­co. ECHA­DO AL MON­TE. Je­sús Calleja (León, 1965) es un cu­lo in­quie­to con­fe­so. Fue pe­lu­que­ro, pe­ro ti­ra­ba al mon­te e hi­zo de su pa­sión su ofi­cio. El co­mu­ni­ca­dor que ha pues­to a tris­car ce­rros a po­lí­ti­cos y fa­mo­sos vuel­ve con Pla­ne­ta Calleja, el es­pa­cio con el que ha ga­na­do un Pre­mio On­das.

Me in­tere­san las per­so­nas, igual un VIP que una de pue­blo, y eso se no­ta. An­tes ha­bla­ba mu­cho, pe­ro he apren­di­do a es­cu­char, que es lo más difícil. No hay se­cre­to: es­cu­cho y ti­ro del hi­lo.

Ra­ja mu­cho, sí, ¿no en­mu­de­ce ni an­te la be­lle­za del mun­do?

Mu­chas ve­ces. Y no so­lo fue­ra, tam­bién en un bos­que de León. No hay na­da más per­fec­to que la na­tu­ra­le­za. Ade­más, no­so­tros en­tra­mos por la puer­ta de atrás y ve­mos lo que na­die ve, por­que cues­ta es­fuer­zo y ex­pe­rien­cia. ¿El glo­bo es­tá glo­ba­li­za­do? Del to­do. La úl­ti­ma vez que es­tu­ve en el Eve­rest, fli­pé. Se tar­dó tres me­ses en su­bir por pri­me­ra vez en 1953. Hoy, 70 años más tar­de, tienes wi­fi y pue­des ver las no­ti­cias a 8.000 me­tros.

Da char­las a eje­cu­ti­vos que­ma­dos de es­trés. ¿Qué les di­ce?

Que tie­nen que ser fe­li­ces en la vi­da, tam­bién en el tra­ba­jo. Y que hay que pau­sar, por­que la vi­da es un tsu­na­mi que siem­pre co­rre más, y te va a atra­par.

La fe­li­ci­dad. ¿Eso qué es? Vi­vir sin es­pa­das de Da­mo­cles. Lle­va­mos un rit­mo tan fre­né­ti­co que cree­mos vi­vir en una bo­la de pro­ble­mas. La ra­pi­dez nos des­bor­da y no nos de­ja ser per­so­nas.

Mi aven­tu­ra es ele­gir en­tre la M-30 o la M-40. ¿Qué me di­ce?

Que tienes que sa­lir más al cam­po, mu­jer, ver más la na­tu­ra­le­za y guiar­te más por ella. Pe­ro pa­ra eso tienes que de­jar de mi­rar el mó­vil ca­da cin­co mi­nu­tos. Pues bien que us­ted lo tie­ne. Ten­go, pe­ro me im­pon­go dis­ci­pli­nas: hoy, has­ta las cin­co, no to­co el bo­tón de Goo­gle; hoy, no veo Ins­ta­gram has­ta las nue­ve. Si no, me en­re­do y me pier­do la vi­da. ¿Es el mó­vil el que nos pier­de? No po­de­mos ver el mun­do a tra­vés de una pan­ta­lla. Si los mar­cia­nos exis­ten, es­tán en Ja­pón. Tie­nen to­da la tec­no­lo­gía y el con­su­mo, el tra­ba­jo pri­ma so­bre to­do, el ocio de na­tu­ra­le­za no exis­te y na­die co­ge 15 días de va­ca­cio­nes. Eso es alie­ní­ge­na.

¿Ja­pón pa­ra los ja­po­ne­ses? La me­jor vi­da se vi­ve en Es­pa­ña. Nos crea­mos pro­ble­mas. Aquí se vi­ve jo­di­da­men­te bien. Vas a un bar so­lo y sa­les con el te­lé­fono del de al la­do. Eso no pa­sa en nin­gún si­tio del mun­do.

¿Es el hu­mor el idio­ma glo­bal?

Y el amor.

Pe­ro si le di­jo a Ris­to Me­ji­de que nun­ca se ha enamo­ra­do...

No te creas to­do lo que veas. Hay co­sas en la vi­da que es me­jor guar­dar­las pa­ra uno so­lo.

/B.P.

Je­sús Calleja, en la se­de de su pro­duc­to­ra, en Ma­drid.

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