Vi­cen­te del Bos­que con­ver­sa con To­ni Na­dal

El ex­se­lec­cio­na­dor ini­cia una se­rie de ter­tu­lias con per­so­na­li­da­des del de­por­te. El ex­téc­ni­co de Ra­fa Na­dal es su pri­mer in­vi­ta­do

El País (Catalunya) - - PORTADA - ALE­JAN­DRO CIRIZA, Ma­drid

Del Bos­que: “Me emo­cio­né con lo de Val­ver­de. Que un tío de 38 ga­ne así...”

To­ni: “Pa­re­ce que so­lo ha­ce las co­sas bien el que triun­fa y eso no es cier­to”

Del Bos­que: “Has si­do una mo­ti­va­ción gran­de pa­ra Ra­fa y lo has mo­de­la­do”

To­ni: “Ju­gan­do yo era igual de lis­to que Guar­dio­la, pe­ro Pep veía to­do el es­pa­cio”

Los ta­lle­res de las an­ti­guas ro­ta­ti­vas de EL PAÍS, en Ma­drid, aco­gen el en­cuen­tro en­tre dos gi­gan­tes de los ban­qui­llos: el ex­se­lec­cio­na­dor es­pa­ñol de fút­bol Vi­cen­te del Bos­que (Sa­la­man­ca, 67 años), y To­ni Na­dal (Ma­na­cor, 57 años), el or­fe­bre de uno de los gran­des cam­peo­nes de la his­to­ria del te­nis. Tan dis­tin­tos y tan igua­les los dos, por­que va­rían la ex­pre­sión y la for­ma, pe­ro no el fon­do. La con­ver­sa­ción, pro­lon­ga­da an­tes y des­pués de que se ac­ti­ve la gra­ba­do­ra, des­pren­de res­pe­to y ad­mi­ra­ción re­cí­pro­ca.

Vi­cen­te del Bos­que. Por lo que he leí­do so­bre ti, me da la sen­sa­ción de que no so­mos muy di­fe­ren­tes, aun­que lue­go hay ma­ti­ces. Creo que eres una per­so­na aus­te­ra, de es­fuer­zo, de tra­ba­jo. Sen­ci­llo. Has bus­ca­do siem­pre la sim­pli­ci­dad, que pa­re­ce un asun­to ba­nal, pe­ro yo le doy mu­cha im­por­tan­cia. Lo que nos di­fe­ren­cia es que tú has te­ni­do un de­por­te in­di­vi­dual y yo uno co­lec­ti­vo, y pa­ra el que li­de­ra es muy dis­tin­to. Tú tam­bién li­de­ra­bas un gru­po de tra­ba­jo, pe­ro al fi­nal el que ju­ga­ba era so­lo uno. No­so­tros ma­ne­já­ba­mos a 25 tíos: so­lo jue­gan 11 y hay 14 que no jue­gan.

To­ni Na­dal. Pien­so que tu tra­ba­jo es más di­fí­cil por­que yo tu­ve la suer­te de en­tre­nar a un chi­co que, es­tá feo de­cir­lo por­que es mi so­brino, es muy edu­ca­do. Era fá­cil de llevar, era fá­cil de de­cir­le las co­sas. Yo ten­go un her­mano que fue fut­bo­lis­ta y sé que en un ves­tua­rio hay pro­ble­mas y es más di­fí­cil. Tu ta­lan­te le fue muy bien a la se­lec­ción es­pa­ño­la y fue uno de los mé­ri­tos.

D. B. No hay una re­ce­ta úni­ca.

T. N. ¡Siem­pre lo di­go! Cuan­do voy a dar char­las ha­blo so­bre mi ma­ne­ra de en­ten­der las co­sas, pe­ro nun­ca pre­ten­do ser dog­má­ti­co. Yo di­go: de esa ma­ne­ra a no­so­tros nos ha ido bien, pe­ro hay gen­te que lo ha he­cho de un mo­do to­tal­men­te di­fe­ren­te y se­gu­ra­men­te les ha ido me­jor que a no­so­tros. Tú has di­cho una co­sa que pa­ra mí es esen­cial, que es el te­ma de la exi­gen­cia. Es muy di­fí­cil triun­far en la vi­da si uno no es exi­gen­te. Des­pués, creo que hay una co­sa por la que so­mos pa­re­ci­dos. Re­cuer­do el gol de Inies­ta en el Mun­dial de Su­dá­fri­ca, cuan­do te en­fo­ca­ron, y tu ca­ra era de nor­ma­li­dad.

D. B. Bueno, hi­ce un ges­to un po­co exa­ge­ra­do…

T. N. ¡No hom­bre, no! Me­nos que eso no se pue­de ha­cer, por­que yo, que no soy pre­ci­sa­men­te un su­per­apa­sio­na­do e in­ten­to des­mi­ti­fi­car las co­sas, re­cuer­do que en ese gol sal­té, pe­gué un gri­to y mis hi­jos se asus­ta­ron.

D. B. Ha­ce po­co me emo­cio­né. No sé si vis­te el Mun­dial de ci­clis­mo, con Val­ver­de, pe­ro fue im­pre­sio­nan­te, co­mo tan­tas otras tar­des con Ra­fa. Te ju­ro que se me sal­ta­ban las lá­gri­mas al ver­le en el po­dio.

T. N. A mí tam­bién me pa­sa al­gu­nas ve­ces.

D. B. Es im­pre­sio­nan­te có­mo ese tío, con 38 años, ha po­di­do ga­nar esa prue­ba. Una vi­da ab­so­lu­ta­men­te en­tre­ga­da, de­di­ca­da a lo su­yo, con un sa­cri­fi­cio enor­me. Yo soy muy de ci­clis­mo, ¿eh?

T. N. Has nom­bra­do el sa­cri­fi­cio, y yo creo que el sa­cri­fi­cio es cuan­do uno ha­ce lo que no le gus­ta, en to­do ca­so. Una vez fui a dar una char­la pa­ra el Real Ma­drid, pa­ra la uni­ver­si­dad que ellos tie­nen, y Emi­lio Bu­tra­gue­ño me pre­gun­tó lo mis­mo. Me ha­bló so­bre el sa­cri­fi­cio de Ra­fael, y yo le di­je que no: ¡hom­bre, sa­cri­fi­cio, no! Se ha es­for­za­do en la vi­da, pe­ro no creo que lo de él ha­ya si­do un sa­cri­fi­cio. Ra­fael ha te­ni­do siem­pre la suer­te de ha­cer lo que le gus­ta. Re­cuer­do que ha­ce unos años con­tas­te una anéc­do­ta. Tú que­rías ha­cer una co­sa y te vi­nie­ron Pu­yol, Xa­vi y no sé quién más, y te di­je­ron: mís­ter, creo que es­to de­be­ría­mos ha­cer­lo di­fe­ren­te. Y tú di­jis­te: pues per­fec­to, va­mos a ha­cer­lo di­fe­ren­te. Yo se lo con­té a Ra­fael y al equi­po: mi­rad lo de Del Bos­que, que no so­lo acep­tó que los ju­ga­do­res qui­sie­ran ha­cer al­go di­fe­ren­te de lo que él ha­bía ex­pues­to, sino que, ade­más, lo cuen­ta.

D. B. Bueno, es que no­so­tros de­be­mos sa­ber es­cu­char.

T. N. Ya, pe­ro mi her­mano tu­vo a se­gún qué en­tre­na­dor, que no voy a de­cir el nom­bre…

D. B. Pe­ro no es un asun­to de de­bi­li­dad. T. N. ¡Al re­vés! ¡De for­ta­le­za!

D. B. Es muy im­por­tan­te que los ju­ga­do­res crean que son ellos los que man­dan, pe­ro que se ha­ga lo que tú quie­res. Eso es lo más im­por­tan­te.

T. N. De­cía Ho­ward Gard­ner que lo im­por­tan­te pa­ra el que li­de­ra es ha­cer­le com­pren­der al que tie­ne que ha­cer las co­sas que de­be ha­cer aque­llo que tú quie­res. Y aho­ra te voy a ha­cer una pre­gun­ta: ¿Qué pen­sas­teis cuan­do per­dis­teis el pri­mer par­ti­do del Mun­dial 2010 con­tra Sui­za?

D. B. Fue un mo­men­to muy do­lo­ro­so, pe­ro no po­día­mos cam­biar en ese mo­men­to ni re­nun­ciar a aque­llo en lo que creía­mos. Des­de Bar­ce­lo­na nos de­cían que qui­tá­ra­mos a Xa­bi Alon­so y des­de Ma­drid nos de­cían que qui­tá­se­mos a Bus­quets. Nos man­tu­vi­mos fir­mes y al fi­nal ga­na­mos, pe­ro tam­bién por­que tu­vi­mos mu­cha suer­te.

T. N. Sí, siem­pre es ne­ce­sa­ria. Yo, cuan­do veo re­pe­ti­do el par­ti­do de Ra­fael con­tra Fe­de­rer en Wim­ble­don, en 2008, to­da­vía veo al­gu­na bo­la que hu­bie­ra po­di­do cam­biar el signo de la vic­to­ria. To­da­vía me pon­go ten­so.

D. B. Es al­go que vo­so­tros ha­béis he­cho des­de que em­pe­zas­teis. Yo me acuer­do de In­du­rain, cuan­do al de­cir que ha­bía subido los puer­tos lo ha­cía en plu­ral. De­cía: “Te­ne­mos que su­bir…”. Y de­trás es­ta­ban Echá­va­rri y Un­zue. Tú has es­ta­do de­trás de Ra­fa y lo has mo­de­la­do.

T. N. Hom­bre…

D. B. No, es que es ver­dad. Has si­do una mo­ti­va­ción tan gran­de pa­ra él… Esa lu­cha, ese no dar una so­la pe­lo­ta por per­di­da, y lue­go tam­bién el com­por­ta­mien­to cuan­do ha per­di­do. Y pon­go tam­bién el ejem­plo de Da­vid Ferrer. Yo cuan­do voy a dar una char­la por ahí pon­go ge­ne­ral­men­te el ejem­plo de los dos. Ra­fa es Ra­fa y Da­vid ha ga­na­do mu­cho tam­bién, pe­ro so­bre to­do son muy pa­re­ci­dos en la ac­ti­tud que han te­ni­do en ca­da bo­la.

T. N. Sí, y tan­to. Yo siem­pre pon­go de ejem­plo a Da­vid, por­que en­sal­za­mos de­ma­sia­do al que ga­na siem­pre y a ve­ces nos ol­vi­da­mos de otra gen­te. Pa­re­ce que so­lo ha­ce bien las co­sas el que triun­fa y no es así. A am­bos, tan­to al uno co­mo al otro, lo que más les ca­rac­te­ri­za es el com­pro­mi­so con lo que ha­cen. Es lo que les exi­jo siem­pre a mis hi­jos. A mí me gus­ta mu­cho ha­cer­les dis­cur­sos cuan­do les acom­pa­ño al co­le­gio por las ma­ña­nas. Ca­da día les ha­go uno nue­vo y a ve­ces les mi­ro por el re­tro­vi­sor y le veo al pe­que­ño ha­cer: puff... Mis co­men­ta­rios van en dos sen­ti­dos. Pri­me­ro, en la ne­ce­si­dad de me­jo­rar. Un día pa­sá­ba­mos por una zo­na con fin­cas rús­ti­cas y les de­cía: ¡Mi­rad aque­llas ove­jas! Una es­tá co­mien­do, otra to­man­do el sol y otras en gru­po. Ayer ha­cían exac­ta­men­te lo mis­mo y ma­ña­na, cuan­do vol­va­mos a pa­sar, ha­rán lo mis­mo. En la vi­da, tú pue­des ele­gir si quie­res me­jo­rar o no. En la vi­da, lo prin­ci­pal es me­jo­rar, y des­pués es­tá el có­mo lo ha­ces, que es­tá re­la­cio­na­do con el com­pro­mi­so. Si no te com­pro­me­tes es muy di­fí­cil. Es­to es lo que le exi­gí siem­pre a Ra­fael y él lo in­terio­ri­zó to­tal­men­te.

D. B. Sí, el sen­ti­mien­to de per­te­nen­cia a un de­por­te, por­que ha­béis si­do unos apa­sio­na­dos del te­nis y lo ha­béis de­fen­di­do, y no­so­tros he­mos he­cho lo mis­mo con el fút­bol. Es nues­tra pa­sión. Ten­go un sen­ti­do de per­te­nen­cia ha­cia el Ma­drid, pe­ro to­da­vía uno ma­yor ha­cia el fút­bol.

T. N. Y hay otro com­pro­mi­so: el com­pro­mi­so con la vi­da. Cuan­do era pe­que­ño, a Ra­fael le exi­gía que ca­da en­tre­na­mien­to fue­ra co­mo una fi­nal, por­que eso sig­ni­fi­ca­ba un com­pro­mi­so con lo que es­ta­ba ha­cien­do. No pue­de ser que va­ya­mos a me­dio gas y des­pués que­ra­mos el día de la fi­nal… No. El com­pro­mi­so es dia­rio.

D. B. Es don­de hay que po­ner más el acen­to. El te­nis, ade­más, es un de­por­te que re­quie­re de mu­cha téc­ni­ca, ¿no? Y la téc­ni­ca es un po­co or­to­do­xa. An­ti­gua­men­te no se veía a na­die dar un re­vés con las dos ma­nos, ¿no?

T. N. No, em­pe­zó so­bre to­do con Björn Borg.

D. B. Sí, em­pe­zó él, ¿ver­dad? Yo creo que la téc­ni­ca, en cual­quier jue­go, es vi­tal.

T. N. Sí, yo a los en­tre­na­do­res de la aca­de­mia de Ma­na­cor les di­go que pres­ten mu­cha aten­ción a la téc­ni­ca. Al fi­nal, a mí me sor­pren­día cuan­do me de­cían que Guar­dio­la era muy lis­to. Yo les de­cía que yo era igual de lis­to que él, pe­ro yo cuan­do ten­go que pa­rar el ba­lón lo ten­go que mi­rar... ¡y en­ci­ma se me es­ca­pa! Y, en cam­bio, él te­nía la ca­pa­ci­dad pa­ra ver to­do el es­pa­cio. La téc­ni­ca le per­mi­te ha­cer eso.

D. B. Y lue­go hay otro en­tre­na­mien­to ba­sa­do en la re­pe­ti­ción. No hay me­jor apren­di­za­je que el de la re­pe­ti­ción.

T. N. Yo dis­tin­go dos co­sas: re­pe­ti­ción y re­fle­xión. Si re­pi­tes sin re­fle­xio­nar, nor­mal­men­te no va bien, y si so­lo re­fle­xio­nas, ge­ne­ral­men­te te que­das so­lo en lo que soy yo, un en­tre­na­dor.

D. B. No­so­tros tu­vi­mos uno en el 74, Mil­jan Mil­ja­nic, que fun­cio­na­ba a par­tir de la re­pe­ti­ción. Ha­cía­mos una ac­ción com­bi­na­ti­va y la re­pe­tía­mos una y otra vez… Si aho­ra les di­ces a los fut­bo­lis­tas que ha­gan al­go así te man­dan a la po­rra a los diez mi­nu­tos… T. N. El mun­do ha cam­bia­do. D. B. Lo ha­cía­mos con una obe­dien­cia ab­so­lu­ta, por­que él creía en eso, y la ver­dad es que era un muy buen en­tre­na­dor. Era un hom­bre cul­ti­va­do, que da­ba gus­to es­tar con él. Aho­ra en mu­chos ca­sos nos con­ver­ti­mos en en­tre­na­do­res de fút­bol y no so­mos na­da, pe­ro el en­tre­na­dor tie­ne que ser tam­bién un po­co...

T. N. Un po­co pro­fe­sor.

D. B. Sí, por­que la otra ta­rea del en­tre­na­dor afec­ta a los com­por­ta­mien­tos hu­ma­nos y las re­la­cio­nes per­so­na­les. Por eso de­cía an­tes que es di­fí­cil que en un ves­tua­rio ha­ya una bue­na con­vi­ven­cia, por­que eli­ges a 11 y los otros 14 es­tán en­de­mo­nia­dos. Pe­ro tú no pue­des ir a de­cir­le: “Oye, no jue­gas por es­to”. No pue­des des­gas­tar­te to­dos los días dán­do­les ex­pli­ca­cio­nes a los que no jue­gan.

T. N. ¿No les da­bas ex­pli­ca­cio­nes a los que no ju­ga­ban?

D. B. Muy po­cas, y eso que cuan­do era ju­ga­dor pen­sa­ba que cuan­do yo fue­ra en­tre­na­dor las da­ría. Eso es un error. T. N. ¿Sí?

D. B. No es fá­cil. No­so­tros te­nía­mos al­gún ju­ga­dor que te po­nía una ca­ra… Era im­po­si­ble de do­mi­nar. Le de­cía mu­chas ve­ces por lo ba­ji­ni: no te ca­brees con­mi­go… Y nos pa­só tam­bién con Iker. Lo qui­ta­mos no por­que tu­vié­ra­mos na­da con­tra él, al con­tra­rio; le he­mos vis­to cre­cer des­de los nue­ve años, a su pa­dre lle­ván­do­le a en­tre­nar to­dos los días des­de Mós­to­les, y ha ju­ga­do 167 par­ti­dos con la se­lec­ción, así que qui­tar­le… No vi el mo­men­to opor­tuno pa­ra de­cír­se­lo an­tes, sino que lo hi­ce des­pués y él de­bía en­ten­der­lo por­que al fi­nal, to­dos te­ne­mos el mis­mo ob­je­ti­vo, que es ga­nar.

T. N. No lo ten­go tan cla­ro.

D. B. Hom­bre, el ob­je­ti­vo es ese, otra co­sa es el ca­mino que eli­jas pa­ra con­se­guir­lo. T. N. El ob­je­ti­vo fi­nal del gru­po sí, pe­ro el ob­je­ti­vo par­ti­cu­lar de ca­da uno es triun­far in­di­vi­dual­men­te.

Yo en­tien­do que si yo soy el se­gun­do de­lan­te­ro de un equi­po y el que es­tá por de­lan­te de mí mar­ca un gol… Si es la fi­nal quie­ro que lo mar­que, pe­ro si no pre­fie­ro que lo mar­que otro.

D. B. Yo creo que de­be ha­ber un sen­ti­mien­to de ge­ne­ro­si­dad, por­que al fi­nal la ge­ne­ro­si­dad siem­pre es ren­ta­ble.

T. N. Sí, sin du­da. Por cier­to, ¿cuál fue la ma­yor sa­tis­fac­ción que tu­vis­te co­mo ju­ga­dor?

D. B. Es­tar 36 años en un mis­mo club. En­tré de ni­ño y sa­lí de di­rec­tor de la can­te­ra. Tu­ve el li­de­raz­go mo­ral de gen­te tan es­tu­pen­da co­mo Don San­tia­go Ber­na­béu o Luis Mo­lowny. Fui pro­fe­sio­nal, lue­go en­tre­na­dor y es­tu­ve 17 años en la ciu­dad de­por­ti­va, con cha­va­li­nes, y pa­ra mí esa fue la eta­pa más bo­ni­ta.

T. N. ¿Y cuán­do su­pis­te que se­rías un buen ju­ga­dor?

D. B. Yo nun­ca pen­sé que iba a ser ju­ga­dor. Veía a los del Sa­la­man­ca pa­sean­do por la ciu­dad mien­tras yo iba al ins­ti­tu­to, y me de­cía: “Joé, yo quie­ro ser co­mo ellos”, pe­ro no pen­sa­ba que fue­ra a ser­lo. Una vez que es­tu­ve aquí en Ma­drid, los dos pri­me­ros años, ya pen­sé: creo que me pue­do ga­nar la vi­da con es­to.

T. N. ¿Y qué des­ta­ca­rías so­bre tu tra­ba­jo co­mo en­tre­na­dor?

D. B. He si­do, den­tro de lo que ca­be, exi­gen­te y a la vez fle­xi­ble. Y creo que no nos ha da­do mal re­sul­ta­do. Hay al­gu­nos que son muy bue­nos téc­ni­cos y en lo de­por­ti­vo, pe­ro que en lo humano son ca­tas­tró­fi­cos.

T. N. ¿Cuál ha si­do el me­jor ju­ga­dor es­pa­ñol que has vis­to?

D. B. Ac­tual­men­te Mes­si, sin nin­gu­na du­da.

T. N. No, no, di­go es­pa­ñol… Yo, por ejem­plo, soy del Bar­ce­lo­na, pe­ro a la vez soy un fir­me de­fen­sor de Raúl. Me gus­ta la gen­te que es lis­ta cuan­do jue­ga.

D. B. He­mos te­ni­do unos cuan­tos hé­roes... Mi­ra, pa­ra no ha­blar de los ac­tua­les, siem­pre di­go que Fer­nan­do Hie­rro y Pi­rri fue­ron muy com­ple­tos. Eran tíos que de­fen­dían, cons­truían y me­tían go­les. Pa­ra mí, me­jo­res que Franz Bec­ken­bauer, dos fe­nó­me­nos.

T. N. En su día le hi­ce es­ta mis­ma pre­gun­ta a Cruyff y, ¿sa­bes qué me di­jo?

D. B. Que el me­jor era Al­fre­do Di Sté­fano... Por­que lo ha­cía to­do.

T. N. Eso es. A Johan le gus­ta­ba por­que Al­fre­do era ca­paz de in­ter­pre­tar el jue­go me­jor que los de­más. Era de esos a los que le gus­ta­ba pen­sar. Tam­bién le pre­gun­té cuán­do su­po que él se­ría tan bueno, y me di­jo: “Yo, des­de que era un ni­ño, siem­pre fui muy bueno”. Pe­ro ojo, no me lo di­jo con chu­le­ría, ¿eh?

D. B. Hom­bre, Johan era el me­jor del ba­rrio...

T. N. Y des­pués es­tá Leo Mes­si, cla­ro.

D. B. Im­pre­sio­nan­te, im­pre­sio­nan­te.

T. N. Yo no sé si es me­jor que Ma­ra­do­na o no... Pe­ro es­te te­nía una di­fi­cul­tad ex­tra: an­tes los de­fen­sas pe­ga­ban más que aho­ra.

Del Bos­que: “En el de­por­te de­be ha­ber ge­ne­ro­si­dad. Es­ta es siem­pre ren­ta­ble”

To­ni: “El mun­do ha cam­bia­do. El téc­ni­co de­be ser tam­bién un po­co pro­fe­sor”

Del Bos­que: “Sien­to que per­te­nez­co al Ma­drid, pe­ro aún más al fút­bol”

To­ni: “A Ra­fael le exi­gía a dia­rio co­mo si ju­ga­ra una fi­nal. Eso es com­pro­mi­so”

Del Bos­que: “Hoy el me­jor es Mes­si y de los es­pa­ño­les eli­jo a Hie­rro y Pi­rri”

To­ni: “Soy ‘cu­lé’, pe­ro a la vez soy un de­fen­sor de Raúl. Me gus­tan los lis­tos”

/ CORDON PRESS

Del Bos­que, jun­to a Xa­vi, ele­va la Co­pa del Mun­do ga­na­da en Joha­nes­bur­go en 2010.

/ DA­VID G. FOLGUEIRAS

To­ni Na­dal y Vi­cen­te del Bos­que char­lan du­ran­te su vi­si­ta a EL PAÍS, re­cien­te­men­te en Ma­drid.

/ CORDON PRESS

To­ni Na­dal y su so­brino Ra­fael sos­tie­nen el tro­feo de Ro­land Ga­rros, el año pa­sa­do en Pa­rís.

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