“Es muy di­fí­cil hun­dir­me”

El País (Galicia) - - PANTALLAS -

LUZ SÁN­CHEZ-ME­LLA­DO

Lo pri­me­ro que lla­ma la aten­ción es su pe­lo. Pe­la­zo, pa­ra ser exac­tos. Acos­tum­bra­dos a ver­la por la te­le con el agua al cue­llo y ese un­güen­to de co­la de pes­ca­do que con­vier­te la pro­pia ca­be­lle­ra en go­rro de ba­ño, Ona pa­re­ce de cer­ca lo que es. Una gua­pí­si­ma chi­ca de 28 años con un me­le­nón en­tre mo­reno y ru­bio por el tin­te de mo­da. Es­ta­mos en Ma­drid, en el bar de un ho­tel, aun­que ella ha dor­mi­do en el cuar­to de Ros­cón, el hi­jo de Sa­mant­ha Va­lle­jo-Ná­je­ra, la jue­za de Mas­ter­chef Ce­le­brity. Pa­ra lle­vár­se­la a ca­sa. Tal es el afec­to que pro­du­ce en­tre sus co­le­gas. De­cía­mos que lo pri­me­ro que cho­ca de ella es su pe­lo. Lo se­gun­do son sus dien­tes, blan­quí­si­mos y siem­pre a la vis­ta tras una son­ri­sa ca­paz de ilu­mi­nar una cue­va.

¿No le due­le la man­dí­bu­la de son­reír has­ta de­ba­jo del agua?

Ten­go la son­ri­sa muy en­sa­ya­da. En mi de­por­te, hay ve­ces que te es­tás aho­gan­do y el en­tre­na­dor te gri­ta que son­rías. Es­tás muer­ta y son­rien­do, es par­te del tra­ba­jo.

¿Y llo­rar, cuán­to llo­ra?

Mu­chí­si­mo. De do­lor por le­sio­nes du­rí­si­mas. De ra­bia por no ha­ber lo­gra­do un re­to. De emo­ción cuan­do lo lo­gras. Y he lle­ga­do a llo­rar de mie­do a la ho­ra de ti­rar­me al agua por la pre­sión de ju­gár­te­lo to­do en tres mi­nu­tos des­pués de en­tre­nar cua­tro años.

¿Y de en­vi­dia al ver a otras?

No. Pe­ro de emo­ción al ver a otras ri­va­les, sí, mu­chí­si­mas.

¿Mu­jer de lá­gri­ma fá­cil?

Con la du­re­za de las en­tre­na­do­ras, no llo­ro. Pe­ro con co­sas muy emo­ti­vas o muy be­llas, a ma­res. Sa­bes el es­fuer­zo que con­lle­va la ex­ce­len­cia. Un bai­la­rín que pa­re­ce que vue­la, esa be­lle­za ab­so­lu­ta, me emo­cio­na por­que sé lo que ha te­ni­do que pa­sar pa­ra ha­cer­lo.

¿Es más fá­cil flo­tar o hun­dir­se, en su de­por­te y en la co­ci­na?

Pues mi­ra, es más di­fí­cil hun­dir­me

por­que, aun­que no pa­rez­ca, ten­go mu­cha gra­sa y flo­to. La co­ci­na es muy du­ra. Pe­ro he flo­ta­do y he apren­di­do a co­ci­nar, no sa­bía ni co­ger una sar­tén.

En el agua, y en Mas­ter­chef

de­pen­de del gus­to de otros. ¿No le frus­tra tan­ta ar­bi­tra­rie­dad?

Es­toy muy acos­tum­bra­da a so­me­ter­me al gus­to de un ju­ra­do. Hay una par­te téc­ni­ca me­di­ble y otra sub­je­ti­va que no lo es, cier­to. Pe­ro eso me pa­re­ce pre­cio­so, por­que ahí re­si­de la sin­gu­la­ri­dad. No se pue­de gus­tar a to­dos.

Por eso tie­nes que ha­cer, des­de la téc­ni­ca, lo que te gus­te y creas que pue­de sor­pren­der y ha­cer dis­fru­tar, por­que co­mo quie­ras gus­tar a to­dos, al fi­nal no des­ta­cas y no gus­tas a na­die.

¿Qué par­te de su éxi­to de­por­ti­vo es ce­re­bro y cuál cuer­po?

El 90%, ce­re­bro, mí­ni­mo.

¿O sea que yo, echán­do­le ce­re­bro, po­dría com­pe­tir?

Ja­ja. El fí­si­co cuen­ta, pe­ro por mu­cho que ten­gas el cuer­po per­fec­to pa­ra al­go, to­do es tra­ba­jo, y el tra­ba­jo es­tá en la ca­be­za. Do­lor, re­cu­pe­ra­ción, tris­te­za, ira, mo­ti­va­ción, su­pera­ción en la ad­ver­si­dad, ca­pa­ci­dad de aguan­tar, de caer y le­van­tar­se. To­do eso es lo que mar­ca la di­fe­ren­cia, y no es fí­si­co.

¿Tie­ne el agua al cue­llo?

Esa es mi vi­da. La pis­ci­na tie­ne tres me­tros de hon­do. Es­toy to­do el día den­tro, lu­chan­do pa­ra que el agua es­té un po­co más aba­jo de mi cue­llo por­que eso sig­ni­fi­ca que yo es­toy más arri­ba. ¿Se aho­ga en un va­so de agua?

No, pe­ro hay co­sas que no con­tro­las. Des­de ni­ña ten­go lo que lla­mo crio­fo­bia. Pa­so mu­chí­si­mo frío en el agua. He usa­do mi­les de cre­mas, pe­di­do que suban la tem­pe­ra­tu­ra, tra­ba­ja­do con psi­có­lo­gos. Na­da. Soy yo la que tie­ne un pro­ble­ma y tie­ne que adap­tar­se.

Va­ya, otra frio­le­ra cró­ni­ca.

Vi­vo he­la­da, vi­vo tem­blan­do. Pa­so sie­te ho­ras ca­da día en el agua, to­dos los días. Se su­fre.

¿Ni con un neo­preno de esos?

Apar­te de que te res­ta­ría mo­vi­li­dad, no po­dría ser. La sin­cro­ni­za­da tie­ne una par­te es­té­ti­ca muy im­por­tan­te. Hay que bri­llar.

Des­de lue­go. Len­te­jue­las, cris­ta­li­tos, ma­qui­lla­je wa­ter­proof...

Son las rei­nas del bri­lli-bri­lli.

Cuan­to más, me­jor. Así te ven los jueces y se que­dan con­ti­go.

Sí, por­que las ru­sas sue­len mo­jar­les la ore­ja, con per­dón.

Sí, son per­fec­tas, pe­ro la di­ver­si­dad tam­bién enamo­ra. La be­lle­za re­si­de tam­bién en la ori­gi­na­li­dad, la pa­sión y la im­per­fec­ción. Y eso tam­bién pa­sa en la co­ci­na. Los car­tu­jos no ha­blan. Su re­gla es el si­len­cio. So­lo cuan­do se cru­zan por el claus­tro en­ca­pu­cha­dos has­ta las ce­jas, con las ma­nos me­ti­das en la man­ga con­tra­ria del há­bi­to se les es­tá per­mi­ti­do sa­lu­dar­se con es­tas pa­la­bras mi­rán­do­se de sos­la­yo. Uno di­ce: “Her­mano, mo­rir te­ne­mos”. Otro con­tes­ta: “Ya lo sa­be­mos”. Es­ta­ba yo ha­ce unos días en la te­rra­za de un res­tau­ran­te ita­liano de Cham­be­rí com­par­tien­do con unos amigos una pas­ta con an­choas ba­jo un agra­da­ble sol de oto­ño ta­mi­za­do por la som­bri­lla y en es­to se me acer­có una fi­gu­ra al­ta, ves­ti­da de ne­gro, con el ros­tro me­dio em­bo­za­do en­tre la go­rra y la bu­fan­da. No lo re­co­no­cí a pri­me­ra vis­ta, pe­ro me sa­lu­dó con una cor­te­sía lle­na de eu­fo­ria: “Ami­go, cuán­to tiem­po, ya ves qué sor­pre­sa, to­da­vía no nos he­mos muer­to. De pron­to me acor­dé que ha­ce 50 años el pin­tor Cris­tino de Ve­ra pro­nun­ció por pri­me­ra vez una fra­se pa­re­ci­da la no­che en que me fue pre­sen­ta­do en el só­tano del bar Oliver mien­tras al­guien apo­rrea­ba el piano la can­ción Oh Su­sa­na. Eran las no­ches lo­cas del ca­fé Gi­jón, de Oliver y de Ca­rru­sel, y ya en­ton­ces Cris­tino, lle­ga­do de Ca­na­rias, es­ta­ba ob­se­sio­na­do en bro­mear con la muer­te co­mo Ham­let con la ca­la­ve­ra de Yo­rick y tal vez tra­ta­ba de ahu­yen­tar­la co­mo el ni­ño que jue­ga a dar­le pa­ta­das a un bote mien­tras ca­mi­na. Los cua­dros de Cris­tino de Ve­ra pa­re­cen es­tar pin­ta­dos a la luz ama­ri­lla par­pa­dean­te de una ve­la de car­tu­jo. En sus lien­zos vi­bra el si­len­cio con­ver­ti­do en ma­te­ria. La ca­la­ve­ra rei­na en to­dos ellos en­tre mon­jes, bo­de­go­nes de fru­tas, va­sos, co­go­llas, ta­zas, ro­sas. Lo de más es es­pa­cio. Co­mo un anaco­re­ta que tra­ta de qui­tar­se la muer­te de en­ci­ma la con­vier­te en una som­bra. Hu­mil­de y lu­mi­no­so co­mo Mo­ran­di. Lim­pio co­mo Luis Fer­nán­dez. Al pie de la pas­ta con an­choas le di­je a Cris­tino: no es­toy muy se­gu­ro, pe­ro yo di­ría que no he­mos muer­to to­da­vía.

/B.P.

Ona Car­bo­nell, el pa­sa­do mar­tes, en Ma­drid.

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