Hinds y el po­der (fe­me­nino) en es­ce­na

De Ma­la­sa­ña a la pis­ci­na de Se­le­na Gomez. Hinds pi­de res­pe­to so­bre el es­ce­na­rio

El País - S Moda - - SUMARIO - Tex­to SA­LO­MÉ GAR­CÍA Fo­tos NOAH PHARREL Rea­li­za­ción FRAN­CES­CA RINCIARI

¿Cuán­tas ve­ces os han lla­ma­do ‘ni­ña­tas’? La pre­gun­ta ha­ce re­fe­ren­cia a una eti­que­ta po­pu­lar de la que las Hinds han te­ni­do que de­fen­der­se des­de que mon­ta­ron su ban­da. «Tú aca­bas de ser la úl­ti­ma». Así de di­rec­ta se re­vuel­ve Car­lot­ta Co­sials, vo­ca­lis­ta del cuar­te­to que, en ape­nas cua­tro años, ha di­na­mi­ta­do el in­die rock na­cio­nal y le ha pe­ga­do un bo­ca­do al de fue­ra.

La cla­ve se­gún la crí­ti­ca: un so­ni­do ga­ra­ge po­ten­te. En 2014, cuan­do so­lo era un dúo de ni­ñas bien con pul­so gui­ta­rre­ro (Co­sials y Ana Gar­cía Pe­rro­te) pu­bli­ca­ron Bam­boo. No can­tar en es­pa­ñol fue al­go na­tu­ral: «So­mos la ge­ne­ra­ción de la ESO en in­glés y la mú­si­ca que nos gus­ta usa esa len­gua (des­de Black Lips a The Pa­rrots)».

El di­rec­to exi­gió am­pliar fi­las y lle­ga­ron Ade Mar­tín (ba­jo) y Am­ber Grim­ber­gen (ba­te­ría). La era de las re­des so­cia­les e Ins­ta­gram lo ace­le­ra­ron to­do. El idio­ma y una pues­ta en es­ce­na más gam­be­rra que me­ló­di­ca («he­mos ido apren­dien­do a to­car bien») ca­ta­pul­tó a las cua­tro ‘pi­jas’ de Ma­la­sa­ña (las eti­que­tas va­ria­ban) a la pre­mier in­ter­na­cio­nal en un abrir y ce­rrar de ojos, con­ver­ti­das ya en una ban­da res­pe­ta­ble y con la que hay que con­tar. La pren­sa an­glo­sa­jo­na les po­ne oji­tos (des­de The Guar­dian a The Fa­der), NME las no­mi­na a me­jor ban­da re­ve­la­ción in­ter­na­cio­nal y uno de los

"En un fes­ti­val co­bra me­nos una ban­da de chi­cas" CAR­LOT­TA CO­SIALS

sanc­ta­sanc­tó­rum del pop in­glés, el lí­der de Pri­mal Scream, Bobby Gi­lles­pie, les de­di­ca un «son in­clu­so me­jo­res cuan­do to­das las gui­ta­rras sue­nan des­afi­na­das».

Aje­nas a los ha­ters que les llue­ven en Es­pa­ña, se em­bar­can en una gi­ra mun­dial en fur­go­ne­ta. «No so­mos tan gran­des co­mo pa­ra te­ner bus pro­pio, pe­ro nos lla­man de to­do el mun­do. Y ban­das que lle­va­ban 10 años en es­to no asi­mi­lan que lle­guen cua­tro chi­cas y to­quen en Lon­dres o en el Fes­ti­val de Glas­ton­bury con so­lo un dis­co en la ca­lle, Lea­ve Me Alo­ne (2016)». El di­ne­ro: «Lo pu­sie­ron la agen­cia de ma­na­ge­ment y nues­tros pa­dres. Gi­ra­mos sin lu­jos, va­mos a hos­ta­les, com­par­ti­mos la du­cha. Y he­mos es­ta­do dos años cu­rran­do y sin ver un du­ro. Pe­ro hay que arries­gar­se». La pri­ma­ve­ra pa­sa­da lan­za­ron su se­gun­do tra­ba­jo, I don’t run (2018). La crí­ti­ca pa­tria se re­la­jó. «A es­tas al­tu­ras ya sa­be­mos que es­te país no es fun­da­men­tal pa­ra las ven­tas. Nues­tro mer­ca­do es­tá fue­ra».

Via­jan li­ge­ras de equi­pa­je y abier­tas a la im­pro­vi­sa­ción. Co­mo lo de ba­ñar­se en la pis­ci­na de la man­sión de Se­le­na Gomez. «Sur­gió co­mo la tí­pi­ca his­to­ria de un ami­go que co­no­ce a un ami­go que in­vi­ta a Se­le­na a tu con­cier­to. Y lue­go ella pro­po­ne ter­mi­nar la fies­ta en su ca­sa». No es que la mú­si­ca de la ex­ni­ña Dis­ney sue­ne en su se­lec­ción fa­vo­ri­ta, pe­ro ni se les pa­sa por la ca­be­za cri­ti­car­la por ser un pro­duc­to pop. «Nos han juz­ga­do tan­to por es­tar don­de es­ta­mos, y más sien­do mu­je­res, que so­mos cons­cien­tes de lo mu­cho que ha te­ni­do que co­mer­se Se­le­na pa­ra es­tar don­de es­tá. In­clu­so pa­ra con­ci­liar el sue­ño, sin dar­le vuel­tas a to­dos los obs­tácu­los que hay en es­ta pro­fe­sión, que son mu­chos. Tam­po­co lo ha­ría­mos con Tay­lor Swift, que en­car­na mu­cho de lo que no­so­tras no so­mos. So­lo po­de­mos ad­mi­rar­las, sin pre­jui­cios».

Aca­ban de abrir la ca­ja de Pandora. El rock and roll, tan li­ber­ta­rio, es tan ma­chis­ta o más que otros sec­to­res la­bo­ra­les. «Es bas­tan­te jo­di­do. Ha­bla­mos de ban­das, de dis­co­grá­fi­cas, de la pren­sa. Es un mun­do de hom­bres con mo­dos de ac­tuar mas­cu­li­nos y an­ti­cua­dos». ¿Son Hinds una ban­da fe­mi­nis­ta? «¡Por su­pues­to! No com­po­ne­mos le­tras reivin­di­ca­ti­vas, pre­fe­ri­mos can­tar so­bre otros te­mas. Pe­ro ya so­lo por es­tar aquí, por ser mu­je­res, tra­ba­ja­do­ras y en la mú­si­ca, no te que­da la op­ción de no ser fe­mi­nis­ta. Te va a to­car pe­lear pa­ra que te tra­ten con igual­dad. Si no lu­chas, te co­men».

La lista de reivin­di­ca­cio­nes arran­ca en el ca­ché. «En salas pe­que­ñas no su­ce­de por­que vas a co­mi­sión en la ven­ta de en­tra­das, sin em­bar­go en los fes­ti­va­les se­gu­ro que nos to­rean. Una ban­da de chi­cos que ac­túa a la mis­ma ho­ra pe­ro otro día, o el mis­mo día, en un es­ce­na­rio más pe­que­ño, co­bra más que no­so­tras. Por no ha­blar de que co­mo so­mos chi­cas los or­ga­ni­za­do­res tien­den a co­lo­car­nos pa­ra abrir el fes­ti­val. ¡Có­mo van a po­ner a cua­tro chi­cas por la no­che, que es cuan­do to­can las ban­das se­rias!». Ade de­nun­cia otra si­tua­ción que de­mues­tra que aún es­ta­mos a años luz de ver na­tu­ral a una mujer en el rock. «Mu­chas ve­ces en los ca­me­ri­nos hay mu­cho rui­do. O no hay co­ber­tu­ra. Sa­les a la ca­lle a ha­blar por te­lé­fono. Al in­ten­tar vol­ver a en­trar, el por­te­ro no te de­ja. Y se des­co­jo­na en tu ca­ra de que seas del gru­po que va a to­car. En­ton­ces tie­nes que lla­mar a los de den­tro pa­ra que sal­gan a por ti. No creo que lo ha­gan a mal, pe­ro eso con los tíos no ocu­rre».

¿Cam­bian los com­por­ta­mien­tos en la re­la­ción con otros mú­si­cos? Car­lot­ta se po­ne se­ria y vuel­ve a to­mar la pa­la­bra. «Mu­chos no sa­ben có­mo ac­tuar cuan­do hay chi­cas en el backs­ta­ge y no se tra­ta de fans. Tú es­tás sim­pá­ti­ca y com­par­tes ri­sas con otro músico. Lo tra­tas co­mo a un co­le­ga. Él pien­sa: a) Que es­tás li­gan­do, b) ‘Os­tras, es­tá bue­na. Me la voy a li­gar’, c) ‘No te acer­ques, que ten­go no­via’. Y te ca­brea. Si fué­ra­mos chi­cos, en cues­tión de se­gun­dos to­do se­ría ‘Hey, brot­her, no­so­tros, uña y car­ne’. So­mos un gre­mio en el que te en­tien­des en se­gui­da. Pue­des pa­sar­te to­da la no­che com­par­tien­do cer­ve­zas y anéc­do­tas y no pa­sa na­da. Pe­ro to­do cam­bia si so­mos chi­cas. Ahí se le­van­ta una ba­rre­ra enor­me, no sé si por fal­ta de educación o por­que nun­ca han te­ni­do una ami­ga y no sa­ben re­la­cio­nar­se con mu­je­res».

En­ton­ces, ¿hay o no aco­so? «No nos ha pa­sa­do por­que siem­pre va­mos jun­tas. Pa­ra acosar a cua­tro tías a la vez tie­nes que ser muy idio­ta. Pe­ro sí hay fans que in­ten­tan pro­pa­sar­se. To­ca ha­cer­se el sel­fie y pa­rar­le los pies en se­co. Sin me­dias tin­tas».

Una vez más, no es lo mis­mo ser va­rón que mujer. «El mi­to de la es­tre­lla de rock ha­cién­do­se­lo con va­rias grou­pies a la vez no pue­des tras­la­dar­lo al ca­so de una mujer. Ya se­ría ma­la suer­te to­par­se con un gru­po de tías psi­có­pa­tas que pu­sie­ran en pe­li­gro la vi­da del músico. Pe­ro sien­do chi­ca, es otra co­sa. De en­tra­da pue­den pa­re­cer su­per­ma­jos y, a me­di­da que avanza la no­che, se em­bru­te­cen». La sombra de La Ma­na­da es alar­ga­da. Pre­fie­ren ser pre­ca­vi­das. «Igual que con lo de em­bo­rra­char­te has­ta per­der el con­trol. Des­de ni­ñas te en­se­ñan que una mujer no pue­de que­dar­se in­cons­cien­te por la no­che en la ca­lle. Co­no­ce­mos a al­gu­nos mú­si­cos cu­yos com­pa­ñe­ros de ban­da les es­cri­ben en el bra­zo la di­rec­ción del ho­tel. O un te­lé­fono. A no­so­tras ja­más nos pa­sa. Nun­ca va­mos a per­der el con­tac­to con otra de las chi­cas. Nos pro­te­ge­mos en­tre no­so­tras. En­tre mu­je­res es así»

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