La Ram­bla, un año des­pués

No so­lo es cues­tión de no creer en dios. Hay que sa­ber bien en qué dios no se cree. Lo de­más es pe­re­za e hi­po­cre­sía.

El País Semanal - - SUMARIO - MAR­TÍN CA­PA­RRÓS

EL ME­DIO­DÍA no te­nía pie­dad. El ter­mó­me­tro ha­bía pa­sa­do los cua­ren­ta, el sol se re­go­dea­ba, el ai­re re­bo­sa­ba de fue­gui­tos. El mue­cín lla­ma­ba a la ple­ga­ria —gri­tos a un dios en to­dos los es­pa­cios— y yo es­cu­cha­ba co­mo si. En la mez­qui­ta de Al Mua­yad, cin­co o seis si­glos, in­men­sa, ca­si va­cía en un ba­rrio muy vie­jo de El Cai­ro, los fie­les lle­ga­ban apu­ra­dos, su­do­ro­sos, se la­va­ban los pies y las ca­be­zas, se pos­tra­ban an­te un dios —y yo mi­ra­ba. En­ton­ces me pre­gun­té si mi con­duc­ta —mi dis­tan­cia, mi mu­gre, mi ma­li­cia— me­re­ce­ría la có­le­ra de un dios, y en­ton­ces tu­ve esa re­ve­la­ción me­nor: el ateís­mo es una so­lu­ción de fa­ci­li­dad, pu­ra pe­re­za. Cual­quier ateo di­ce “no creo en dios”, co­mo si eso bas­ta­ra. La li­ber­tad de cul­to, co­mo de­ci­mos ejer­cer­la, es in­com­ple­ta, pe­re­zo­sa: se eli­ge, se su­po­ne, en qué dios uno cree; no se eli­ge en qué dios no. Tie­ne ló­gi­ca: hu­bo tiem­pos en que ca­da cual na­cía, vi­vía y mo­ría den­tro de una mis­ma tra­di­ción, y por lo tan­to su de­ci­sión de no creer, si la to­ma­ba, se re­fe­ría cla­ra­men­te a un so­lo dios, el ver­da­de­ro de su ba­rrio. La mix­tu­ra, la glo­ba­li­za­ción aca­ba­ron con esa si­ne­cu­ra. No al­can­za con no creer en dios; hay que ele­gir —de­be­ría­mos te­ner la chan­ce de ele­gir— en qué dios no cree­mos. Lo más fá­cil es de­cir que en nin­guno, pe­ro es hi­pó­cri­ta: creo que cual­quier ateo no cree en uno de los dio­ses más que en los de­más. La elec­ción no es fá­cil: hay ex­ce­so de ofer­ta, dio­ses pa­ra ti­rar pa­ra arri­ba. Aun­que allí tam­bién hay, fal­ta­ba más, un or­den. No va­le, por su­pues­to, no creer en dio­ses de co­ti­llón co­mo Zeus o Juno o Jú­pi­ter o Hera, Quet­zal­coatl o la Pa­cha­ma­ma o Amón Ra, que ya di­je­ron que son pu­ro cuen­to. Y es­tá cla­ro que, por pro­pia de­ci­sión, Bu­da no ca­li­fi­ca co­mo dios y que los in­dios son tan­tos y tan pe­lea­dos que ni se creen en­tre ellos. Tam­po­co va­le Mao Tsé Tung —y el ca­so de Ma­ra­do­na se dis­cu­te. Vi­vi­mos, mal que nos pe­se, en la ór­bi­ta de los tres gran­des dio­ses mo­no­pla­za; pa­ra no­so­tros, no creer es no creer en ellos. Así que, por su­pues­to, po­dría no creer en el dios de los ju­díos; al fin y al ca­bo, la mi­tad de mis an­ces­tros lo si­guie­ron. Tie­ne la ven­ta­ja de que es fá­cil y la des­ven­ta­ja de que es fá­cil: no pro­me­te gran­des cas­ti­gos a los que no lo si­gan, pe­ro tam­bién es cier­to que pa­ra un ju­dío creer en su dios es pe­lear­se con él, así que no creer­le es ca­si un tru­co en la pe­lea. O po­dría no creer en el dios de los mu­sul­ma­nes; es, sin du­da, aho­ra mis­mo, el más pu­jan­te, el más pro­me­te­dor, y sus pro­me­sas de cas­ti­gos pa­ra in­cré­du­los no siem­pre son en la otra vi­da. Así que los que vi­ven de ame­na­zar­nos apro­ve­chan: lle­van años di­cien­do que es la peor ame­na­za, el re­tró­gra­do, el fun­da­men­ta­lis­ta. O sea que, a su la­do, el dios de los cris­tia­nos se­ría un abue­lo bueno. Pe­ro al dios de los cris­tia­nos se le cae esa ca­re­ta to­do el tiem­po. O qui­zá no le gus­ta lle­var­la, po­bre dia­blo. En cual­quier ca­so ha­ce to­do lo que pue­de —di­cen que es to­do­po­de­ro­so— pa­ra mos­trar que si­gue sien­do el rey. Pa­ra eso con­tra­ata­ca con sus pre­la­dos, sus po­lí­ti­cos, pu­bli­ci­ta­rios va­rios. Y lo con­si­gue: en es­tos úl­ti­mos días ar­gen­ti­nos, por ejem­plo, la cam­pa­ña des­pia­da­da de cu­ras y más cu­ras y un pa­pa con­tra la le­ga­li­za­ción del abor­to —que per­mi­ti­ría que las mu­je­res po­bres que no pue­den pa­gar uno clan­des­tino ten­gan los mis­mos de­re­chos que las ri­cas que sí— ter­mi­nó de con­ven­cer­me de que el dios en que no de­bo creer es el su­yo. Lo sien­to por Alá, Jeho­vá y com­pa­ñía li­mi­ta­da: yo eli­jo no creer en ese dios que no tie­ne pie­dad, que no tie­ne ver­güen­za, que, por no te­ner, no tie­ne ni si­quie­ra un nom­bre pro­pio —por­que se cree que los tie­ne to­dos.

El dios de los cris­tia­nos ha­ce to­do lo que pue­de pa­ra mos­trar que si­gue sien­do el rey.

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