Portada.

La mo­de­lo y pre­sen­ta­do­ra Nie­ves Álvarez nos re­ve­la el se­cre­to pa­ra se­guir triun­fan­do en el mun­do de la mo­da.

El País - Shopping & Style - - Shopping & Style - POR RO­SA AL­VA­RES FOTO HERB WALD­MAN

sin du­da, es nues­tra mo­de­lo más in­ter­na­cio­nal, la ele­gi­da por los gran­des de la mo­da pa­ra mos­trar sus crea­cio­nes en la pa­sa­re­la; la re­tra­ta­da por los me­jo­res fo­tó­gra­fos del pla­ne­ta, la fa­vo­ri­ta del ge­nial Saint Lau­rent, con quien tra­ba­jó es­tre­cha­men­te has­ta que el mo­dis­to se re­ti­ró… Sin em­bar­go, aho­ra que es­toy fren­te a Nie­ves Álvarez (Ma­drid, 1974), re­co­noz­co en ella a la ado­les­cen­te que ayu­da­ba a sus pa­dres en la tien­da de ul­tra­ma­ri­nos del ma­dri­le­ño ba­rrio de Sa­la­man­ca don­de com­pra­ba mi fa­mi­lia. El tiem­po y su pro­fe­sión no le han aña­di­do ni un pun­to de di­vis­mo. 25 años de ca­rre­ra en los que ha pues­to su es­pec­ta­cu­lar be­lle­za y ele­gan­cia al ser­vi­cio de di­se­ña­do­res y fir­mas ex­clu­si­vas. Con mu­cho tra­ba­jo y res­pon­sa­bi­li­dad, sin ol­vi­dar a aque­lla chi­ca que, con 18 años, ga­nó el cer­ta­men The Look of the Year en Es­pa­ña. Aho­ra, tras­pa­sa­da la ba­rre­ra de los 40, la mo­de­lo pre­sen­ta un nue­vo pro­yec­to: ser em­ba­ja­do­ra de La Fe­nes­tra, el e-com­mer­ce que da a co­no­cer a di­se­ña­do­res emer­gen­tes de la es­ce­na es­pa­ño­la e in­ter­na­cio­nal.

You are uni­que (“eres úni­ca”) es el le­ma de La Fe­nes­tra, que se di­ri­ge a una mu­jer se­gu­ra de sí mis­ma, in­de­pen­dien­te, con per­so­na­li­dad. ¡Esa eres tú, Nie­ves!

To­das las mu­je­res so­mos úni­cas, to­das te­ne­mos al­go be­llo, y en La Fe­nes­tra en­cuen­tras un es­ti­lo acor­de a tu for­ma de ser. No im­por­ta que sea­mos al­tas, ba­jas, ten­ga­mos una ta­lla u otra. Esa di­ver­si­dad es lo más bo­ni­to del mun­do.

¿Qué te hi­zo acep­tar el pa­pel de em­ba­ja­do­ra de es­te e-com­mer­ce?

So­bre to­do, el apo­yo que da a los nue­vos ta­len­tos de la mo­da, a es­ta generación de jó­ve­nes di­se­ña­do­res a los que les cues­ta ac­ce­der a de­ter­mi­na­dos pun­tos de ven­ta. Creo que fue va­lien­te por par­te de Inés La­rrea, su crea­do­ra, ha­cer una web don­de com­prar pren­das de nom­bres des­co­no­ci­dos, pe­ro don­de el pa­tro­na­je, el cor­te y los te­ji­dos son in­creí­bles.

Tú siem­pre has apo­ya­do la mo­da es­pa­ño­la. ¿Có­mo la ves aho­ra?

Siem­pre he si­do de­fen­so­ra de nues­tra mo­da por­que soy es­pa­ño­la y por­que creo ro­tun­da­men­te en el ta­len­to es­pa­ñol. Ade­más, ten­go que dar las gra­cias a to­das las re­vis­tas y di­se­ña­do­res es­pa­ño­les que me die­ron mi pri­me­ra opor­tu­ni­dad. He cre­ci­do con gen­te que es­ta­ba em­pe­zan­do y que aho­ra es­tá en pri­me­ra lí­nea. Aun­que tam­bién me gus­ta fi­jar­me en esos nue­vos ta­len­tos que es­tán tras­pa­san­do fron­te­ras y que tie­nen un po­ten­cial in­men­so. Ver có­mo lo ha­cen de bien Juan Vidal, Moisés Nie­to, Juan Ave­lla­ne­da… nom­bres que van a dar que ha­blar. Por­que es­tán pre­pa­ra­dos, sa­ben mu­cho de mo­da, tie­nen una men­ta­li­dad nue­va y una vi­sión dis­tin­ta de aque­llos a quie­nes vis­ten. Yo aprendo de ellos y, de al­gún mo­do, me ani­man a arries­gar tam­bién con ellos. Nun­ca hay que en­ca­si­llar­se.

Has tra­ba­ja­do con au­tén­ti­cos ico­nos de la mo­da, co­mo Un­ga­ro, La­croix, Ar­ma­ni… Pe­ro pa­ra ti es es­pe­cial Yves Saint Lau­rent, con quien te­nías una re­la­ción muy es­tre­cha.

Es cier­to. En­trar en su ate­lier, en la Ave­nue Mar­ceau nº 5, era en­trar en la “Re­li­gión Saint Lau­rent”. El tiem­po se de­te­nía y ac­ce­días a su par­ti­cu­lar mun­do, a su cul­tu­ra y a la ve­ne­ra­ción ab­so­lu­ta ha­cia él por par­te de cuan­tos tra­ba­ja­ban allí. Lo no­ta­bas has­ta en la for­ma de ves­tir de quie­nes lo ro­dea­ban, ¡to­do el mun­do iba im­pe­ca­ble! Tra­ta­ban a Yves con una ad­mi­ra­ción y un res­pe­to que yo no ha­bía per­ci­bi­do en otras fir­mas. Lo que se ha­cía en la mai­son Saint Lau­rent, yo no lo veía en nin­gu­na otra ca­sa de cos­tu­ra.

¿Qué hue­lla han de­ja­do en ti to­dos esos gran­des di­se­ña­do­res con los que has tra­ba­ja­do?

He apren­di­do su pa­sión por la mo­da, por su au­tén­ti­ca vo­ca­ción. Tam­bién que se han con­ver­ti­do en ico­nos por­que son per­fec­cio­nis­tas al má­xi­mo: si so­bra o fal­ta un mi­lí­me­tro, hay que co­rre­gir­lo; no va­le de­cir que eso no se ve. Detrás de los gran­des, hay mu­chas ho­ras de tra­ba­jo, na­die les ha re­ga­la­do na­da. Y sa­ben muy bien lo que quie­ren. Ade­más, cuan­to más ta­len­to tie­nen, más hu­mil­des son. A ve­ces, re­sul­tan más di­fí­ci­les las per­so­nas que les ro­dean que ellos mis­mos, que sue­len ser de una sen­ci­llez ma­ra­vi­llo­sa.

nie­ves es tam­bién una mu­jer per­fec­cio­nis­ta y muy res­pon­sa­ble, con­cep­tos que apren­dió de ni­ña y que le han ser­vi­do pa­ra ma­ne­jar­se en un mun­do don­de, a ve­ces, re­sul­ta­ría fá­cil sen­tir­se una es­tre­lla.

El per­fec­cio­nis­mo es mar­ca de la ca­sa pa­ra Nie­ves Álvarez...

Más que per­fec­cio­nis­ta, soy muy pe­sa­da (ri­sas). Cre­cí con los va­lo­res del es­fuer­zo que cues­tan las co­sas, gra­cias al ejem­plo de mis pa­dres, que tra­ba­ja­ron enor­me­men­te pa­ra dar­nos to­do y pa­ra edu­car­nos. Creo que la suer­te exis­te, pe­ro tú tienes que tra­ba­jar­la. Sé que hoy ten­go es­to, pe­ro ma­ña­na pue­de des­apa­re­cer, y eso me ha­ce ser per­fec­cio­nis­ta. Creo en la cons­tan­cia, tam­bién en la ne­ce­si­dad de re­ci­clar­me, por­que evo­lu­cio­nar es fun­da­men­tal. No so­por­to la fal­ta de pro­fe­sio­na­li­dad, ni la fal­ta de pun­tua­li­dad. ¡Aun­que no me creo más que na­die! No lo pue­do evi­tar, soy per­fec­cio­nis­ta en to­das las fa­ce­tas de mi vi­da, aun­que in­ten­to re­la­jar­me…

Bueno, en es­tos 25 años de ca­rre­ra, ese ca­rác­ter tu­yo te ha da­do muy bue­nos re­sul­ta­dos.

Al fi­nal no me ha ido tan mal, ¿no? Una de las co­sas que va­lo­ran en mí es que soy se­ria, creí­ble. Yo quie­ro mu­cho a la gen­te de la mo­da, pe­ro ten­go que re­co­no­cer que tam­bién sien­to ese ca­ri­ño de vuel­ta.

Tu pri­mer agen­te, Cy­ril Bru­le, te di­jo que los tre­nes pa­san, pe­ro eres tú quien de­ci­de si subir o no. Tú eres de las que siem­pre pre­fie­ren subir…

Esas pa­la­bras me lle­ga­ron al al­ma. Tam­bién re­cuer­do las de mi ami­ga Yo­lan­da Gil, que me di­jo: “A par­tir de los 22, no vas a vol­ver

“ME GUS­TA APO­YAR A LOS JÓ­VE­NES DI­SE­ÑA­DO­RES: ES­TÁN PRE­PA­RA­DOS, TIE­NEN UNA MEN­TA­LI­DAD NUE­VA Y, ADE­MÁS, APRENDO DE ELLOS”

“YO NO SOY UN PER­SO­NA­JE FRÍVOLO; POR ESO, ME CUES­TA EN­TEN­DER QUE DESPIERTE IN­TE­RÉS MÁS ALLÁ DE MI TRA­BA­JO”

a tra­ba­jar”. Ca­da año que pa­sa, le di­go: “¡Si­go aquí!” (ri­sas). Aque­lla afir­ma­ción me hi­zo pen­sar que es­to es muy efí­me­ro y que en cual­quier mo­men­to se pue­de aca­bar. Y me lo to­mé muy en se­rio. Lle­gué a tra­ba­jar a Pa­rís en pleno boom de las su­per­mo­de­los, un mo­men­to en el que se lle­va­ba el ti­po de be­lle­za que yo re­pre­sen­ta­ba. Y, de pron­to, to­do cam­bió. Re­cuer­do que Cy­ril me me­tió en su des­pa­cho y me di­jo: “Nie­ves, es­to es así; si te quie­res subir al tren, per­fec­to. Por­que a lo me­jor nun­ca más vuelve a pa­sar por tu es­ta­ción”.

Y ese con­se­jo lo has apli­ca­do a otras fa­ce­tas de tu vi­da.

Sí, por ejem­plo, cuan­do me ofre­cie­ron pre­sen­tar Flash Mo­da en Te­le­vi­sión Es­pa­ño­la, pen­sé có­mo iba a ha­cer­lo… ¡Era co­mo ti­rar­me por un acan­ti­la­do! Al fi­nal, pen­sé que el tren ha­bía pa­ra­do en mi es­ta­ción y que era ho­ra de se­guir apren­dien­do. Y así lo hi­ce. No que­ría ser la mo­de­lo que pre­sen­ta, así que me pre­pa­ré y to­mé cla­ses de dic­ción con una pro­fe­so­ra. En la vi­da hay que arries­gar, siem­pre con ca­be­za, por­que si no lo ha­ces te que­das atrás.

Eres una mu­jer con mu­cho co­ra­je.

Es que si no tienes va­lor hoy en día, te co­men por to­das par­tes (ri­sas). Siem­pre he se­gui­do mi ca­mino. Ten­go gran­dí­si­mos ami­gos en es­te mun­do, pe­ro nun­ca me fi­jo en las de­más mo­de­los por­que mi com­pe­ten­cia soy yo mis­ma, no ellas. No vi­vo la mo­da co­mo una com­pe­ten­cia con­tra las de­más, no sien­to que mis com­pa­ñe­ras sean mis enemi­gas o que me va­yan a qui­tar un tra­ba­jo. No in­ten­to pi­sar a na­die, so­lo pre­ten­do ser mi me­jor yo.

Y en to­do es­te tiem­po, ¿has po­di­do di­ri­gir tu ca­rre­ra?

Des­de el mi­nu­to uno, de lo con­tra­rio no es­ta­ría aquí. Tus agen­tes te lla­man pa­ra pro­po­ner­te un tra­ba­jo; sin em­bar­go, aun­que les pi­das opi­nión, la úl­ti­ma pa­la­bra la tienes tú. El es­te­reo­ti­po de que a las mo­de­los nos obli­gan a ha­cer al­go es ab­so­lu­ta­men­te fal­so.

con sa­bi­du­ría, ha tra­za­do su pro­pia ca­rre­ra, y ha evi­ta­do siem­pre ser ob­je­ti­vo de la pren­sa por al­go que no fue­ra su tra­ba­jo. En el plano más per­so­nal, Nie­ves se ca­só en 2002 con el fo­tó­gra­fo Mar­co Se­ve­ri­ni, con quien sa­lía des­de ha­cía mu­cho tiem­po. Con él tu­vo a sus tres hi­jos: Adriano (12 años) y los me­lli­zos Bian­ca y Bran­do (10 años). Cuan­do la pa­re­ja se se­pa­ró, en 2015, tras 20 años de con­vi­ven­cia, ella se con­vir­tió en pro­ta­go­nis­ta in­vo­lun­ta­ria de la lla­ma­da pren­sa ro­sa.

Una mo­de­lo es­tá ex­pues­ta a la mi­ra­da aje­na por su tra­ba­jo, pe­ro no más allá. ¿Có­mo lle­vas esos mo­men­tos en los que se tras­pa­san los lí­mi­tes de tu pri­va­ci­dad?

Apren­dien­do que for­ma par­te del bu­si­ness: inevi­ta­ble que, cuan­do lle­gas a ser un per­so­na­je co­no­ci­do y la gen­te sa­be quién eres, te mi­ren. A ve­ces, me gus­ta­ría ser anó­ni­ma y pa­sear sin que na­die me mi­ra­se o sin que me hi­cie­ran fotos a es­con­di­das. Aun­que ten­go la suer­te de que siem­pre son su­ma­men­te res­pe- tuo­sos con­mi­go, des­de los más ma­yo­res a los más pe­que­ños. El otro día, una ni­ña me di­jo por la ca­lle: “¿Tú eres la prin­ce­sa de la te­le?”. Me hi­zo mu­cha gracia y mu­cha ilu­sión… Sé que eso es con­se­cuen­cia de un éxi­to; mien­tras eso no se trans­for­me en pér­di­da de res­pe­to, lo lle­vo bien. Que al­gu­na vez la pren­sa me si­ga por la ca­lle lo lle­vo peor, so­bre to­do, si voy con mis hi­jos. Yo no soy un per­so­na­je frívolo, soy co­no­ci­da so­lo por mi tra­ba­jo, y me cues­ta en­ten­der que despierte al­gún ti­po de in­te­rés más allá de có­mo me vis­to o có­mo me cui­do…

¿Los jui­cios aje­nos se lle­van me­jor o peor al cum­plir años?

Las ex­pe­rien­cias te dan ma­du­rez, no la edad. He cum­pli­do 43 años y es evi­den­te que ten­go mis arru­gui­tas. ¡Si no las tu­vie­ra, me preo­cu­pa­ría! Me cui­do, pe­ro sin ob­se­sio­nar­me por el fí­si­co. Y ten­dré que en­ve­je­cer, y la gen­te me mi­ra­rá… Qui­zá an­tes lle­va­ba peor el qué di­rán, aho­ra me da igual. No pue­do gus­tar a to­do el mun­do, no pue­do pre­ten­der­lo. Me vis­to pa­ra mí, y si a la gen­te le gus­ta, pues me ha­ce ilu­sión. Pe­ro no pue­des es­tar pen­dien­te de su reac­ción por­que si no, no vi­ves. Y yo, de­ci­di­da­men­te, quie­ro vi­vir.

No te voy a pre­gun­tar có­mo lo­gras con­ci­liar y lle­gar a to­do te­nien­do tres hi­jos, pe­ro sí qué ha su­pues­to pa­ra ti la ma­ter­ni­dad.

Es el me­jor re­ga­lo que pue­de te­ner una mu­jer que quie­ra ser ma­dre, cla­ro; te da las má­xi­mas sa­tis­fac­cio­nes, te cam­bia la vi­da por com­ple­to. Des­de que na­cie­ron mis hi­jos, na­da de lo que hago es­tá al mar­gen de ellos. Cuan­do to­mo cual­quier de­ci­sión, pien­so muy de­te­ni­da­men­te có­mo les va a afec­tar. Es una preo­cu­pa­ción cons­tan­te: ves las no­ti­cias y pien­sas en qué mun­do van a vi­vir… Pe­ro mis tres hi­jos me dan las má­xi­mas ale­grías. Ya pue­do vol­ver a ca­sa can­sa­dí­si­ma, que su re­ci­bi­mien­to me qui­ta­rá cual­quier pro­ble­ma.

Ellos tu­vie­ron que ver en que te plan­tea­ras ser di­se­ña­do­ra de tu fir­ma de ropa in­fan­til N+V, jun­to a tus so­cias (las her­ma­nas Villalobos): pren­das pa­ra ni­ños con mu­cha per­so­na­li­dad…

Tra­ba­jo mu­cho, pe­ro he apren­di­do mu­cho tam­bién. Em­pe­za­mos en 2011, en ple­na cri­sis, pe­ro he­mos con­se­gui­do que sea un pro­yec­to só­li­do y que la gen­te nos iden­ti­fi­que. ¡Has­ta he­mos abierto cua­tro tien­das en Mé­xi­co! Es­ta­mos muy con­ten­tas por­que va­mos cre­cien­do po­qui­to a po­co. Lo hago con mu­cha ilu­sión y ca­da ma­ña­na voy al ta­ller lle­na de alegría.

Nie­ves, ¿y qué que­da de aque­lla chi­ca que ga­nó el con­cur­so The Look of the Year con so­lo 18 años?

Te po­dría de­cir que no que­da na­da, pe­ro la ver­dad es que si­go sien­do igual de ale­gre ¡y muy pa­ya­sa! Es­to no ha tras­cen­di­do aún, pe­ro el me­jor chis­te si­go sien­do yo, por­que me río de mí mis­ma cons­tan­te­men­te. Con los años, he ga­na­do ma­du­rez y se­gu­ri­dad, pe­ro to­da­vía creo que to­do el mun­do es bueno… aun­que a ve­ces me lle­ve al­gu­na de­cep­ción. Tam­po­co he per­di­do la ilu­sión por mi tra­ba­jo, que me si­gue apa­sio­nan­do co­mo el pri­mer día.

Es­ti­lis­mo: Cris­ti­na Pérez Her­nan­do, pa­ra La Fe­nes­tra. Ma­qui­lla­je y pe­lu­que­ría: Na­ta­lia Bel­da (Ta­lents), pa­ra Cha­nel y Red­ken.

Cor­tes y te­ji­dos im­pe­ca­bles: los di­se­ña­do­res emer­gen­tes de la­fe­nes­tra.com pi­san fuer­te. Ca­mi­sa con la­zos la­te­ra­les y pan­ta­lón con pin­zas, am­bos de Eri­ka Ca­va­lli­ni; za­pa­tos, de Adol­fo Do­mín­guez. Los pen­dien­tes y la pulsera son de &Ot­her Sto­ries.

A ve­ces, la ele­gan­cia es­tá en los pe­que­ños de­ta­lles. Co­mo los que ha­cen úni­co a es­te ves­ti­do ca­mi­se­ro con aber­tu­ras en las man­gas, de Pal­mer Har­ding pa­ra la­fe­nes­tra.com. Ac­tual­men­te hay una pop up sto­re de La Fe­nes­tra abier­ta en San Se­bas­tián (Ca­lle Et­xai­de, 5). EL 2 de no­viem­bre se abre otra en Ma­drid (Ca­lle Or­te­ga y Gas­set, 8).

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.