Por­ta­da.

El País - Shopping & Style - - News - POR RO­SA AL­VA­RES FO­TOS GIANFRANCO TRIPODO ES­TI­LIS­MO BLAN­CA PUE­BLA MA­QUI­LLA­JE Y PE­LU­QUE­RÍA MAU­RO SACCOCCHINI

A la ac­triz Bár­ba­ra Len­nie le es­pe­ra un 2018 re­ple­to de tra­ba­jo. Aun­que siem­pre ha­brá tiem­po que com­par­tir con quie­nes quie­re.

La cla­se y el ta­len­to son dos co­sas que no se pue­den ocul­tar. Y Bár­ba­ra Len­nie tie­ne mu­cho de am­bos. Aca­ba de es­tre­nar Una es­pe­cie de fa­mi­lia y 2018 le trae­rá tres nue­vas pe­lí­cu­las en los ci­nes y una obra de tea­tro. Mien­tras tan­to, se pre­pa­ra pa­ra una Na­vi­dad en fa­mi­lia, en la que dis­fru­ta­rá co­mo una cría sin ha­cer na­da. ¡Se lo ha ga­na­do!

Pa­ra po­der con­tar la vi­da hay que es­cu­char­la”, di­jo en una en­tre­vis­ta re­cien­te Bár­ba­ra Len­nie. El año que aca­ba ha es­ta­do lleno de his­to­rias que ha con­ta­do en pe­lí­cu­las co­mo Una

es­pe­cie de fa­mi­lia (que aca­ba de es­tre­nar­se), La en­fer­me­dad del do­min­go (es­treno, 23 fe­bre­ro), Pe­tra y To­dos lo sa­ben (que lle­ga­rán a los ci­nes en pri­ma­ve­ra). Pe­ro, 2017 ha es­ta­do car­ga­do, so­bre to­do, de ex­pe­rien­cias vi­ta­les sen­ci­llas a las que la ac­triz ha pres­ta­do aten­ción ple­na. Co­mo dis­fru­tar in­ten­sa­men­te de los su­yos; re­unir­se los do­min­gos con otras mu­je­res pa­ra es­ta­ble­cer la­zos a tra­vés de la con­ver­sa­ción, o re­des­cu­brir a la cría que fue com­par­tien­do me­rien­das y jue­gos con dos ni­ñas –hi­jas de su pa­re­ja, Die­go Pos­ti­go– que lo­gran an­clar­la a la realidad.

Bár­ba­ra lle­ga a nues­tra se­sión de por­ta­da gua­pí­si­ma, sin na­da de ma­qui­lla­je, con vaqueros, de­por­ti­vas y un go­rro ro­jo de la­na que pro­te­ge sus oí­dos, que le es­tán ha­cien­do pa­sar un mal día. Po­dría ha­ber can­ce­la­do la pro­duc­ción, pe­ro pre­fie­re man­te­ner su com­pro­mi­so con no­so­tros. Pa­sa­ría des­aper­ci­bi­da, co­mo tan­tas mu­je­res de 33 años que ve­mos por la ca­lle; sin em­bar­go, cuan­do co­mien­za nues­tro shoo­ting, co­bra pro­ta­go­nis­mo ese al­ter ego su­yo que pisa la alfombra roja: pu­ra so­fis­ti­ca­ción. Y, en am­bas fa­ce­tas, mu­chí­si­mo ta­len­to.

Siem­pre que se ha­bla de ti, sa­le a re­lu­cir tu ele­gan­cia, tu be­lle­za. De he­cho, en el pa­sa­do Fes­ti­val de Ci­ne de San Se­bas­tián, fuis­te re­co­no­ci­da co­mo “el ros­tro más gla­mou­ro­so del ci­ne es­pa­ñol. ¿Có­mo lle­vas ese ti­po de eti­que­tas?

Las eti­que­tas siem­pre tienen al­go de en­cor­se­ta­mien­to, pe­ro es­tas me pa­re­cen muy ha­la­ga­do­ras. Son ad­je­ti­vos que me pa­re­cen es­tu­pen­dos y que oja­lá res­pon­dan a la realidad. Aun­que po­dría de­cir de mí jus­to lo con­tra­rio, que tam­bién es­tá im­plí­ci­to, de­pen­dien­do del mo­men­to.

Si tu­vie­ras que des­cri­bir­te, ¿có­mo lo ha­rías? Su­pon­go que ha­ces un cor­te en­tre la Bár­ba­ra Len­nie de la alfombra roja y la de an­dar por ca­sa…

En mi ca­sa me gus­ta vi­vir con mu­cho hu­mor; me gus­ta la gen­te ho­nes­ta, e in­ten­to ser­lo. Me gus­ta ser cer­ca­na, com­pren­si­va. Es­toy en un mo­men­to en el que ne­ce­si­to mu­cho vi­vir en co­mu­ni­dad, en la luz. Creo en to­do aque­llo que ten­ga que ver con com­par­tir con la gen­te que quie­res y con quie­nes es­tán a tu al­re­de­dor, en to­do lo que ha­ce la vi­da más fá­cil. Y lue­go soy neu­ró­ti­ca, ob­se­si­va, sú­per res­pon­sa­ble, cam­bian­te… Pue­do te­ner un día muy bueno y al si­guien­te, te­ner un ba­jón de áni­mo tre­men­do. Aun­que eso tie­ne mu­cho que ver con el can­san­cio, con to­do lo que se va acu­mu­lan­do día tras día.

De­bu­tas­te en el ci­ne a los 15 años con Más pe­na que glo­ria. De al­gún mo­do, te hi­cis­te ma­yor in­ter­pre­tan­do. ¿Qué te ha da­do y te ha qui­ta­do ser ac­triz?

Su­pon­go que al­go me ha qui­ta­do, por­que es una pro­fe­sión muy ab­sor­ben­te y yo la vi­vo con in­ten­si­dad. Pe­ro creo que me ha da­do una for­ma de en­ten­der la vi­da. De­di­car­te a es­to con­for­ma tu mo­do de ser por­que es­tar en con­tac­to con otros per­so­na­jes y otras vi­das, con otros ima­gi­na­rios y sen­si­bi­li­da­des, afec­ta a tu mo­do de per­ci­bir lo que tie­nes al­re­de­dor. Tam­bién me ha da­do la opor­tu­ni­dad de via­jar, de co­no­cer lu­ga­res in­creí­bles y co­no­cer a gen­te in­creí­ble. Y me ha ayu­da­do a ma­du­rar rá­pi­do, por­que he tra­ba­ja­do des­de muy jo­ven y he cum­pli­do ho­ra­rios, con­tra­tos… y eso, bien apro­ve­cha­do, te da un es­pa­cio tam­bién en tu vi­da co­ti­dia­na. ¿Lo ma­lo? Que a ve­ces no te da tiem­po a na­da más. Ro­dar im­pli­ca ho­ra­rios in­fi­ni­tos que su­po­nen una es­pe­cie de se­cues­tro de tu vi­da ha­bi­tual. Es un pa­rén­te­sis vi­tal, te me­tes en una fic­ción, en una es­pe­cie

de bur­bu­ja jun­to a los de­más miem­bros del equi­po, que se con­vier­ten en una es­pe­cie de fa­mi­lia. Y eso a ve­ces te qui­ta es­pa­cio pa­ra es­tar con los tu­yos.

¿Có­mo se vi­ve pres­tar tu cuer­po y tu sen­si­bi­li­dad a mu­je­res que no ne­ce­sa­ria­men­te com­par­ten co­sas con­ti­go?

Hay pro­yec­tos que eli­jo por­que el per­so­na­je me gus­ta mu­cho; otros, por el di­rec­tor y por el equi­po, tam­bién por­que se rue­den en un lu­gar que de­seo co­no­cer. En ge­ne­ral, man­ten­go una re­la­ción de amor con las mu­je­res a las que in­ter­pre­to, in­clu­so con las más com­pli­ca­das, di­fí­ci­les de en­ten­der o ale­ja­das de mí. Si no fue­ra así, me re­sul­ta­ría im­po­si­ble.

Ese via­je emo­cio­nal tam­bién pa­sa­rá fac­tu­ra.

¡Ya lo creo! An­tes no me da­ba cuen­ta, pe­ro aho­ra que he he­cho mu­cho pa­pel in­ten­so en los dos úl­ti­mos años, lo veo cla­ro. Y eso que no soy de esas ac­tri­ces que lle­gan de tra­ba­jar a ca­sa y si­guen tur­ba­das. En ge­ne­ral, ten­go una sen­sa­ción muy lú­di­ca con mi tra­ba­jo, me di­vier­te y lo to­mo des­de ahí. Pe­ro sí es cier­to que los per­so­na­jes te acom­pa­ñan, y no te de­jan in­dem­ne si te im­pli­cas con lo que es­tás ha­cien­do. Lle­vo tiem­po tra­ba­jan­do con la muerte a mi al­re­de­dor, con la en­fer­me­dad, con la pér­di­da, con el desamor y to­do ese due­lo, cuan­do lle­gas a ca­sa, se tra­du­ce en ago­ta­mien­to. Has to­ca­do ma­te­rial sen­si­ble, y se no­ta… En nin­gún mo­men­to na­die di­jo que es­to no fue­ra un deporte de ries­go. Hay ries­gos que afron­tar. Por eso me tienen que gus­tar mu­cho los pro­yec­tos en los que me im­pli­co, por­que en cada uno de ellos me de­jo par­te de mí.

¿Y qué te an­cla a la realidad?

Bas­ta con lle­gar a ca­sa, en el mi­nu­to uno. Ade­más, aho­ra vi­vo con dos ni­ñas, una de seis años y otra de 13. Y ellas sí que te ha­cen ba­jar al sue­lo. Que si me­ren­da­mos, que si me cuen­tan có­mo ha ido el co­le­gio… En­se­gui­da la vi­da te lla­ma, y eso es­tá muy bien. ¡Y me­nos mal! Ha­cen que cam­bie de mood en­se­gui­da, y eso es ge­nial. Re­cu­pe­ras a la ni­ña que fuis­te, te dan ener­gía y luz. Pue­des pa­sar­te una ho­ra ju­gan­do a al­go… son un lu­jo.

Tus úl­ti­mos per­so­na­jes han tra­ta­do te­mas que tienen mu­cho que ver con el uni­ver­so fe­me­nino: la ma­ter­ni­dad, la violencia de género, el desamor… ¿Crees que la in­ter­pre­ta­ción es un buen me­dio pa­ra re­mo­ver con­cien­cias?

Creo que en to­do lo que ha­ce­mos hay, de al­gún mo­do, una lec­tu­ra po­lí­ti­ca; co­mo ar­tis­ta, das tu pun­to de vis­ta so­bre lo que es­tás con­tan­do. Sí que pien­so en lo que pue­de o no ge­ne­rar el tra­ba­jo que es­toy ha­cien­do. Por­que a ve­ces no somos cons­cien­tes pe­ro al­guien, un es­pec­ta­dor vie­ne y te di­ce que le has po­di­do ayu­dar o abrir un ca­mino… Y eso es ma­ra­vi­llo­so, pe­ro tam­bién una res­pon­sa­bi­li­dad. Aho­ra bien, en el día a día, mien­tras in­ter­pre­to, es­toy más a lo que ten­go que con­tar. En el tea­tro es más in­me­dia­to y per­ci­bes muy bien la res­pues­ta del es­pec­ta­dor. Yo creo que la fic­ción pue­de sal­var o ha­cer me­jor la exis­ten­cia de las per­so­nas.

¿Las per­so­nas con pro­yec­ción pú­bli­ca te­néis la res­pon­sa­bi­li­dad de com­par­tir vues­tras ideas so­cia­les?

No creo que ten­ga­mos la res­pon­sa­bi­li­dad so­bre ca­si na­da. Lo úni­co que ha­ce­mos es con­tar his­to­rias lo me­jor po­si­ble. Y eso ya es una res­pon­sa­bi­li­dad… Lue­go de­pen­de de lo que cada uno sien­ta y quie­ra ha­cer. Yo creo que pa­ra ge­ne­rar pen­sa­mien­tos hay que sa­ber so­bre lo que uno ha­bla y que, a ve­ces, se ha­bla con cier­ta li­ge­re­za. Pe­ro uno de­be te­ner to­tal li­ber­tad de de­cir si quie­re im­pli­car­se en una cau­sa o no.

Úl­ti­ma­men­te, el ca­ba­llo de ba­ta­lla en tu pro­fe­sión es el aco­so se­xual a las mu­je­res que for­máis par­te de ella.

Por suer­te, yo nun­ca he su­fri­do una de esas si­tua­cio­nes in­có­mo­das. Si la hu­bie­ra vi­vi­do, ha­bría de­nun­cia­do. Lo que sí he vis­to, co­mo en to­das las fa­ce­tas de la vi­da, es cier­ta con­des­cen­den­cia por ser mu­jer, cier­ta sen­sa­ción de ser­vi­lis­mo… ¡va­mos, lo que es una so­cie­dad pa­triar­cal! A mí me lla­ma la aten­ción que to­do es­to sal­ga a la luz aho­ra, que ha­ya una es­pe­cie de boom: me pa­re­ce fan­tás­ti­co por­que hay que ha­cer­lo pú­bli­co y de­nun­ciar; pe­ro tam­bién me pre­gun­to por qué su­ce­de aho­ra. Ten­go la sen­sa­ción de que tres o cua­tro con­tro­lan las opi­nio­nes. Es­pe­ro que to­do es­to sir­va pa­ra que cam­bien co­sas, pa­ra que res­pon­da a un em­po­de­ra­mien­to de la mu­jer.

¿Crees que ese em­po­de­ra­mien­to es real?

Me pa­re­ce irre­ver­si­ble, hay un pun­to en es­te nue­vo fe­mi­nis­mo en el que no hay vuel­ta atrás. Cada vez somos más cons­cien­tes de lo ne­ce­sa­rio que es. Mu­chas mu­je­res de mi ge­ne­ra­ción es­ta­mos vien­do có­mo po­si­cio­nar­nos, có­mo mi­li­tar en él. Eso es fas­ci­nan­te por­que es una rein­ven­ción de al­go por lo que han pe­lea­do mu­chas mu­je­res a lo lar­go de los si­glos.

¿Có­mo lo vi­ves en tu día a día?

De una for­ma muy cons­cien­te. Tra­ba­je con di­rec­to­res o di­rec­to­ras, siem­pre opino so­bre las mu­je­res a las que in­ter­pre­to; de he­cho, he po­di­do in­ci­dir en al­gu­nos cam­bios de guión pa­ra in­ten­tar re­tra­tar a mu­je­res reales. Aho­ra bien, creo que es un mo­men­to de bús­que­da. Por ejem­plo, una ami­ga ha crea­do un gru­po de unas 60 mu­je­res que nos reuni­mos to­dos los do­min­gos pa­ra ha­blar. Al­gu­nas nos co­no­ce­mos, otras no. Creo que nues­tra unión y acer­ca­mien­to es lo prin­ci­pal, por­que nos he­mos creí­do eso de que las mu­je­res somos nues­tras peo­res enemi­gas, y eso es un in­ven­to mas­cu­lino.

2017 ha si­do un año es­plén­di­do pa­ra ti. Y el nue­vo pro­me­te: aún tie­nes por es­tre­nar La en­fer­me­dad del do­min­go, Pe­tra y To­dos lo sa­ben. Ade­más, su­birás al es­ce­na­rio con El tra­ta

mien­to, el 14 de mar­zo en el Tea­tro Pa­vón de Madrid. ¿Con to­do es­to, qué le pi­des a 2018?

¡Sa­lud! (ri­sas) Has­ta que em­pie­ce a en­sa­yar la obra, en enero, pi­do des­can­so. Quie­ro dis­fru­tar de la vi­da, de mi ca­sa, de mi fa­mi­lia, de mis ami­gos, de las pe­lí­cu­las que he he­cho y acom­pa­ñar­las. Es­tas Navidades las pa­sa­ré con mi fa­mi­lia, sin pla­nes. Por aho­ra, ca­si­ta, mu­cha ca­si­ta…

Un es­ce­na­rio ideal pa­ra una no­che úni­ca: el Club by Axel, de Axel Ho­tel Madrid. Pa­ra la oca­sión, Bár­ba­ra ha ele­gi­do un ves­ti­do de la­mé, de Guc­ci. Los pen­dien­tes son de Tif­fany & Co.

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