Por tie­rra, mar y ai­re

El ci­neas­ta, guio­nis­ta y au­tor de las no­ve­las Los mi­llo­nes, Los huer­fa­ni­tos y Las ga­nas se une a nues­tro club de fa­bu­la­do­res en torno a la fan fic­tion

El País - Tentaciones - - TENTADERO - SAN­TIA­GO LO­REN­ZO Ilus­tra­ción An­drés Ma­gán

La ver­güen­za que me han he­cho pa­sar. Soy Ro­se. En 1912 me em­bar­qué en el Titanic y so­bre­vi­ví al desas­tre. To­do fue bien has­ta que hi­cie­ron la película so­bre mí.

Ya pal­mé, ha­ce mu­cho (de ahí que os ha­ble des­de el Pur­ga­to­rio). Y a una edad nor­mal. Al prin­ci­pio del fil­me sal­go en­car­na­da en una se­ño­ra (ma­yor pe­ro en­te­ra) que se su­po­ne que tie­ne, aten­ción, cien­to un años. Y la pa­va ha­cien­do ar­ci­lli­tas. Sin ga­fas y sin na­da. Con una fuer­za y una coor­di­na­ción pa­ra dar­le al torno con el pie que no tie­ne na­die ni a los se­sen­ta. Así que mu­cho me­nos pa­ra aga­rrar un he­li­cóp­te­ro y plan­tar­se en la cu­bier­ta de un bu­que en al­ta mar, co­mo lue­go ocu­rre. La men­da de más de un si­glo va con to­do el pe­lo y di­cien­do con voz fir­me sus lí­neas de diá­lo­go sin aso­mo de de­te­rio­ro. Su­pon­go que in­tere­sa­ba de­cir a la po­bla­ción se­nil que es­ta­rían he­chos unos to­ros pa­ra cuan­do lle­ga­ran a los cien.

Yo te­nía die­ci­sie­te años cuan­do em­bar­qué. Mi­ra a la que pu­sie­ron pa­ra ha­cer de mí de pú­ber. Die­ci­sie­te años. Sí hom­bre, en ca­da pa­ta. Tan ma­du­ra a los die­ci­sie­te y he­cha una milf a los cien­to uno. La película su­gie­re que me ex­pu­se a una ra­dia­ción nu­clear en al­gu­na prue­ba mi­li­tar en el de­sier­to, que me afec­tó a la bio-oxi­da­ción y que me la cam­bió de si­tio.

Lue­go sa­le mi pre­ten­dien­te im­pues­to por las sor­das con­ven­cio­nes so­cia­les. En la vi­da real era un fe­lón, eso no lo dis­cu­tía ni su pe­rro. Va­le. Pe­ro la ca­ra de ma­lo que le pu­sie­ron es que mos­quea. Le fal­ta un bi­go­ta­zo y una fle­cha que di­ga "es­te es el ma­lo. Que te dé as­co es­te men­da por­que si no no vas a en­ten­der la película".

Apa­re­ce en­ton­ces en mi vi­da el gua­po aman­te, y ma­jí­si­mo. Es una co­sa de que se vea bien có­mo se me dispu­tan dos con­tra­rios y que se no­te que lo son a ma­cha­mar­ti­llo. Ya los dos con los afec­tos con­fe­sos, nos en­cas­que­ta­ron a él y a mí una es­ce­nue­la ha­cien­do el gam­ba en la proa del bar­co, al ali­món, con un co­lo­quio amo­ro­so bas­tan­te ba­ra­to. No le di de­ma­sia­da im­por­tan­cia en su mo­men­to. Pe­ro he ido vien­do có­mo du­ran­te dé­ca­das ca­da ga­ñán uni­ver­sal aca­ba siem­pre por te­ner la ocu­rren­cia de mon­tar­se la pa­ro­dia-ho­me­na­je pa­ra ani­mar la reunión de em­pre­sa, la des­pe­di­da de sol­te­ro, el pa­seo en bar­ca, la cena de No­che­vie­ja o el bau­ti­zo del so­brino. A mí me due­le es­tar im­pli­ca­da en es­te aque­la­rre del par­di­lla­je mo­chu­fe­ro, por mu­cho que sea la­te­ral e in­vo­lun­ta­ria­men­te. Lue­go la co­sa va a peo­res. Des­pués del

flash­back que com­po­ne la par­te cen­tral de la película, sal­go otra vez du­ran­te los días del ha­llaz­go del bar­co hun­di­do (y de nue­vo de ma­du­ri­ta de cen­tu­ria cum­pli­da). Ha ha­bi­do una aven­tu­ri­lla con un dia­man­te de me­dio ki­lo que, se des­cu­bre aho­ra, he re­te­ni­do yo en mi ca­sa du­ran­te dé­ca­das (8,4 dé­ca­das). Pues bien: me sa­can echán­do­le el jo­yon­cio a los pe­ces. Una ma­ca­rra­da in­ve­ro­sí­mil. Lo su­yo se­ría que ti­ra­ra un pa­pe­li­to con un ver­so, o un ji­rón de la ca­mi­sa del gua­po, que con­ser­va­ba des­de la no­che en que in­mer­sio­nó in­vo­lun­ta­ria­men­te. Al­go así. O la ca­de­na mis­ma, po­nién­do­nos muy ge­ne­ro­sos. Pe­ro des­pren­der­se de un pe­drus­co de ese vo­lu­men so­lo pa­ra ha­cer la gra­cia, eso a ver quién se lo cree. Me­nu­do ti­ma­zo.

—Ven­ga, Ro­se. No te desa­so­sie­gues. Ya pa­só.

—Y un ra­bo, ya pa­só. Ma­ña­na po­nen

Titanic en una te­le aus­tra­lia­na, en una is­lan­de­sa, en una ca­de­na de Chi­le y en la sa­la de una ca­ja de aho­rros de Se­go­via, Es­pa­ña. Ha­la, otra vez a ha­cer el ma­mo­las y a que­dar en ri­dícu­lo en cua­tro con­ti­nen­tes. Y eso so­lo ma­ña­na.

—Y a ti qué más te da, si ya no co­ti­zas en la Tie­rra.

—Me da mu­cho. Me han di­cho Arri­ba que mien­tras no to­men una de­ci­sión so­bre qué ha­cer con­mi­go por mi im­pli­ca­ción en la película, que no me sa­can del Pur­ga­to­rio ni con el he­li­cóp­te­ro ese en el que lle­va­ron a la vie­ja de cien­to un años a ver el bar­co.

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