Mo­da, ci­ne y anar­quía.

Ca­ra Delevingne pu­so sen­ti­do y ca­be­za en la mo­da y aho­ra lo po­ne en la fan­ta­sía cós­mi­ca de Luc Bes­son. Por eso es el ce­re­bro de Va­le­rian y la ciu­dad de los mil pla­ne­tas

El País - Tentaciones - - TENTACIONES - IRE­NE CRES­PO ALE­XAN­DRA ES­PA­ÑA

Ca­ra Delevingne no era una mo­de­lo más y aho­ra no quie­re ser una ac­triz más. Cui­da­do con ella.

La es­ce­na se­ría algo así: Ca­ra Delevingne, una de las 10 mo­de­los me­jor pa­ga­das en el mun­do, que so­lo por ca­da post que pu­bli­ca en su cuen­ta Ins­ta­gram pue­de ga­nar más de 130 mil eu­ros, es­tá co­lo­ca­da de­lan­te del ar­ma­rio de su sui­te de ho­tel de lu­jo en Can­nes y pa­de­ce lo que cual­quier ado­les­cen­te (y no tan ado­les­cen­te) lla­ma­ría su mi­cro­cri­sis dia­ria.

"¿Qué me pon­go? No sé qué po­ner­me", re­pi­te en al­to una y otra vez a to­do el cor­te­jo que le si­gue y que, en ese mo­men­to, es­ta­ba com­ple­ta­do por el di­se­ña­dor de Mos­chino, Je­remy Scott. Ca­ra se vuel­ve a Je­remy y so­lo a él le pre­gun­ta: "¿Qué me pon­go?". El mo­dis­to ame­ri­cano, gran ami­go de Ma­don­na, le con­tes­ta en mo­do zen: "Haz lo que sien­tas".

—"Ja, cla­ro, eso es. Tie­nes to­da la ra­zón, Je­remy. Es así de sen­ci­llo", le res­pon­de Delevingne.

Una ho­ra des­pués de es­ta es­ce­na, la mo­de­lo y ac­triz apa­re­ce an­te pren­sa e in­fluen­cers eu­ro­peos (¿có­mo di­fe­ren­ciar­los?) pa­ra ha­blar de su co­la­bo­ra­ción con Scott y los he­la­dos Mag­num en pleno Fes­ti­val de Can­nes. "Es­cu­ché mis sen­ti­mien­tos y aquí es­toy", y se se­ña­la su es­ti­lis­mo. Eli­gió un mi­ni­ves­ti­do ne­gro, za­pa­to de ta­cón ne­gro y una boi­na ro­ja (más de es­ti­lo re­vo­lu­cio­na­rio que

chic pa­ri­sino) en la que se lee bien cla­ro "anarchy" (anar­quía).

Sus sen­ti­mien­tos ha­bla­ron y así se sien­te ella: anár­qui­ca. Por­que no quie­re que na­die ni na­da la con­tro­le. Mien­tras in­ten­ta­ba triun­far en la mo­da, aca­bó so­me­ti­da por la ti­ra­nía de la apro­ba­ción de los de­más, de vi­vir pa­ra gus­tar al res­to, del mie­do al re­cha­zo y el fra­ca­so. A los 20, cuan­do es­ta­ba ya en la ci­ma, pi­san­do to­das las pa­sa­re­las, fir­man­do con­tra­tos, po­nien­do de mo­da las ce­jas po­bla­das, apro­ve­chan­do los ra­tos li­bres pa­ra las fies­tas —di­ce que si algo le sal­vó de la adic­ción a las dro­gas fue su adic­ción al tra­ba­jo— y a pun­to del co­lap­so (in­clu­so pa­só por su ca­be­za el sui­ci­do), su ami­ga y men­to­ra, Ka­te Moss le di­jo: "Pa­ra". Se fue unos me­ses de re­ti­ro a es­cri­bir y com­po­ner mú­si­ca y vol­vió de­ci­di­da a re­cu­pe­rar su pri­me­ra pa­sión, la in­ter­pre­ta­ción, mien­tras la mo­da pa­sa­ba a un se­gun­do plano, y a que na­da ni na­die la con­tro­la­ra.

"Mi ac­ti­tud ha­cia la vi­da es que el mie­do es tu peor enemi­go", di­ce con su boi­na anar­quis­ta bien en­fun­da­da. "El mie­do es algo que in­ten­to evi­tar tan­to co­mo pue­do. No ten­go mie­dos y no me pon­go lí­mi­tes".

¿Esa ac­ti­tud re­bel­de te ha cau­sa­do pro­ble­mas en la mo­da o aho­ra en el ci­ne?

No ten­go lí­mi­tes, pe­ro sé com­por­tar­me. Y si su­po­ne un pro­ble­ma pa­ra otros pue­den ir­se a to­mar por cu­lo. Si no les gus­to, o no les gus­ta la for­ma en la que vi­vo mi vi­da, ese es su pro­ble­ma. No me im­por­ta si a la gen­te no le gus­ta. So­lía im­por­tar­me, so­lía ir bus­can­do la apro­ba­ción de la gen­te, que a la gen­te le gus­ta­ra yo o lo que ha­cía, pe­ro aho­ra me he da­do cuen­ta de que eso ya no es im­por­tan­te, de que es más im­por­tan­te amar­te a ti mis­ma. Ser bue­na per­so­na. No quie­ro odiar, no quie­ro vi­vir con gen­te que odia, que juz­ga. Creo de ver­dad que to­do el mun­do pue­de ser be­llo a su ma­ne­ra.

Ra­par­te la ca­be­za es lo úl­ti­mo que has he­cho por un pa­pel, va a ser ver­dad que no tie­nes lí­mi­tes. ¿Ha­rías lo que fue­ra por una pe­lí­cu­la?

Creo que ha­ría cual­quier co­sa por una pe­lí­cu­la o un per­so­na­je. So­bre to­do des­pués de ha­ber tra­ba­ja­do con gran-

«No ten­go lí­mi­tes, y si eso su­po­ne un pro­ble­ma pa­ra al­gu­nos pue­den ir­se a to­mar por cu­lo»

des di­rec­to­res y vi­sio­na­rios co­mo Luc Bes­son. Si su­po­ne tra­ba­jar con más gen­te así y me pi­den algo, lo ha­ré.

A Can­nes, en ma­yo, lle­ga­ba aún con el pe­lo prác­ti­ca­men­te al ce­ro, so­lo unos días des­pués de esa ima­gen fu­tu­ris­ta de ca­be­za pla­tea­da con la que se pre­sen­tó en la Met Ga­la. Delevingne se ha afei­ta­do la ca­be­za pa­ra el ro­da­je de

Li­fe in a year, en el que se­rá su ter­cer pa­pel pro­ta­go­nis­ta, des­pués de Pa­per towns y la que aho­ra es­tre­na Va­le­rian y

la ciu­dad de los mil pla­ne­tas. Ella lo ha di­cho mu­chas ve­ces: "Des­fi­lar es algo que ha­go, la in­ter­pre­ta­ción es lo que soy". Y si ya en la mo­da la con­si­de­ra­ban una ra­ra avis por la ma­ne­ra de tras­la­dar su per­so­na­li­dad de lon­di­nen­se (de bien) re­bel­de a la pa­sa­re­la —"de al­gu­na ma­ne­ra re­cu­pe­ró la ener­gía de la era de las su­per­mo­de­los, de Nao­mi y Lin­da Evan­ge­lis­ta", di­ce Stella McCart­ney—, en el ci­ne se sien­te con ma­yor li­ber­tad pa­ra ha­cer lo que quie­ra… has­ta con su fí­si­co.

"An­tes in­clu­so de que me die­ran el pa­pel de Li­fe in a year, le di­je al di­rec­tor que que­ría ra­par­me el pe­lo", re­cuer­da. "Mis má­na­gers me di­je­ron que por fa­vor no lo hi­cie­ra, que por qué lo ha­cía, y les di­je que era la úni­ca for­ma de en­ten­der de ver­dad qué es no te­ner pe­lo". ¿El re­sul­ta­do? Una nue­va ten­den­cia en la ca­lle, cla­ro. Ella lo ex­pli­ca así: "Es una de las co­sas más li­be­ra­do­ras que he he­cho. No creo que hu­bie­ra si­do ca­paz de ra­par­me si no lle­ga a ser por­que me lo exi­gía un pa­pel. Siem­pre he te­ni­do el mis­mo pe­lo lar­go y so­lo me lo cor­té un po­co por­que ya sa­bía que me iba a ra­par, pe­ro es­toy fe­liz de ha­ber­lo he­cho…", pa­ra y se ríe. "Aun­que creo que la gen­te pue­de leer mis pen­sa­mien­tos". Qui­zá por eso, pa­ra aho­rrar tra­ba­jo los lle­va escritos en sus com­ple­men­tos: "Anar­quía".

Delevingne en­tró en la mo­da a los 16 años si­guien­do los pa­sos de su her­ma­na, Poppy, pe­ro la in­ter­pre­ta­ción siem­pre ha­bía si­do su pri­me­ra lla­ma­da. "El ci­ne es algo que siem­pre me atra­jo, des­de pe­que­ña. He que­ri­do ha­cer pe­lí­cu­las des­de que ten­go me­mo­ria", di­ce. En 2012 de­bu­tó en An­na Ka­re­ni­na, con Kei­ra Knightley. Y, al con­tra­rio que mu­chas mo­de­los que em­pie­zan en el ci­ne, aho­ra sí cree que la mo­da fue un tram­po­lín y no un obs­tácu­lo pa­ra cum­plir su sue­ño de ser ac­triz.

Aun­que al prin­ci­pio de su tran­si­ción cri­ti­có mu­cho la in­dus­tria que la en­cum­bró, ha­blan­do de su fal­se­dad y fri­vo­li­dad, aho­ra sa­be que le ha per­mi­ti­do ex­pre­sar su per­so­na­li­dad y al­can­zar una fa­ma que ha uti­li­za­do pa­ra al­zar su voz so­bre te­mas co­mo la de­pre­sión y las en­fer­me­da­des men­ta­les (que ella ha su­fri­do) o so­bre la iden­ti­dad se­xual, cuan­do a los 20 años de­cla­ró pú­bli­ca­men­te ser "flui­da".

"En el ci­ne quie­ro se­guir por el mis­mo ca­mino", aña­de. "Quie­ro se­guir in­ter­pre­tan­do per­so­na­jes de mu­je­res fuer­tes y dar un ejem­plo a to­das las chi­cas jó­ve­nes ahí fue­ra". Lau­re­li­ne, la agen­te es­pe­cial y es­pa­cial que in­ter­pre­ta en la fan­ta­sía in­ter­es­te­lar de Luc Bes­son, es una de esas mu­je­res ejem­plo. "Es tre­men­da. Ella y Va­le­rian [in­ter­pre­ta­do por Da­ne Dehaan], son las úni­cas per­so­nas en Alp­ha, la ciu­dad de los mil pla­ne­tas, y de­be­mos man­te­ner­los a sal­vo. Va­le­rian es to­do múscu­lo, no pien­sa. Lau­re­li­ne ha­ce el tra­ba­jo in­te­li­gen­te, le pro­te­ge tan­to co­mo él a ella, y se en­car­ga de que él no la ca­gue". Y ca­si sin to­mar alien­to, con­ti­núa —la ve­lo­ci­dad de sus pen­sa­mien­tos y pa­la­bras es apa­bu­llan­te—: "Pe­ro que­da tan­to es­pa­cio pa­ra las mu­je­res en el ci­ne, en cuan­to a pa­pe­les y en cuan­to a tra­ba­jos téc­ni­cos, di­rec­to­ras, di­rec­to­ras de fo­to­gra­fía, guio­nis­tas… no so­lo quie­ro in­ter­pre­tar mu­je­res fuer­tes, que­rría tra­ba­jar con más di­rec­to­ras. Y me gus­ta­ría di­ri­gir un día, ya ten­go un par de pro­yec­tos pa­ra el lar­go pla­zo. Ha­ría una pe­lí­cu­la so­lo de mu­je­res, con to­do un equi­po de mu­je­res de­trás de las cá­ma­ras". To­ma alien­to y se au­to­con­fir­ma. "No, no me pon­go lí­mi­tes".

Va­le­rian y la ciu­dad de los mil pla­ne­tas se es­tre­na el 18 de agos­to.

«Quie­ro in­ter­pre­tar a mu­je­res fuer­tes y dar ejem­plo a las chi­cas jó­ve­nes»

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