Car­ta apó­cri­fa de CR7

El País (Valencia) - - GENTE - JOA­QUÍN RE­YES

La car­ta que cir­cu­la es fal­sa, aquí la ver­da­de­ra:

Es­tos años en el Real Ma­drid, y en la ca­pi­tal, han si­do po­si­ble­men­te los más fe­li­ces de mi vi­da. ¡Un mo­men­to! ¿Ma­drid es es­ta ur­ba­ni­za­ción des­de la que les es­cri­bo, pro­te­gi­da con do­ble va­lla­do y de­tec­to­res in­fra­rro­jos o esa ciu­dad que se atis­ba a lo le­jos con una boi­na ma­rrón en­ci­ma? Sea lo que sea, sien­to un enor­me agra­de­ci­mien­to por Ma­drid.

Es­tos nue­ve años han si­do ma­ra­vi­llo­sos. He me­ti­do 450 go­les y hu­bie­ra me­ti­do uno más si Ga­reth Ba­le me la hu­bie­ra pa­sa­do en esa ju­ga­da don­de al fi­nal la ti­ró fue­ra. No sean du­ros con Ba­le: don­de no hay ma­ta no hay pa­ta­ta.

De­cía que es­tos nue­ve años han si­do úni­cos. La afi­ción me ha da­do ca­lor, el club 180 mi­llo­nes de eu­ros (eu­ro arri­ba, eu­ro aba­jo). Pe­ro si me dan a ele­gir me que­do con el ca­lor de la afi­ción. Tam­bién es ver­dad que a ve­ces des­de la gra­da se me ha tra­ta­do re­gu­lar. Re­cuer­do en una oca­sión a un se­ñor pe­li­rro­jo ata­via­do con una ca­mi­sa ar­le­qui­na­da que no pa­ró de sil­bar­me en to­do el par­ti­do, pe­ro eso es por la al­tí­si­ma exi­gen­cia de es­te club. Aho­ra bien, si me lo en­con­tra­ra lo es­tran­gu­la­ría con una de mis ca­de­nas de oro.

Es ver­dad que me he em­bol­sa­do más de 150 eu­ros al mi­nu­to y que en ca­da sies­ta del bo­rre­go (la de an­tes de co­mer) he ga­na­do, de me­dia, 9.000 eu­ros, pe­ro a cam­bio lo he da­do to­do. Me he par­ti­do mi pre­cio­sa ca­ra por el Real Ma­drid (¿no brotan las la­gri­mas en sus ojos?).

Mi amor blan­co ha lle­ga­do a ex­tre­mos de que­rer sal­tar al cam­po con la ca­mi­se­ta pin­ta­da so­bre mi tor­so (no me de­ja­ron, por no sé qué del re­gla­men­to).

Sin em­bar­go, creo que ha lle­ga­do el mo­men­to de abrir una nue­va eta­pa en mi vi­da y co­dear­me con mi­llo­na­rios tu­ri­ne­ses. Es­ta de­ci­sión no es pro­duc­to de una ven­to­le­ra, he re­fle­xio­na­do has­ta que me han da­do náu­seas.

Soy cons­cien­te del va­cío que de­jan mis cin­co balones de oro y mis cua­tro bo­tas de oro y mi au­ra, tam­bién de oro. Lo sien­to por mis com­pa­ñe­ros y por mí el pri­me­ro. Y tam­bién por to­da esa gen­te­ci­lla que me ha ro­dea­do y que si yo de­cía “la­dra”, ellos de­cían “guau”.

El Real Ma­drid es pa­ra mear y no echar go­ta y siem­pre lo lle­va­ré en mi co­ra­zón lu­so.

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