La pri­me­ra mi­nis­tra de la de­mo­cra­cia, So­le­dad Be­ce­rril, pu­bli­ca sus me­mo­rias, en las que re­pa­sa su vi­da per­so­nal y po­lí­ti­ca y da bue­na cuen­ta de la Tran­si­ción.

Fue mi­nis­tra de Cul­tu­ra con Cal­vo So­te­lo, la pri­me­ra mu­jer en te­ner una car­te­ra mi­nis­te­rial des­de la Se­gun­da Re­pú­bli­ca. Tam­bién ha si­do dipu­tada, se­na­do­ra, al­cal­de­sa y de­fen­so­ra del pue­blo. His­to­ria vi­va de la Tran­si­ción, So­le­dad Be­ce­rril aca­ba de pu­bli­ca

El Periódico de Catalunya (Castellano) - Dominical - - SUMARIO - POR VIRGINIA DRAKE / FO­TOS: AN­TÓN GOIRI

DE NI­ÑA LA LLA­MA­BAN MARISOL. TIE­NE 74 años yes la me­nor de cua­tro her­ma­nos. Se li­cen­ció en Fi­lo­so­fía y Le­tras, se es­pe­cia­li­zó en Fi­lo­lo­gía In­gle­sa y am­plió sus es­tu­dios en la Uni­ver­si­dad de Co­lum­bia (Es­ta­dos Uni­dos). Se ca­só con Ra­fael Atien­za Me­di­na (mar­qués de Sal­va­tie­rra) y se fue a vi­vir a Se­vi­lla, don­de na­cie­ron sus dos hi­jos, So­le­dad y Gas­par. Li­be­ral has­ta la mé­du­la, se ini­ció en la po­lí­ti­ca de la mano de Joa­quín Ga­rri­gues Wal­ker y par­ti­ci­pó muy ac­ti­va­men­te por de­vol­ver la de­mo­cra­cia a nues­tro país. Fue la pri­me­ra mi­nis­tra es­pa­ño­la des­de Fe­de­ri­ca Mon­tseny, en la Se­gun­da Re­pú­bli­ca (1936), y la pri­me­ra mu­jer en ocu­par la Al­cal­día de Se­vi­lla. Ha­ce seis años se se­pa­ró de su ma­ri­do y re­gre­só a Ma­drid, don­de vi­ven sus hi­jos y sus nie­tos, ca­si al tiem­po en que fue nom­bra­da de­fen­so­ra del pue­blo, sien­do tam­bién la pri­me­ra mu­jer en ocu­par es­te car­go. To­zu­da, tra­ba­ja­do­ra, in­te­li­gen­te y enor­me­men­te dis­cre­ta, con mo­ti­vo de la pu­bli­ca­ción de sus me­mo­rias, Años de So­le­dad (edi­to­rial Ga­la­xia Gu­ten­berg), nos re­ci­be en su ca­sa del ba­rrio de Cham­be­rí.

XLSe­ma­nal. ¿Por qué se ha de­ci­di­do aho­ra a es­cri­bir es­tas me­mo­rias? So­le­dad Be­ce­rril. Por­que no quie­ro ol­vi­dar. Y por­que, al ha­ber si­do una mu­jer que tu­vo car­gos pú­bli­cos de cier­ta re­le­van­cia cuan­do no era ha­bi­tual, me pa­re­cía que po­día te­ner in­te­rés ver có­mo ha evo­lu­cio­na­do la con­di­ción de la mu­jer. En 1977, de los 350 dipu­tados, so­lo 21 éra­mos mu­je­res.

"Nues­tras hi­jas lo tie­nen hoy más di­fí­cil. La di­fe­ren­cia sa­la­rial, la con­ci­lia­ción... Las co­sas tie­nen que cam­biar más" "La no­che del 23-F, Jor­di Pu­jol de­fen­dió la de­mo­cra­cia y el Es­ta­do de de­re­cho. Ade­más

XL. Pri­me­ra mi­nis­tra, pri­me­ra al­cal­de­sa de Se­vi­lla y pri­me­ra de­fen­so­ra del pue­blo… y siem­pre le llo­vie­ron co­men­ta­rios des­pec­ti­vos por ser mu­jer.

S.B. Les pa­re­cía que una mu­jer, y no de iz­quier­das, no me­re­cía con­si­de­ra­ción.

XL. Al­fon­so Gue­rra di­jo que era «una se­ño­ri­ta de­socu­pa­da, miem­bro de un club de­por­ti­vo de gen­te bien». Tam­bién se di­jo: «Es una re­cién lle­ga­da, ca­sa­da con un mar­qués». «Pa­ra ser mu­jer, es bas­tan­te an­ti­pá­ti­ca». «Sus de­cla­ra­cio­nes son pro­pias de una ni­ña de Se­rrano».

S.B. Pe­ro yo no iba a la ca­lle Se­rrano ni si­quie­ra de com­pras. Al­fon­so Gue­rra se rio bas­tan­te de mí, pe­ro no fue el úni­co. Cri­ti­ca­ron con du­re­za mi par­ti­ci­pa­ción en la vi­da pú­bli­ca. Las or­ga­ni­za­cio­nes fe­mi­nis­tas tam­po­co me de­fen­die­ron, por­que sue­len apo­yar so­lo a sus mi­li­tan­tes.

XL. Su for­ma de ves­tir tam­bién sus­ci­tó mu­chos co­men­ta­rios.

S.B. Pe­ro en eso se­gui­mos por­que se si­gue ob­ser­van­do con mu­cho in­te­rés la in­du­men­ta­ria de las mi­nis­tras. Se me cri­ti­có mu­cho que no fue­ra ves­ti­da de ne­gro a la ju­ra de mi car­go [fue con un tra­je fuc­sia con cin­tu­rón azul]. Co­mo no ha­bía pen­sa­do que fue­se a ser ele­gi­da, usé lo que te­nía en mi ar­ma­rio. Y, en ve­rano, a un par­ti­do de fút­bol [ade­más, era mi­nis­tra de De­por­tes] fui con un tra­je ver­de chi­llón muy cri­ti­ca­do tam­bién.

XL. «Ver­de de­mo­nio», lo bau­ti­zó un pe­rio­dis­ta de­por­ti­vo. Pe­ro, al fi­nal, re­cu­rrió a Je­sús del Po­zo.

S.B. Bueno… le pe­dí que me hi­cie­ra un par de tra­jes y sa­lí de ese em­bro­llo. XL. Di­ce que le due­le que nues­tras hi­jas lo ten­gan hoy más di­fí­cil. S.B. Por­que lo pa­san mal. Las co­sas tie­nen que cam­biar más. Aun­que no ha­ya un pro­ble­ma im­por­tan­te de dis­cri­mi­na­ción en la le­gis­la­ción, hay mu­chas más di­fi­cul­ta­des pa­ra las mu­je­res a la ho­ra de con­ci­liar la vi­da fa­mi­liar y la pro­fe­sio­nal: la di­fe­ren­cia sa­la­rial; la de­pen­den­cia de las per­so­nas ma­yo­res, que siem­pre re­cae so­bre ellas...

XL. ¿Es ver­dad que cuan­do Leo­pol­do Cal­vo So­te­lo le ofre­ció la car­te­ra de Edu­ca­ción us­ted le di­jo que le die­ra unos días pa­ra pen­sár­se­lo?

S.B. Sí, ja­ja­ja. Se lo di­je des­de la ma­yor in­ge­nui­dad. Y me di­jo que no, cla­ro. Esas pro­pues­tas hay que con­tes­tar­las de in­me­dia­to, aun­que te las ha­gan por te­lé­fono. Así que le res­pon­dí que sí.

XL. En su ha­ber tie­ne que Fe­li­pe Gon­zá­lez di­jo de us­ted que era «lo úni­co bueno del nue­vo Go­bierno».

S.B. Sí, ja­ja­ja. Fue muy ama­ble.

XL. Cal­vo So­te­lo, años des­pués, le de­di­có sus me­mo­rias y es­cri­bió: «A So­le­dad, que no ne­ce­si­tó el 25 por cien­to pa­ra en­trar en un Go­bierno».

S.B. Sí, por­que lue­go vi­nie­ron las cuo­tas pa­ra que las mu­je­res ac­ce­die­ran. Con Za­pa­te­ro fue­ron el 50 por cien­to y aho­ra son 11 de 17.

XL. Pe­dro Sán­chez tie­ne el Go­bierno con ma­yor por­cen­ta­je de mu­je­res de Eu­ro­pa; es­tá cla­ro que el pa­no­ra­ma ha cam­bia­do mu­cho.

S.B. Bueno, esos son afa­nes de lu­ci­mien­to; pe­ro, efec­ti­va­men­te, hay que des­ta­car­lo por­que to­da­vía se­gui­mos vien­do mu­chas fo­tos de reunio­nes y co­mi­sio­nes eje­cu­ti­vas de em­pre­sas y ban­cos en las que no hay nin­gu­na mu­jer. ¿No hay nin­gu­na mu­jer que ten­ga esa for­ma­ción? ¡Qué ra­ro!, ¿no? XL. Cuen­ta que Luis Ber­lan­ga le pro­pu­so un pa­pel en una de sus pe­lí­cu­las. S.B. Sí. Le di­je que no, cla­ro. Fi­gú­ra­te, la úni­ca mi­nis­tra ha­cien­do un pa­pe­li­to en el ci­ne. ¡La que me hu­bie­ra caí­do!

XL. Y re­cuer­da que el mis­mo día que tras­pa­só a su su­ce­sor la car­te­ra de Cul­tu­ra, en el avión de vuel­ta a Se­vi­lla se sen­tó jun­to a us­ted el to­re­ro An­to­nio Or­dó­ñez.

S.B. Fue muy agra­da­ble com­par­tir con él mis pri­me­ras ho­ras de ex­mi­nis­tra, no lo ol­vi­dé nun­ca. Lue­go, al lle­gar a ca­sa, lo pri­me­ro que vi fue que no fun­cio­na­ba la la­va­do­ra. Lo se­gun­do, re­ci­bí una lla­ma­da de la Bi­blio­te­ca del Con­gre­so pa­ra que de­vol­vie­ra un li­bro, que yo no te­nía. Y lo ter­ce­ro, vi­nie­ron a mi ca­sa los de Te­le­fó­ni­ca con una or­den de lle­var­se el te­lé­fono ofi­cial que me ha­bían ins­ta­la­do. Y lo arran­ca­ron de la pa­red, li­te­ral­men­te, y me de­ja­ron el agu­je­ro a la vis­ta. ¡Es lo que se lla­ma 'per­der el po­der'! Así fue mi pri­mer día de ama de ca­sa: ¡hay que re­po­ner­se! XL. Us­ted per­dió la Al­cal­día de Se­vi­lla, ha­bien­do ga­na­do las elec­cio­nes, por­que no acep­tó con­ver­tir­se en un flo­re­ro.

S.B. Así fue, pre­fe­rí per­der la Al­cal­día an­tes que pac­tar con el Par­ti­do An­da­lu­cis­ta (PA) unas con­di­cio­nes que no me pa­re­cían acep­ta­bles. No po­día con­ver­tir­me en una fi­gu­ra de­co­ra­ti­va. El pac­to que me ofre­ció el PA pa­sa­ba por­que yo me man­tu­vie­ra al mar­gen de to­das las de­ci­sio­nes en ma­te­ria de ur­ba­nis­mo y al­gu­nas otras cues­tio­nes im­por­tan­tes más. Y, cla­ro, no tran­si­gí.

XL. Ese día re­cor­dó una fra­se del al­cal­de de Za­la­mea: «Al rey, la ha­cien­da y la vi­da se le ha de dar, pe­ro el ho­nor es pa­tri­mo­nio del al­ma».

S.B. Y es así. Aun­que mu­cha gen­te no lo acep­tó bien y, aun­que en el PP se dis­gus­ta­ran, hi­ce lo que de­bía ha­cer. XL. ¿No fue una mu­jer de par­ti­do dis­ci­pli­na­da? S.B. He si­do su­fi­cien­te­men­te dis­ci­pli­na­da, pe­ro en al­gu­nas cues­tio­nes he que­ri­do y he sa­bi­do de­cir 'no'.

XL. Sus más de 40 años de ac­ti­vi­dad po­lí­ti­ca en sus me­mo­rias no lle­gan a las 200 pá­gi­nas, ¿ca­lla mu­chas co­sas?

S.B. No creo que ten­ga una tra­yec­to­ria de vi­da pú­bli­ca pa­ra 700 pá­gi­nas. He que­ri­do ha­blar de la Tran­si­ción que yo vi­ví, por­que me pa­re­ce que fue muy ejem­plar. Otra de las pre­ten­sio­nes del li­bro es que las ge­ne­ra­cio­nes jó­ve­nes se in­tere­sen por sa­ber có­mo se hi­zo y qué per­mi­tie­ron aque­llos acuer­dos.

XL. Con el pa­so de los años se le acha­can mu­chas de­fi­cien­cias a aque­lla Tran­si­ción que a al­gu­nos les pa­re­ció ex­tra­or­di­na­ria.

S.B. Creo que al­gu­nos opinan sin va­lo­rar la di­fi­cul­tad del trán­si­to de una dic­ta­du­ra a una de­mo­cra­cia. Es­tos más de 40 años de de­mo­cra­cia su­po­nen uno de los me­jo­res pe­rio­dos de la his­to­ria de Es­pa­ña. En es­te li­bro he que­ri­do ha­cer

"Los eta­rras que ma­ta­ron a los Ji­mé­ne­zBe­ce­rril ha­bían pre­pa­ra­do un co­che bom­ba pa­ra mí días an­tes. Si hu­bie­ra fun­cio­na­do, Alberto y As­cen­sión se ha­brían sal­va­do" "Las fe­mi­nis­tas tam­po­co me de­fen­die­ron. Pa­re­cía que una mu­jer, y no de iz­quier­das, no me­re­cía con­si­de­ra­ción"

un re­co­no­ci­mien­to a las fi­gu­ras del Rey, Adol­fo Suá­rez, Leo­pol­do Cal­vo So­te­lo –que es el gran ol­vi­da­do y que re­ci­bió ata­ques de la de­re­cha, la iz­quier­da y el cen­tro– y Fe­li­pe Gon­zá­lez, ca­da uno por sus mo­ti­vos.

XL. En su li­bro des­ta­ca el pa­pel ins­ti­tu­cio­nal de Jor­di Pu­jol en mo­men­tos crí­ti­cos pa­ra Es­pa­ña.

S.B. Y fue así. La no­che del 23-F se com­por­tó co­mo un hom­bre de Es­ta­do que de­fen­día la de­mo­cra­cia y el Es­ta­do de de­re­cho de su país. Ade­más del Rey, Pu­jol fue la fi­gu­ra fun­da­men­tal.

XL. ¿Cree que su 'ho­ja de ru­ta' res­pec­to a Ca­ta­lu­ña ya es­ta­ba tra­za­da en­ton­ces?

S.B. No lo sé; pe­ro sí pien­so que los 'pa­dres' de la Cons­ti­tu­ción, cuan­do re­dac­ta­ron la Car­ta Mag­na, par­tie­ron de la bue­na fe de los go­ber­nan­tes de Ca­ta­lu­ña y del País Vas­co, con los que ne­go­cia­ron y lle­ga­ron a unos acuer­dos que su­po­nían iban a ser du­ra­de­ros. Y no ha si­do así. Tam­bién creo que las trans­fe­ren­cias en ma­te­ria de Edu­ca­ción han si­do una ba­za fun­da­men­tal en ese pro­ce­so de trans­mi­sión de ideas y ob­je­ti­vos. A eso se une que nos ha fal­ta­do una ley de edu­ca­ción de am­plio acuer­do y du­ra­de­ra. Los ca­ta­la­nes se die­ron cuen­ta muy rá­pi­do del po­der de la edu­ca­ción e ini­cia­ron ese trán­si­to in­me­dia­ta­men­te: a los ni­ños, des­de los seis años, les han con­ta­do que esa co­mu­ni­dad au­tó­no­ma es­tá mi­nus­va­lo­ra­da y que el ca­mino ha­cia el fu­tu­ro pa­sa por ser una na­ción in­de­pen­dien­te. Y eso, di­cho du­ran­te dé­ca­das, de­ja un po­so muy fuer­te. No soy muy op­ti­mis­ta y es­toy muy preo­cu­pa­da.

XL. Vol­va­mos al 23-F. Cuen­ta que el Rey, días des­pués del fa­lli­do gol­pe de Es­ta­do, se reunió con los com­po­nen­tes de la Me­sa del Con­gre­so. ¿Qué les di­jo?

S.B. Nos di­jo 'al­go', pe­ro hay que ser res­pe­tuo­sa con las co­sas que nos di­ce el je­fe del Es­ta­do. Sí pue­do de­cir que el Rey hi­zo un mo­vi­mien­to con la mano que in­di­ca­ba que ha­bía ha­bi­do mo­men­tos en los que la de­mo­cra­cia ha­bía es­ta­do en la cuer­da flo­ja. Es de­cir, que ha­bían trans­cu­rri­do unas ho­ras de to­tal in­cer­ti­dum­bre, en las que no se su­po có­mo iba a ter­mi­nar aque­llo. In­sis­to, su de­ter­mi­na­ción fue cla­ve.

XL. Sin em­bar­go, se han pu­bli­ca­do teo­rías di­fe­ren­tes so­bre la po­si­ble im­pli­ca­ción del Rey an­tes y du­ran­te el gol­pe.

S.B. No creo nin­gu­na de ellas. No sé si son men­ti­ras, fan­ta­sías o exa­ge­ra­cio­nes, lo que sí creo es que el Rey ha si­do un pi­lar fun­da­men­tal pa­ra la Tran­si­ción, la de­mo­cra­cia y el man­te­ni­mien­to del Es­ta­do de de­re­cho.

XL. Us­ted es­ta­ba aquel día en el he­mi­ci­clo sen­ta­da jun­to a Jo­sé Bono, que cuen­ta que cuan­do hu­bo dis­pa­ros us­ted di­jo: «¡Ay, mis hi­jos!».

S.B. Eso di­ce Bono, 30 años des­pués [son­ríe]. Yo lo que re­cuer­do es que fue un in­ten­to de gol­pe muy gra­ve, gra­ví­si­mo, y muy mal or­ga­ni­za­do. En el li­bro des­cri­bo có­mo en­tra­ban y sa­lían los gol­pis­tas sin or­den, có­mo dis­cu­tían y se pe­lea­ban en­tre ellos… Y cuen­to que, en uno de esos mo­men­tos de con­fu­sión, yo me es­ca­bu­llí del he­mi­ci­clo y fui co­rrien­do a mi des­pa­cho con la idea de co­mu­ni­car al ex­te­rior por te­lé­fono lo que allí es­ta­ba ocu­rrien­do, y que me en­con­tré tum­ba­do y dur­mien­do en un pe­que­ño so­fá de mi des­pa­cho a un jo­ven que te­nía en el sue­lo una me­tra­lle­ta. Me asus­té y vol­ví al he­mi­ci­clo, pe­ro eso de­mos­tra­ba el caos en el que es­ta­ban su­mi­dos.

XL. Hay otro mo­men­to en su vi­da po­lí­ti­ca que po­si­ble­men­te ha mar­ca­do un an­tes y un des­pués: el ase­si­na­to a ma­nos de ETA del ma­tri­mo­nio Ji­mé­nez-Be­ce­rril. Di­ce que en es­te li­bro cuen­ta por pri­me­ra vez lo que vio y lo que vi­vió aque­lla no­che.

S.B. En mu­chas oca­sio­nes he ha­bla­do del da­ño pro­du­ci­do a la fa­mi­lia; pe­ro lo que no ha­bía he­cho nun­ca es con­tar lo que yo vi y vi­ví aquel día.

XL. ¿Por qué?

S.B. Se­gún he leí­do, en tes­ti­mo­nios de per­so­nas que han vi­vi­do he­chos pa­re­ci­dos, por­que no se quie­re re­vi­vir. Se es­ta­ble­ce una de­fen­sa que ha­ce que cues­te mu­chos años po­der ver­ba­li­zar­lo. Y lo ha­go aho­ra por­que, al es­cri­bir so­bre mi vi­da mu­ni­ci­pal en Se­vi­lla, ni de­bo ni he que­ri­do de­jar de men­cio­nar y de re­cor­dar lo que pa­só.

XL. ¿Hay al­go en su re­la­to que no co­no­cía­mos?

S.B. Sí. Cuen­to có­mo vi el cuer­po de mis ami­gos (Alberto y As­cen­sión) na­da más pro­du­cir­se el aten­ta­do y otras co­sas más de las que no ha­bía ha­bla­do nun­ca. Y, sien­do de­fen­so­ra del pue­blo, fui a la Au­dien­cia Na­cio­nal a es­cu­char a los au­to­res de ese ase­si­na­to y tam­bién lo cuen­to en el li­bro.

XL. Na­rra en el li­bro que, el 29 de enero de 1998 por la tar­de, Alberto Ji­mé­nez-Be­ce­rril y otros com­pa­ñe­ros del Ayun­ta­mien­to ha­bían asis­ti­do a una con­fe­ren­cia que us­ted da­ba en el Co­le­gio Ma­yor de los Sa­le­sia­nos de Se­vi­lla y que, al ter­mi­nar, ellos se fue­ron a to­mar al­go a un bar que so­lían fre­cuen­tar los con­ce­ja­les y que us­ted se fue a su ca­sa.

S.B. Es así. Des­pués, bien en­tra­da la no­che, so­nó el te­lé­fono de mi ca­sa. Era pa­ra co­mu­ni­car­me que aca­ba­ban de ma­tar a Alberto en la ca­lle Re­mon­do. Me ves­tí y fui co­rrien­do ha­cia allí. A po­cos me­tros de su ca­sa ya­cían los cuer­pos de los dos. Los ha­bían se­gui­do cuan­do sa­lie­ron del lo­cal en el que

ha­bían es­ta­do to­man­do al­go. Un par de ho­ras des­pués, Ma­yor Ore­ja y Ja­vier Are­nas me con­fir­ma­ron que ha­bía si­do ETA. Te­nían tres hi­jos, de 4, 7 y 8 años. Yo no me atre­vía a lla­mar a Te­re, la ma­dre de Alberto, pa­ra co­mu­ni­car­le una no­ti­cia así y de­ci­dí lla­mar a su tío Ga­briel Ro­jas y al her­mano de As­cen.

XL. Cuen­ta que, unos me­ses des­pués, Fran­cis­co Gi­mé­nez-Ale­mán, en­ton­ces di­rec­tor de ABC, la lla­ma pa­ra de­cir­le que, tres días an­tes del aten­ta­do de Ji­mé­nez-Be­ce­rril, el 27 de enero, ETA ha­bía in­ten­ta­do aten­tar con­tra us­ted.

S.B. Sí, me lla­mó pa­ra de­cir­me que, tras ser de­te­ni­dos, en la de­cla­ra­ción que ha­bían he­cho los au­to­res en la co­man­dan­cia de Tres Can­tos, con­fe­sa­ron que tres días an­tes me ha­bían pre­pa­ra­do un co­che bom­ba y que fa­lló el dis­po­si­ti­vo de co­ne­xión cuan­do fue­ron a ac­ti­var­lo. En ese mo­men­to so­lo pen­sé en la bue­na suer­te que ha­bía­mos te­ni­do el con­duc­tor, el po­li­cía que me acom­pa­ña­ba y yo, y en la ma­la suer­te que ha­bían te­ni­do mis com­pa­ñe­ros.

XL. ¿Cree que, si a los te­rro­ris­tas no les hu­bie­ra fa­lla­do el dis­po­si­ti­vo que ac­ti­va­ba aquel co­che bom­ba a su pa­so, Alberto y As­cen­sión hoy es­ta­rían vi­vos?

S.B. Sí, si hu­bie­ran acer­ta­do con­mi­go, Alberto y As­cen­sión se hu­bie­ran sal­va­do. Lo he pen­sa­do mu­chas ve­ces, cla­ro que sí.

XL. Mi­kel Azur­men­di y Jo­sé Luis Ba­rrios fue­ron con­de­na­dos a 30 años de cár­cel co­mo coau­to­res del do­ble ase­si­na­to.

S.B. Y lue­go fue­ron con­de­na­dos a otros 36 años por do­ble in­ten­to de aten­ta­do con­tra el al­cal­de de Gra­na­da y con­tra mí. Y Kan­tau­ri, que es­ta­ba al man­do del Co­man­do An­da­lu­cía y que fue quien dio la or­den de «le­van­tar un con­ce­jal, ya», fue con­de­na­do a 56 años.

XL. ¿Se han da­do los pa­sos co­rrec­tos en la lu­cha con­tra ETA, es una eta­pa ce­rra­da?

S.B. Se han he­cho bien mu­chas co­sas, mu­chas; en­tre las Fuer­zas de Se­gu­ri­dad, la Jus­ti­cia y las ins­ti­tu­cio­nes he­mos con­se­gui­do ga­nar a ETA. Pe­ro no es una eta­pa ce­rra­da, por­que hay mu­chos aten­ta­dos sin re­sol­ver y eso cau­sa mu­cho do­lor a las fa­mi­lias. Hay más de 300 per­so­nas ase­si­na­das por ETA sin que se co­noz­ca quié­nes fue­ron los au­to­res de esos aten­ta­dos y hay que in­ten­tar que es­tos he­chos no pres­cri­ban. Es fun­da­men­tal des­cu­brir quié­nes fue­ron y po­der juz­gar­los. Pe­ro pa­ra mí es ca­si una ob­se­sión sa­ber quié­nes han si­do los que han de­ci­di­do los aten­ta­dos y se­lec­cio­na­do a las víc­ti­mas. Te­ne­mos que sa­ber tam­bién quié­nes fue­ron los que no em­pu­ña­ron las ar­mas.

XL. Cin­co años des­pués de ser nom­bra­da de­fen­so­ra del pue­blo, re­nun­ció al car­go. ¿Cree que el pa­pel del de­fen­sor del pue­blo in­tere­sa y es­tá re­co­no­ci­do?

S.B. Me­nos que otras ins­ti­tu­cio­nes, por­que no es una ins­ti­tu­ción de pe­lea ni de bronca. El de­fen­sor ha­cer su la­bor la ma­yo­ría de las ve­ces en si­len­cio.

XL. ¿Por qué en si­len­cio?

S.B. Por­que con­lle­va el ano­ni­ma­to de la per­so­na a la que atien­des, y eso es im­por­tan­tí­si­mo. Cuan­do te lle­ga una que­ja, ac­túas y les di­ces lo que pa­sa al mi­nis­tro o a la al­cal­de­sa que co­rres­pon­da pa­ra que bus­que la so­lu­ción.

XL. ¿Es­tá sa­tis­fe­cha con su la­bor co­mo de­fen­so­ra del pue­blo?

S.B. Me ha gus­ta­do mu­cho ser­lo, pe­ro no es un car­go que pro­duz­ca sa­tis­fac­cio­nes por­que siem­pre se que­dan co­sas en el ca­mino. No es una ins­ti­tu­ción pa­ra ala­ban­zas ni fe­li­ci­ta­cio­nes… pe­ro re­suel­ve mi­les de que­jas. Cuan­do me fui el año pa­sa­do, lo de­jé con un 82 por cien­to de acep­ta­ción de la que­ja re­ci­bi­da; se nos dio la ra­zón en un al­tí­si­mo por­cen­ta­je de ca­sos.

XL. ¿Qué tal su pri­mer año re­ti­ra­da de la po­lí­ti­ca?

S.B. Pues muy bueno. Pa­ra mí, la vi­da pú­bli­ca se ha aca­ba­do. Aho­ra soy una es­pec­ta­do­ra a la que le in­tere­sa la po­lí­ti­ca, pe­ro que la ve con mu­cha me­nos pa­sión y bas­tan­te frial­dad.

¿Y ES­TA CHI­CA QUÉ HA­CE AQUÍ? Lle­va­ba 2 años en po­lí­ti­ca cuan­do lle­gó al Con­gre­so en 1977. Te­nía 33 años, de las más jó­ve­nes de la cá­ma­ra, y fue re­ci­bi­da con des­dén por mu­chos dipu­tados. UN GOL­PE CAÓ­TI­CO El 23-F, Be­ce­rril era dipu­tada de UCD. «Re­cuer­do un mo­men­to en que me es­ca­bu­llí a mi des­pa­cho y en­con­tré dor­mi­do allí a un jo­ven con su me­tra­lle­ta en el sue­lo. Aque­llo fue un caos». PIO­NE­RA SIN CUO­TAS Leo­pol­do Cal­vo So­te­lo la con­vir­tió en la pri­me­ra mu­jer mi­nis­tra tras el fran­quis­mo. Años des­pués, le de­di­có sus me­mo­rias: «A So­le­dad, que no ne­ce­si­tó el 25 por cien­to pa­ra en­trar en un Go­bierno».

UN RE­TI­RO CER­CA DE LA FA­MI­LIA Su úl­ti­mo car­go pú­bli­co fue el de de­fen­so­ra del pue­blo, has­ta 2017. Hoy vi­ve en Ma­drid, cer­ca de sus hi­jos y nie­tos.

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