La on­da só­ni­ca

El Periódico de Catalunya (Castellano) - - Gran Barcelona - JA­VIER Pé­rez An­dú­jar

En BCN no so­mos na­da sin Tin­tín, y es­to es lo que por en­ci­ma de to­do nos une a Bruselas

Es­te año, el gol­pe de efec­to de la Dia­da ha con­sis­ti­do en pro­yec­tar una ola de so­ni­do que re­co­rrió bue­na par­te de la Dia­go­nal. En Bar­ce­lo­na no so­mos na­da sin Tin­tín, y es­to es lo que por en­ci­ma de to­do nos une a Bruselas. No hay ciu­dad más tin­ti­nó­fi­la que la nues­tra, ni si­quie­ra Pa­rís, que tan­tas ve­ces ha pre­ten­di­do adue­ñar­se del per­so­na­je y de su mun­do. En ese es­fuer­zo de los fran­ce­ses ha­bi­ta el afán co­lo­nial, el fre­ne­sí de ejer­cer el do­mi­nio to­tal so­bre una len­gua que no so­lo se ha­bla en Fran­cia, na­cie­ra don­de na­cie­ra.

Los idiomas son co­mo las per­so­nas, no tie­nen una so­la raíz, o siem­pre es­tá muy lejana, ellos mis­mos son el sus­tra­to, una in­fi­ni­ta acu­mu­la­ción de sus­tra­tos. Bar­ce­lo­na, el puer­to con sus grúas, los en­can­tes, una ciu­dad no muy gran­de pe­ro tam­po­co pe­que­ña, sus ha­bi­tan­tes dis­pa­ra­ta­dos, bur­gue­ses so­lem­nes y po­lí­ti­cos pin­to­res­cos, el periódico en los trans­por­tes pú­bli­cos (dis­cul­pen el anacro­nis­mo), hom­bres de ne­go­cios lle­ga­dos de paí­ses le­ja­nos, in­di­gen­tes mis­te­rio­sos, su cie­lo plo­mi­zo (Bar­ce­lo­na tie­ne una llu­via muy eu­ro­pea), las ca­lles (de las vi­ñe­tas) don­de se cru­za la gen­te con ape­lli­dos fla­men­cos y va­lo­nes, aun­que en el te­beo so­lo se ex­pre­san en una len­gua y así re­cuer­dan que un idio­ma ofi­cial, el que sea, tan so­lo es un pac­to, una fic­ción, y en la reali­dad es­tá ocu­rrien­do otra co­sa (y eso no hay quien lo con­tro­le, por­que de lo­grar­lo se­ría el fin de la his­to­ria)..., es to­do es­to lo que con­vier­te a Bar­ce­lo­na en la au­tén­ti­ca ciu­dad de Tin­tín.

De las ac­cio­nes, o co­mo se di­ga es­to que an­tes he lla­ma­do gol­pe de efec­to, de las úl­ti­mas dia­des ha si­do la de es­te sep­tiem­bre la más fas­ci­nan­te, pues en­tron­ca con el ini­cio de una de las más con­mo­ve­do­ras aven­tu­ras de Tin­tín, El asun­to Tor­na­sol. Es la que en par­te trans­cu­rre en Sui­za, con la con­fe­ren­cia nu­clear en Ginebra y el ho­tel Cor­na­vin fren­te a la es­ta­ción de tre­nes de esa ciu­dad y el cie­lo en­re­ja­do por los ca­bles del tran­vía. Son mag­né­ti­cas sus pri­me­ras pá­gi­nas, don­de Mou­lin­sart su­fre el ata­que de los ul­tra­so­ni­dos, un ar­ma se­cre­ta ca­paz de des­truir cual­quier co­sa que se pon­ga por de­lan­te. La apa­ri­ción de las on­das es­tá pre­ce­di­da por la llu­via en el cam­po, los pa­ra­guas vuel­tos, los re­lám­pa­gos, los cris­ta­les que es­ta­llan sin ex­pli­ca­ción y la irrup­ción de Serafín La­tón, el ven­de­dor de se­gu­ros (al que Her­gé di­jo ha­ber crea­do co­mo ca­ri­ca­tu­ra de la cla­se me­dia bel­ga y del pe­sa­do que va con su fa­mi­lia a to­das par­tes).

Cuan­do Puig­de­mont se afin­có en Wa­ter­loo, fue Mou­lin­sart lo pri­me­ro que me vino a la ca­be­za

Víc­ti­ma y pro­ta­go­nis­ta

En es­te ál­bum, el per­so­na­je más frá­gil, más des­va­li­do, es víc­ti­ma y pro­ta­go­nis­ta. Ha si­do se­cues­tra­do y su­plan­ta­do por un do­ble. Bor­du­rios y syl­da­vos siem­pre a la gre­ña, y él lo pa­ga. En la por­ta­da, Tin­tín y Had­dock ocul­tan a su que­ri­do Tor­na­sol tras una ro­ca, lo po­nen a sal­vo de los sol­da­dos, y el pro­fe­sor ya­ce in­cons­cien­te en bra­zos de sus ami­gos. ¿Re­cuer­dan el en­tie­rro de Cris­to de Ca­ra­vag­gio, o me­jor el de Ti­ziano, que es­tá en el Pra­do? Pues es eso lo que ha re­pre­sen­ta­do Her­gé en es­ta cu­bier­ta. El ca­pi­tán Had­dock, lo mis­mo que Jo­sé de Ari­ma­tea, su­je­ta de las axi­las el cuer­po ya­cen­te de ese hom­bre que fue ca­paz de obrar pro­di­gios, aquí el lien­zo que lo re­cu­bre es su eterno ga­bán ver­de, y a sus pies Tin­tín ayu­da y vi­gi­la igual que hi­zo Ni­co­de­mo. Es­tán jun­to a unas rocas co­mo ho­me­na­je al se­pul­cro ca­va­do en otra ro­ca. Y por la co­li­na cam­pa el ejér­ci­to bor­du­rio al mo­do de sol­da­dos ro­ma­nos.

El asun­to Tor­na­sol es un ál­bum de pasión des­de an­tes de abrir­lo. Es tam­bién el li­bro de un pro­fe­ta, la pro­fe­cía de un di­bu­jan­te que va­ti­ci­na el fu­tu­ro en dos hi­le­ras de vi­ñe­tas. Ábran­lo po­co an­tes del fi­nal, y mi­ren la par­te ba­ja de la pá­gi­na. Un mo­ni­tor de te­le­vi­sión re­trans­mi­te el tem­blor, el de­rrum­bar­se de unos ras­ca­cie­los, «or­gu­llo­sos edi­fi­cios», al otro la­do del Atlán­ti­co. Aquí han si­do los ul­tra­so­ni­dos, no un par de avio­nes; pe­ro las imá­ge­nes so­la­men­te nos ha­blan de la ima­gen, de lo que ve­mos, no de sus cau­sas. Ha­ce tiem­po que to­dos hablamos de no­so­tros mis­mos sin pa­rar, y es­to ha pa­sa­do tam­bién a la po­lí­ti­ca. De mo­do que, re­cu­rrien­do a un re­trué­cano, po­dría­mos de­cir que la po­lí­ti­ca no es más que ima­gen.

El mun­do en los te­beos

No pue­do en­ten­der el mun­do si no es con los te­beos. A de­cir ver­dad, lo que com­pren­do son los te­beos y lo de­más se me es­ca­pa. Así, cuan­do Puig­de­mont y su equi­po se afin­ca­ron en Wa­ter­loo, fue Mou­lin­sart lo pri­me­ro que me vino a la ca­be­za. Ya sé que una y otra re­si­den­cia no tie­nen na­da que ver, pe­ro tam­bién pue­de con­si­de­rar­se que am­bas son pro­duc­to de un uni­cor­nio (véa­se El se­cre­to del Uni­cor­nio). En El asun­to Tor­na­sol, Had­dock pro­ta­go­ni­za el gag de la ti­ri­ta, uno de los más cé­le­bres de la se­rie de Tin­tín. El ca­pi­tán vuel­ve en avión y de re­pen­te se da cuen­ta de que lle­va en la na­riz una ti­ri­ta que le pu­sie­ron me­dio ál­bum atrás. Ya no le ha­ce fal­ta, ha ci­ca­tri­za­do la he­ri­da; pe­ro la ti­ri­ta per­sis­te, es tan en­gan­cho­sa que cuan­do quie­re qui­tár­se­la se le pe­ga por to­das par­tes. Al fi­nal la pier­de de vis­ta, pe­ro se ha pe­ga­do a otros pa­sa­je­ros, y así van qui­tán­do­se­la de en­ci­ma has­ta que aca­ba en el pi­lo­to, que no en­tien­de de dón­de le ha ve­ni­do. Me­tá­fo­ras.

RI­CARD CU­GAT

As­pec­to del tra­mo de Pa­lau Reial en la ma­ni­fes­ta­ción de la úl­ti­ma Dia­da, en la que una ola sonora re­co­rrió la Dia­go­nal.

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