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ELLE Gourmet - - Sumario - ANA ES­CO­BAR ALMAVIVA ALIAS EX­PER­TA EN CO­MU­NI­CA­CIÓN Y GAS­TRO­NO­MÍA @anaes­co­ba­rayc

Las ex­pe­rien­cias de­li de Ana Es­co­bar.

Ha­ce unos me­ses, en el 20º aniver­sa­rio de Ca­nal Co­ci­na, me en­con­tré a Marisa Du­que, ter­ce­ra ge­ne­ra­ción al fren­te del res­tau­ran­te Du­que, en Segovia. Es­ta­ba fe­liz. Me con­tó que es­ta tem­po­ra­da va a pro­ta­go­ni­zar un pro­gra­ma en esa ca­de­na ti­tu­la­do Guar­dia­nes de tra­di­ción, de­di­ca­do a las fa­mi­lias que lle­van va­rias dé­ca­das re­pro­du­cien­do con sa­bi­du­ría y es­me­ro las recetas con más raí­ces de la gas­tro­no­mía es­pa­ño­la. Me pu­so fe­liz a mí tam­bién. Ten­go muy bue­nos re­cuer­dos de esa pro­vin­cia y de su co­ci­na por­que, de pe­que­ñi­ta, pa­sa­ba mu­chos fi­nes de se­ma­na en La Gran­ja de San Il­de­fon­so. En El Cha­to, uno de los es­tan­ques que hay en los jar­di­nes del pa­la­cio, na­dá­ba­mos en ve­rano; y en in­vierno me ti­ra­ba en tri­neo con mi her­mano Al­fre­do por las ca­lles del pue­blo. En una oca­sión no pu­di­mos fre­nar y en­tra­mos del ti­rón en el res­tau­ran­te Dó­lar, que es­tá jus­to al fi­nal de una gran cues­ta. Y, en­ton­ces..., ese aro­ma, que to­da­vía hoy me trae tan bue­nas sen­sa­cio­nes: el de los ju­dio­nes de La Gran­ja. Va­ya, no sue­na na­da sexy, pe­ro así es. Pa­re­ce que ya apun­ta­ba ma­ne­ras.

A Marisa se le ha­cía la bo­ca agua cuan­do le pre­gun­té por las no­ve­da­des en su car­ta; en­tre otras, me ci­tó las Ma­ni­tas re­lle­nas de pi­ño­nes y bo­le­tus, idea­les aho­ra que em­pie­zan a caer las ho­jas y aflo­ran las se­tas. El ca­so es que, cuan­do va­ya por allí, no po­dré re­sis­tir­me a su co­chi­ni­llo ni, so­bre to­do, a ese Souf­flé de co­las de can­gre­jo de río con sal­sa de gam­bas. Una re­ce­ta crea­da por el pa­dre de Marisa pa­ra su nie­ta An­drea co­mo re­ga­lo por su na­ci­mien­to.

Se acor­tan los días, las tar­des se pre­sen­tan más tran­qui­las... Es épo­ca de ju­dio­nes. ¡Ay! De lec­tu­ra, quie­ro de­cir. Y es que nun­ca creí ver­me le­yen­do en el sa­lón de ca­sa, to­da tran­qui­la, con un bol de fru­tos se­cos al al­can­ce de mi mano. La ima­gen, aho­ra ab­so­lu­ta­men­te real, tie­ne tres res­pon­sa­bles: por un la­do, Xa­bier Gu­tié­rrez –ami­go, co­ci­ne­ro, di­vul­ga­dor y au­tor del li­bro El bou­quet del mie­do, de Pla­ne­ta–; por otro, Dany Sa­rrouf y Mar­wan Ria­chi, dos li­ba­ne­ses afin­ca­dos en Madrid. Va­ya­mos por par­tes, por­que ima­gi­nar­me de­vo­ran­do una no­ve­la es fá­cil, es­pe­cial­men­te si es una bue­na his­to­ria de sus­pen­se con el mun­do del vino co­mo es­ce­na­rio prin­ci­pal y una enó­lo­ga ase­si­na­da en el pri­mer ca­pí­tu­lo (ten­go un ami­go que di­ce que las pe­lí­cu­las en las que mue­re al­guien en los 10 mi­nu­tos ini­cia­les son las me­jo­res), pe­ro... ¿qué pin­tan los fru­tos se­cos a mi la­do? Nun­ca he si­do afi­cio­na­da. Siem­pre he con­si­de­ra­do que en­gor­da­ban mo­go­llón y, ade­más, no soy ca­paz de con­te­ner­me una vez que em­pie­zo un pa­que­te. Os acor­da­réis del anun­cio de pa­ta­tas fri­tas que de­cía: «¿A que no pue­des co­mer só­lo una?». Pues yo ni una... ni tres, que fue exac­ta­men­te lo que me re­co­men­dó un en­tra­dor: «Y, a me­dia ma­ña­na, tres al­men­dras». «¿Có­mo que tres? ¿Na­da más que tres?», res­pon­día yo. Es que me da ri­sa –o ga­nas de llo­rar– cuan­do me doy cuen­ta de que exis­te gen­te con esa fuer­za de vo­lun­tad.

El ca­so es que en la ca­pi­tal (en Bra­vo Mu­ri­llo, 10) ha abier­to Nut­nut, un con­cep­to iné­di­to en Es­pa­ña que me ha re­con­ci­lia­do con las ave­lla­nas, las nue­ces, los anacar­dos, los pis­ta­chos y las al­men­dras. Los traen en ver­de de ca­da uno de sus orí­ge­nes y los tues­tan a dia­rio en una gran má­qui­na que pre­si­de la tien­da, don­de se ven­den a gra­nel. Son ma­ra­vi­llo­sos, y, apar­te de los tos­ta­dos, los hay con ade­re­zos. Son im­pres­cin­di­bles los anacar­dos con sa­bor a que­so man­che­go (¡mué­re­te!) y los ca­cahue­tes re­cu­bier­tos de ha­ri­na de maíz con chi­le, per­fec­tos pa­ra acom­pa­ñar unas ca­ñi­tas. O los de pi­mien­ta y li­món, o los de wa­sa­bi… Es­tán tan ri­cos que só­lo pien­so en sus be­ne­fi­cios nu­tri­cio­na­les, ¡que son mu­chí­si­mos! Me en­can­tan.

Lle­ga un oto­ño pa­ra re­la­mer­se con la co­ci­na de siem­pre, ha­cer­se con un buen li­bro y abri­gar­se en la me­jor com­pa­ñía. ❧

ES TIMPO DE APOS­TAR POR LA CO­CI­NA TRA­DI­CIO­NAL, FI­CHAR UN LI­BRO Y ABRI­GAR­SE EN LA ME­JOR COM­PA­ÑÍA

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