EL SAN­TO­RAL DE LOS APES­TA­DOS

Enigmas Monográfico - - MISTERIOS -

Du­ran­te la Edad Me­dia va­rios san­tos se eri­gie­ron co­mo pro­tec­to­res de la mu­che­dum­bre fren­te a la muer­te ne­gra. Las mi­sas y pro­ce­sio­nes so­lem­nes se con­vir­tie­ron en el úni­co re­me­dio, se­gún se creía, de apla­car la ira de Dios, así que al­gu­nos san­tos fue­ron res­ca­ta­dos del ol­vi­do, prin­ci­pal­men­te aque­llos que de­mos­tra­ron una gran re­sis­ten­cia al su­fri­mien­to. Es el ca­so de san Se­bas­tián, que ha­bía si­do fla­ge­la­do y asae­tea­do an­tes de mo­rir, y de san Ro­que, que se con­vir­tió a par­tir del si­glo XV en el abogado con­tra la peste en to­da Eu­ro­pa. Fue­ron tam­bién muy ha­bi­tua­les las gran­des pe­re­gri­na­cio­nes a Roma y a Santiago de Com­pos­te­la. En el si­glo XVII se­ría san Car­los Bo­rromeo quien se con­vir­tie­ra en pa­trón de los apes­ta­dos. És­te se ha­lla­ba en Mi­lán cuan­do la ciu­dad ita­lia­na, en 1576, fue aso­la­da por una epi­de­mia de muer­te ne­gra que se pro­pa­gó con gran vi­ru­len­cia. Aun­que el go­ber­na­dor y la gran ma­yo­ría de no­bles aban­do­na­ron la mis­ma, Car­los se que­dó a ve­lar por los en­fer­mos. To­dos aque­llos re­li­gio­sos que se que­da­ron a ayu­dar­le fue­ron alo­ja­dos en su pro­pia ca­sa y em­pe­ñó to­da su ha­cien­da en el cui­da­do de los apes­ta­dos. Mu­rió al pa­re­cer en olor de san­ti­dad en 1584 y fue in­tro­du­ci­do en una es­pec­ta­cu­lar ca­ja de pla­ta, re­ga­lo del rey es­pa­ñol Fe­li­pe IV. Su cuer­po se en­cuen­tra in­co­rrup­to en la ca­te­dral de Mi­lán.

Los ca­dá­ve­res se amon­to­na­ron en las gran­des po­bla­cio­nes. Pa­ra in­ten­tar fre­nar la ex­pan­sión de la pla­ga, se que­ma­ban los ca­dá­ve­res de los apes­ta­dos en las afue­ras y se los arro­ja­ba en gran­des zan­jas con­ver­ti­das en fo­sas co­mu­nes.

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