¿La úl­ti­ma no­ta del Ti­ta­nic?

Una ca­sa de subas­tas in­gle­sa ase­gu­ra ha­ber en­con­tra­do el vio­lín que so­nó en el trans­atlán­ti­co más fa­mo­so de to­dos los tiem­pos…

Enigmas - - ACTUALIDAD -

Mien­tras que el bar­co se hun­día, la or­ques­ta no de­jó de to­car. En me­dio del te­rror, el llan­to y la in­cer­ti­dum­bre, una me­lo­día ca­si di­vi­na in­ten­ta­ba ali­viar la de­s­es­pe­ran­za de ni­ños, jó­ve­nes y an­cia­nos. Los ecos ca­da vez más apa­ga­dos del Nea­rer, My God, To Thee –“Más cer­ca, mi Dios, de ti”– se es­cu­cha­ban en la cu­bier­ta y los ca­ma­ro­tes su­mer­gi­dos mien­tras lle­ga­ba el si­len­cio. En to­tal, unas 1.500 per­so­nas per­die­ron la vida aque­lla no­che. Y la música, la música de ocho va­lien­tes nun­ca de­jó de so­nar.

Más de cien años des­pués de los trá­gi­cos he­chos, la ca­sa de subas­tas Henry Al­drid­ge and Son, ubi­ca­da en Reino Uni­do, ase­gu­ra que tie­ne en su po­der una jo­ya his­tó­ri­ca: el au­tén­ti­co vio­lín que so­nó en el Ti­ta­nic du­ran­te aque­lla ma­dru­ga­da del 15 de abril de 1912. El mis­mo que per­te­ne­ció a Wa­lla­ce Hartley, el di­rec­tor de la or­ques­ta, y que se­gún la le­yen­da, se en­con­tró días más tar­de en el mar ata­do al cuer­po del vio­li­nis­ta. Co­mo si fue­ra una mo­ne­da de pa­so ha­cia la eter­ni­dad.

Se­gún ha tras­cen­di­do a la luz pú­bli­ca, el vio­lín fue ha­lla­do por azar en el año 2006 en la ca­sa de un mú­si­co afi­cio­na­do. Al pa­re­cer, el ins­tru­men­to ha­bía lle­ga­do has­ta allí tras ser re­cu­pe­ra­do de las aguas del Atlán­ti­co y ha­ber pa­sa­do por va­rias per­so­nas, en­tre ellas Ma­ria Ro­bin­son, la pa­re­ja sen­ti­men­tal de Wa­lla­ce Hartley. Tras el fa­lle­ci­mien­to de la se­ño­ra en 1939, su her­ma­na do­nó to­dos sus en­se­res, in­clui­do el vio­lín, al Ejér­ci­to de Sal­va­ción de Brid­ling­ton, que a su vez lo re­ga­ló a uno de sus miem­bros, un maes­tro lo­cal de música que ha per­ma­ne­ci­do en el ano­ni­ma­to.

Sin em­bar­go, des­de la So­cie­dad His­tó­ri­ca del Ti­ta­nic – THS– se ha pues­to en du­da su au­ten­ti­ci­dad con la ar­gu­men­ta­ción de que en el in­ven­ta­rio de los efec­tos per­so­na­les re­cu­pe­ra­dos de Wa­lla­ce Hartley no fi­gu­ra­ba nin­gu­na ma­le­ta de vio­lín. Por otro la­do, los des­cu­bri­do­res han in­di­ca­do nu­me­ro­sas prue­bas cien­tí­fi­cas rea­li­za­das so­bre la su­pues­ta re­li­quia y, se­gún las úl­ti­mas in­for­ma­cio­nes, el ins­tru­men­to po­drá ser vis­to en Bel­fast, el lu­gar don­de se cons­tru­yó el mítico trans­atlán­ti­co.

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