No de­ja de ser cu­rio­so que el Grial sea uno de los úl­ti­mos ele­men­tos que aña­dis­te a la no­ve­la…

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Yo me he cui­da­do mu­cho de que los per­so­na­jes de­ba­tan so­bre el mis­te­rio y es­tán la del es­cép­ti­co, la del cre­yen­te, del fa­ná­ti­co in­clu­so, del su­pers­ti­cio­so… Hay des­de pro­fe­so­res de li­te­ra­tu­ra que creen que el Grial es una en­te­le­quia, a los que vie­nen del mun­do más ecle­siás­ti­co y que es­tán con­ven­ci­dos de que es una reali­dad, has­ta vi­den­tes que ven en él ca­si un ele­men­to de ilu­mi­na­ción in­te­rior. To­do es­to se con­fron­ta en es­te li­bro, pe­ro es­tá es­cri­to por al­guien que co­no­ce la mé­du­la de es­te de­ba­te y he po­di­do in­yec­tar­lo de ma­ne­ra bien cons­trui­da den­tro de la obra. No es una vi­sión ex­ter­na o su­per­fi­cial, es una vi­sión pro­fun­da. Y lo que yo pre­ten­do con El fue­go in­vi­si­ble es sa­cu­dir los ci­mien­tos del lec­tor. Sé que esa se­rá la mi­sión sa­gra­da de la no­ve­la, sa­cu­dir al lec­tor, ha­cer­le ver más allá de lo vi­si­ble. Por eso tie­ne la siguiente de­di­ca­to­ria: “A quie­nes son ca­pa­ces de ver lo que otros ni atis­ba­mos”.

Lle­vas to­da tu vi­da de­di­ca­do a la in­ves­ti­ga­ción y di­vul­ga­ción del mis­te­rio, ¿re­ci­bes es­te pre­mio co­mo una es­pe­cie de do­ble ga­lar­dón, por un la­do un re­co­no­ci­mien­to a tu tra­yec­to­ria li­te­ra­ria y por otro el he­cho de que a un pe­rio­dis­ta de­di­ca­do a es­tos te­mas tan de­nos­ta­dos le re­co­noz­can con un Pla­ne­ta?

Yo lo sien­to co­mo un pre­mio que no es só­lo mío, sino de to­dos esos lec­to­res que me han acom­pa­ña­do des­de ha­ce años en las pá­gi­nas de las re­vis­tas es­pe­cia­li­za­das; en las no­ches de ra­dio; en las con­fe­ren­cias en pe­que­ños pue­blos; en las con­ver­sa­cio­nes de ca­fé con com­pa­ñe­ros de in­ves­ti­ga­ción, de via­je… Es un pre­mio tam­bién de los tes­ti­gos que me han ha­bla­do de lo ma­ra­vi­llo­so que les ha cam­bia­do su vi­da. Es un pre­mio pa­ra to­da es­ta gen­te, que aho­ra se ma­te­ria­li­za en un Pla­ne­ta y es vi­si­ble, pe­ro que en reali­dad sub­ra­ya, va­lo­ra una for­ma de vi­da que es­tá en­tre no­so­tros y que a ve­ces pa­sa des­aper­ci­bi­da.

¿Hay al­go que, por cues­tión de es­pa­cio, de tra­ma… te ha­yas de­ja­do fue­ra de

El Fue­go In­vi­si­ble? Hay un ele­men­to que sí que he de­ja­do un po­co fue­ra aun­que se atis­ba, que es la mú­si­ca. Si re­fle­xiono en la no­ve­la so­bre el ori­gen de las ideas y so­bre las fuen­tes de la ins­pi­ra­ción y es­ta­blez­co un de­ba­te so­bre si esas fuen­tes son aje­nas al ser hu­mano o in­te­rio­res, eso se ve en la li­te­ra­tu­ra, pe­ro don­de se ve mu­cho es en la mú­si­ca. Cuan­do uno pa­sea por gran­des bio­gra­fías de mú­si­cos co­mo Brahms, Beet­ho­ven, Mo­zart, ter­mi­nan con­fe­san­do que la ins­pi­ra­ción les vie­ne de fue­ra, que es al­go que se le dic­ta des­de no se sa­be dón­de. A mí me fas­ci­nó, qui­se ha­ber­lo desa­rro­lla­do más en la no­ve­la y no lo hi­ce por fal­ta de es­pa­cio. Yo que­ría ha­cer una no­ve­la so­bre el pro­ce­so crea­ti­vo y que tra­ta­ra de re­sol­ver la pre­gun­ta que apa­re­ce co­mo pri­mer in­te­rro­gan­te en la tra­ma: “¿De dón­de vie­nen las ideas?”, pe­ro ne­ce­si­ta­ba un ar­que­ti­po, al­go po­ten­te que die­ra sen­ti­do a to­da esa in­ves­ti­ga­ción. Aca­ba­ba de leer La lámpara ma­ra­vi­llo­sa, de Valle-In­clán, que me da­ba una pis­ta con el pro­pio tí­tu­lo, pe­ro al ter­mi­nar­lo re­ci­bí la in­vi­ta­ción de Sán­chez-Dra­gó pa­ra par­ti­ci­par en uno de sus en­cuen­tros eleu­si­nos, en el que se ha­bla­ría del Grial. Me pi­die­ron que die­ra una char­la y apro­ve­ché pa­ra co­no­cer a al­gu­nas de las per­so­nas que iban, en es­pe­cial a Vic­to­ria Cir­lot. Fru­to de aque­llo, sur­gió la cer­te­za de que lo que bus­ca­ba en reali­dad era el Grial y ahí es­ta­ble­cí el víncu­lo y la no­ve­la em­pe­zó a fluir de otra ma­ne­ra.

Se pro­du­ce un des­cu­bri­mien­to en ese ca­mino que es lo que a mí me con­ven­ce de que ten­go que ha­cer es­ta no­ve­la. Vic­to­ria Cir­lot ex­pli­có en aque­lla oca­sión que el ori­gen de lo que hoy co­no­ce­mos co­mo Grial na­ce en el si­glo XII. An­tes, no hay alu­sio­nes. Tie­ne ori­gen en un cuen­to es­cri­to por Ch­ré­tien de Tro­yes en 1180, don­de apa­re­ce por vez pri­me­ra el vo­ca­blo. El au­tor lo des­cri­be co­mo una es­pe­cie de cuen­co del que irra­dia una luz tan po­de­ro­sa que opa­ca las ve­las que hay en una sa­la del castillo al que lle­ga el protagonista de ese ro­man­ce: Per­ci­val el ca­ba­lle­ro. Lo cu­rio­so es que, exac-

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