EL SAN­TO CON ES­CA­FAN­DRA

Enigmas - - SEÑALES -

En la ico­no­gra­fía clá­si­ca sue­le re­pre­sen­tar­se a San Mi­guel ves­ti­do con ar­ma­du­ra y yel­mo. Lo que lla­ma la aten­ción en es­ta pie­za es que el casco que to­ca su ca­be­za es muy pe­cu­liar, tan­to, que hay quien ha vis­to en ella la ima­gen de un as­tro­nau­ta con es­ca­fan­dra –o una suer­te de bu­zo–, con­vir­tien­do así a la ta­lla en una suer­te de oo­part –Ob­je­to fue­ra de su tiem­po por sus si­glas en in­glés–, aun­que pa­re­ce po­co pro­ba­ble. Una le­yen­da muy cé­le­bre cuen­ta que, en el si­glo VIII, en el va­lle na­va­rro de Go­ñi, vi­vía don Teo­do­sio, se­ñor de la co­mar­ca. Cuan­do re­gre­só de lu­char con­tra los ára­bes, se en­con­tró en el ca­mino con un diablo dis­fra­za­do de er­mi­ta­ño que le di­jo que su mu­jer le ha­bía es­ta­do en­ga­ñan­do con un criado. Cuan­do vol­vió a su ho­gar, lleno de ira, atra­ve­só con su es­pa­da a la pa­re­ja que ya­cía en su ca­ma pa­ra des­cu­brir, ho­rro­ri­za­do, que se tra­ta­ba en reali­dad de sus pa­dres. Co­mo pe­ni­ten­cia, el Pa­pa le con­de­nó a va­gar por los mon­tes car­gan­do una cruz y ata­do con unas ca­de­nas has­ta que és­tas se rom­pie­ran. Un buen día se le apa­re­ció un dra­gón, y el pe­ni­ten­te in­vo­có a San Mi­guel, que ma­tó a la bes­tia ala­da y lo li­be­ró de sus ata­du­ras. En ese mis­mo lu­gar Teo­do­sio man­dó eri­gir el san­tua­rio en el que se guar­dan las ca­de­nas y se ve­ne­ra la re­li­quia del san­to.

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