Mar­wan

HI­JO DE PA­LES­TINO Y SO­RIA­NA, LO MIS­MO LLE­NA SA­LAS DE CON­CIER­TOS QUE VEN­DE LI­BROS CO­MO CHU­RROS. Y TO­DO GRA­CIAS A LOS POE­MAS QUE COL­GA­BA EN LAS RE­DES

Esquire (Spain) - - Esquire & Trussardi-riflesso - TEX­TO ANA TRASOBARES FO­TO­GRA­FÍA AL­FRE­DO ARIAS

ES­CRI­BO HAS­TA EN LAS BOL­SAS DE VO­MI­TAR DE LOS AVIO­NES, in­clu­so al­gu­nas de mis me­jo­res can­cio­nes –si las hay, (ri­sas)– las he es­cri­to ahí. Los via­jes inspiran, por­que el mo­vi­mien­to no so­lo es fí­si­co, tam­bién es emo­cio­nal. Por eso los pe­ri­pa­té­ti­cos de la an­ti­gua Gre­cia f lo­so­fa­ban mien­tras da­ban vuel­tas. Por lo vis­to, a par­tir de los 20 mi­nu­tos ca­mi­nan­do se ac­ti­van cier­tos cir­cui­tos ce­re­bra­les que fa­vo­re­cen el pen­sa­mien­to. Yo he es­cri­to can­cio­nes en­te­ras an­dan­do.

EL CAN­TAR DEL MIO CID fue el pri­mer li­bro de poesía que me mar­có. Me lo man­da­ron en 2º de BUP y lo dis­fru­té a pe­sar de que era obli­ga­to­rio. Leía y pen­sa­ba: “Una aven­tu­ra to­tal con­ta­da en ri­ma. ¡Qué pa­sa­da!”. Ya con 17 años co­no­cí a Be­ne­det­ti gra­cias a mi her­mano y me lo me­tí en ve­na, co­mo to­dos los jó­ve­nes.

LA ETI­QUE­TA DE ‘POE­TAS POP’ no me dis­gus­ta pa­ra na­da, pue­de que in­clu­so la ha­ya pues­to yo (ri­sas). Es pop por­que es po­pu­lar, cercana, accesible, pe­ro tam­bién muy va­ria­da, ¿eh?: Car­los Sa­lem, Es­can­dar, El­vi­ra Sas­tre, Luis Ramiro… Si soy sin­ce­ro, me en­can­ta que en lu­gar de leer­me cien per­so­nas me lean 70.000. Ha­brá poe­tas me­jo­res, más cul­tos o más críp­ti­cos o más ba­rro­cos. Me pa­re­ce per­fec­to. Ellos tie­nen su ni­cho y yo el mío.

LAS RE­DES SO­CIA­LES han si­do un ca­ta­li­za­dor de la poesía. Cuan­do em­pe­cé, com­po­nía un poe­ma, lo col­ga­ba y de re­pen­te 8.000 ‘me gus­tas’, no sé cuan­tos ‘com­par­ti­dos’ y mu­chas más lo­cu­ras, co­mo pe­dir­me que les es­cri­bie­ra mis poe­mas con mi le­tra pa­ra ta­tuár­se­los. Es­toy muy agra­de­ci­do a las re­des so­cia­les, cla­ro. ¿La par­te ne­ga­ti­va? Que nos es­pían, que opi­na­mos a lo lo­co… Yo com­pa­ro las re­des so­cia­les con una ba­rra de bar gi­gan­te don­de to­do el mun­do co­men­ta. Ma­cha­do de­cía una co­sa que nos vie­ne al pe­lo: “El lu­jo no es de­cir lo que se pien­sa, sino pen­sar lo que se di­ce”.

ME GUS­TA MU­CHO LA POESÍA ERÓ­TI­CA, la que tra­ta de trans­mi­tir sen­sa­cio­nes, si­tua­cio­nes y de­seos rea­les sin nin­gún ti­po de ma­qui­lla­je. En pa­re­ja el amor es­tá muy cer­ca del se­xo. Y co­mo son mo­men­tos de gran in­ten­si­dad y yo soy un in­ten­so (ri­sas), pues tam­bién me gus­ta es­cri­bir so­bre ello. Tam­bién con­ci­bo el se­xo sin amor, por su­pues­to, pe­ro no apor­ta ple­ni­tud. Si no es­pe­ras na­da más, es una fuen­te de dis­fru­te muy sa­na y pun­to.

HE VI­VI­DO LA MIS­MA CAN­TI­DAD DE AMOR, DESAMOR, fe­li­ci­dad y de­sen­ga­ños que cual­quier otra per­so­na, so­lo que yo ref exiono más so­bre ello y lo trans­for­mo en poe­mas, co­mo en mi úl­ti­mo li­bro, Los amo­res im­pa­ra­bles.

SOY UN CHA­VAL DEL BA­RRIO DE ALUCHE y de ni­ño fui un pie­za. Es­tu­ve muy per­di­do en la ado­les­cen­cia. Era un gam­be­rro, un va­ci­lón, me me­tía en líos… Y tam­bién era muy sen­si­ble. To­dos te­ne­mos esa dua­li­dad. Por eso con mi tra­ba­jo intento acom­pa­ñar al que me lee, y no sol­tar mis poe­mas sin más. A mí me ayu­da­ron mu­cho Sa­bi­na, Se­rrat o Is­mael Se­rrano.

HE HE­CHO MU­CHA PSICOTERAPIA a lo lar­go de mi vi­da. Em­pe­cé con 17 años cuan­do mi ma­dre co­men­zó a ver que no ges­tio­na­ba bien las emo­cio­nes. Me re­co­men­dó que le­ye­ra La in­te­li­gen­cia emo­cio­nal de Da­niel Go­le­man, pe­ro no le hi­ce ca­so. Cuan­do por fn lo leí me vino ge­nial y em­pe­cé a in­tere­sar­me por la anato­mía de los sen­ti­mien­tos, por la psi­co­lo­gía y tam­bién co­men­cé a es­cri­bir mis pri­me­ras can­cio­nes. Fue y va to­do muy li­ga­do. De los 26 a los 30 vol­ví a ha­cer mu­cha psicoterapia. Pa­ré y lo re­to­mé de los 34 a los 38, o sea, has­ta el año pa­sa­do.

LOS PA­LES­TI­NOS NO HA­BLAN DE CON­FLIC­TO por­que no es un conf ic­to, es una ocu­pa­ción. Y ocu­par un país es un de­li­to. Los is­rae­líes no pa­ran de ane­xio­nar­se tie­rras con la per­mi­si­vi­dad de la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal, que no in­ter­vie­ne por in­tere­ses eco­nó­mi­cos. Ló­gi­ca­men­te, es­te te­ma siem­pre ha es­ta­do en mi ca­sa so­bre la me­sa. Hay un poe­ma en mi li­bro que se ti­tu­la 1950-1967, Pa­les­ti­na en el que re­la­to la vi­da de mi pa­dre co­mo re­fu­gia­do, lo que su­frió de ni­ño, las hu­mi­lla­cio­nes, có­mo lu­chó en la gue­rra de los Seis Días con 16 años… Es te­rri­ble que hoy si­gan en­car­ce­lan­do sin jui­cio a jó­ve­nes por abo­fe­tear a un po­li­cía que es­tá pa­tean­do a su her­mano.

SOY SUPERFUTBOLERO. Voy a muer­te con la Se­lec­ción y con el Ba­rça. ¿Por qué, sien­do de un ba­rrio de Ma­drid? Muy sen­ci­llo. La fa­mi­lia de mi ma­dre era del Ath­le­tic de Bilbao y yo de ni­ño mo­ría por Zu­bi­za­rre­ta. In­clu­so ju­ga­ba de por­te­ro con mi ca­mi­se­ta de Zu­bi. El día que f chó por el Ba­rça, no lo du­dé: me hi­ce del Ba­rça.

ES­TU­DIÉ INEF, soy li­cen­cia­do en edu­ca­ción fí­si­ca y tra­ba­jé cin­co años en un ins­ti­tu­to de Aluche. Has­ta que mi ca­rre­ra mu­si­cal des­pe­gó y ele­gí. Si­go ha­cien­do de­por­te, me en­can­ta. Aho­ra prac­ti­co mu­cha elíp­ti­ca y mu­cho pá­del con mis co­le­gas can­tau­to­res. En cuan­to pue­da, voy a dar cla­ses. Cuan­to más con­tro­le, más voy a sa­ber pu­tear­les (ri­sas).

LA CA­MI­SE­TA DE MI ÚL­TI­MO PAR­TI­DO

se la re­ga­lé a mi pa­dre. Él me lo dio to­do. en el mis­mo equi­po que Geor­ge Best.

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