Nú­me­ros ro­jos.

TIE­NES UN DES­CU­BIER­TO EN TU CUEN­TA BAN­CA­RIA. EL BAN­CO NO SE DA CUEN­TA. VUEL­VES A SA­CAR DI­NE­RO. UNA Y OTRA VEZ. EL BAN­CO LO PER­MI­TE. ¿ QUÉ HA­CES?

Esquire (Spain) - - Sumario - POR DA­VID KUSH­NER

La his­to­ria de un ti­po que se gas­tó más de un mi­llón de eu­ros de su ban­co en juer­gas.

DE­JAS DE HACER­LO. IN­FOR­MAS AL BAN­CO DEL FA­LLO TÉC­NI­CO. TE PE­GAS LA VI­DA QUE SIEM­PRE HAS SO­ÑA­DO. ESTA ES LA HIS­TO­RIA REAL DE UN HOM­BRE QUE ELI­GIÓ Y SE GAS­TÓ MÁS DE 1,5 MI­LLO­NES DE DÓ­LA­RES QUE NO ERAN SU­YOS

Las me­jo­res aventuras su­ce­den cuan­do me­nos lo es­pe­ras. El 15 de ju­lio de 2010, Lucky Milky Moo­re no po­día ni ima­gi­nar­se la que es­ta­ba a pun­to de vi­vir. No ocu­rrían mu­chas co­sas en su pue­blo (Goul­burn, Aus­tra­lia), si­tua­do a dos ho­ras al sud­oes­te de Síd­ney. Su ma­yor atrac­ti­vo es el Big Merino, tam­bién co­no­ci­do co­mo Ram­bo: un car­ne­ro de hor­mi­gón de quin­ce me­tros de al­tu­ra, con un es­cro­to enor­me y es­pan­to­so. Pa­ra sus 23.000 ha­bi­tan­tes, el pa­sa­tiem­po prin­ci­pal es ju­gar a las má­qui­nas elec­tró­ni­cas de pó­ker que hay por to­dos la­dos en sus ca­lles –en ba­res, res­tau­ran­tes y clu­bes de bo­los–, con la es­pe­ran­za de ga­nar lo suf­cien­te co­mo pa­ra no vol­ver a ver el mo­rro del bo­vino.

Milky es un jo­ven ru­bio cu­yo apo­do le vie­ne del pa­re­ci­do que tie­ne con el ni­ño que sa­lía en los anun­cios de las cho­co­la­ti­nas Milky­bar en Aus­tra­lia, al que nun­ca se le ocu­rrió que la suer­te le ha­ría ri­co. Aun­que cre­ció en una fa­mi­lia aco­mo­da­da, lle­va­ba tra­ba­jan­do des­de los 13 años: em­bol­sa­ba com­pras, cor­ta­ba el césped, ven­día se­gu­ros... Ha­bía si­do un buen alumno, pe­ro pre­frió po­ner­se a tra­ba­jar a ir a la uni­ver­si­dad. “Siem­pre pen­sé que lle­ga­ría a ser mi­llo­na­rio al­gún día”, ase­gu­ra con un acen­to aus­tra­liano de lo más pro­nun­cia­do. Por eso, mien­tras sus com­pa­ñe­ros sa­lían bo­rra­chos a ca­zar ja­ba­líes, Milky es­ta­ba in­vir­tien­do en fon­dos de al­to riesgo. A los 19 años ya se ha­bía com­pra­do su pro­pia ca­sa, pa­ra él y Me­gan, su no­via des­de el ins­ti­tu­to. Sin em­bar­go, en 2008, su vi­da su­frió trá­gi­cos cam­bios. Pri­me­ro fue la caí­da del mer­ca­do de va­lo­res, que se lle­vó sus aho­rros de to­da la vi­da, 50.000 dó­la­res. Tam­bién per­dió su tra­ba­jo co­mo con­duc­tor de to­ros hi­dráu­li­cos. Y, unos me­ses des­pués, se que­dó dor­mi­do al vo­lan­te de su ca­mio­ne­ta, mien­tras con­du­cía de ma­dru­ga­da pa­ra es­cri­bir­le a Me­gan “fe­liz cumpleaños” en una ro­ca, y se es­tre­lló con­tra un ca­mión. Aca­bó cu­bier­to de pin­tu­ra pe­ro, mi­la­gro­sa­men­te, no murió. Se frac­tu­ró la cla­ví­cu­la y las cos­ti­llas, pe­ro las ci­ca­tri­ces eran más pro­fun­das. Ca­yó en una gran de­pre­sión: ape­nas era ca­paz de le­van­tar­se de la ca­ma pa­ra acu­dir al pues­to que su pa­dre le ha­bía con­se­gui­do en el ban­co en el que él tra­ba­ja­ba. Además, a su ma­dre le de­tec­ta­ron una en­fer­me­dad de­ge­ne­ra­ti­va en la es­pal­da, que la pos­tra­ba en ca­ma días en­te­ros y, al po­co tiem­po, su re­la­ción con Me­gan se rom­pió y Milky asu­mió to­da la cul­pa.

En 2010 es­ta­ba arrui­na­do, so­lo, en pa­ro y a pun­to de per­der su ca­sa. Y de pron­to le to­có el pre­mio gor­do, pe­ro no en jue­gos de azar. El 15 de ju­lio te­nía que ha­cer fren­te al pa­go de su hi­po­te­ca. No te­nía di­ne­ro en la cuen­ta, así que Milky sa­bía lo que se le ve­nía en­ci­ma. Pe­ro su­ce­dió al­go ra­ro. Los 500 dó­la­res aus­tra­lia­nos que no te­nía en su cuen­ta de aho­rros en el St. Geor­ge Bank pa­sa­ron au­to­má­ti­ca­men­te a la cuen­ta de su hi­po­te­ca, en otra en­ti­dad. A las dos se­ma­nas vol­vió a ocu­rrir lo mis­mo. Cuan­do con­sul­ta­ba el sal­do de su cuen­ta en el St. Geor­ge, veía que es­ta­ba en ne­ga­ti­vo, y que fgu­ra­ban además los in­tere­ses co­rres­pon­dien­tes al des­cu­bier­to. Milky su­pu­so que cuan­do lle­ga­ra a cier­to lí­mi­te no le da­rían más cré­di­to. Pe­ro no fue así, y, po­co a po­co, su hi­po­te­ca se iba pa­gan­do so­la. Pen­san­do que era una lo­cu­ra, hi­zo una trans­fe­ren­cia de 5.000 dó­la­res des­de su cuen­ta del St. Geor­ge, aho­ra en des­cu­bier­to, a la de su hi­po­te­ca. Y co­ló. Asom­bra­do, a los po­cos días or­de­nó otra trans­fe­ren­cia igual, pe­ro esta vez de 50.000 dó­la­res. La ci­fra fue car­ga­da en su cuen­ta del St. Geor­ge, au­men­tan­do el des­cu­bier­to, pe­ro al ban­co pa­re­cía no im­por­tar­le. Era co­mo te­ner un cré­di­to sin lí­mi­te.

Cuan­do ven­dió su ca­sa un año des­pués, ya ha­bía pa­ga­do su hi­po­te­ca, con lo que con­si­guió 150.000 dó­la­res lim­pios. Aun­que no le ha­bía con­ta­do na­da a na­die, al fi­nal con­fió en un ami­go. “¿Qué de­bo ha­cer?”, le in­qui­rió. Pe­ro la res­pues­ta era fá­cil: ¿qué va a ha­cer un sol­te­ro de 24 años con un mon­tón de di­ne­ro que te ha da­do el ban­co? Por su­pues­to, su ami­go no lo du­dó: “¡Que em­pie­ce la fes­ta!”.

Sur­fers Pa­ra­di­se es la jo­ya de la co­ro­na de la Cos­ta Do­ra­da aus­tra­lia­na, con prís­ti­nas pla­yas, la vi­da noc­tur­na de Las Ve­gas y unas vis­tas al mar que na­da en­vi­dian a San Die­go. Jus­to el lu­gar a

don­de te irías si eres un jo­ven con di­ne­ro que que­mar. Pa­ra su fa­mi­lia, se tra­ta­ba de un cam­bio de ai­res que le ayu­da­ría a em­pe­zar des­de ce­ro. Con sus 150.000 dó­la­res, Milky te­nía un buen col­chón. Se com­pró un vie­jo Al­fa Romeo ro­jo, se alo­jó en un ho­tel de la pla­ya y se em­pa­pó del am­bien­te. Pa­ra un chi­co del in­te­rior que ape­nas ha­bía sa­li­do, era el pa­raí­so. Se pa­sa­ba el día en la pla­ya, ha­cien­do surf y li­gan­do con tu­ris­tas y lu­ga­re­ñas. De no­che re­co­rría los ba­res de la ave­ni­da Or­chid, vi­si­ta­ba clu­bes de strip­pers y bai­la­ba has­ta el ama­ne­cer con chi­cas bron­cea­das. To­do era tan her­mo­so que no po­día evi­tar ser ge­ne­ro­so. En­se­gui­da pa­só de in­vi­tar a una ron­da de cer­ve­zas a pa­sar­se se­ma­nas de juer­ga. Se mu­dó a un apar­ta­men­to con un ex­com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo de su pue­blo al que le de­jó 20.000 dó­la­res cuan­do se los pi­dió, sin ocul­tar­le que era pa­ra mu­je­res y al­cohol.

Pe­ro las fi es­tas tam­bién aca­ban y una mañana de di­ciem­bre de 2011, seis me­ses des­pués de ha­ber lle­ga­do a Sur­fers, Milky se en­con­tró con que su com­pa­ñe­ro de pi­so se ha­bía lar­ga­do con el di­ne­ro que le ha­bía pres­ta­do. Y él se ha­bía gas­ta­do el res­to de los 150.000 dó­la­res que de­be­rían ha­ber­le du­ra­do años. Al dar­se cuen­ta de lo que ha­bía per­di­do, su ca­sa, su tra­ba­jo, vol­vió a caer en la de­pre­sión. De pron­to se acor­dó de la cuen­ta del St. Geor­ge. No la ha­bía vuel­to a usar, pe­ro tam­po­co la ha­bía can­ce­la­do: se­guía en des­cu­bier­to. Co­mo no po­día sa­car di­ne­ro de esa cuen­ta en ne­ga­ti­vo en un ca­je­ro, pro­bó a rea­li­zar una trans­fe­ren­cia a otra cuen­ta, a una que ha­bía abier­to en otro ban­co, el Na­tio­nal Aus­tra­lia Bank. Lo peor que po­día pa­sar era que el St. Geor­ge no au­to­ri­za­ra la trans­fe­ren­cia. Lo in­ten­tó con una pe­que­ña can­ti­dad: lla­mó al ban­co y pi­dió que le trans­frie­ran unos mi­les de dó­la­res de su cuen­ta, to­da­vía en números ro­jos (más aún). Al ra­to mi­ró la pan­ta­lla del or­de­na­dor. Bin­go. Aho­ra te­nía di­ne­ro que po­día sa­car en el ca­je­ro más cercano del Na­tio­nal Aus­tra­lia y se dio cuen­ta de que po­día con­se­guir to­do el di­ne­ro que qui­sie­ra. Se com­pró un Ma­se­ra­ti por 36.000 dó­la­res. Y no so­lo eso: co­mo te­nía que re­co­ger el vehícu­lo en Síd­ney y su Al­fa Romeo no iba del to­do bien, se com­pró un Hyun­dai Ve­los­ter pa­ra ir has­ta la ca­pi­tal con un ami­go. Una vez allí se fue­ron a visitar los clu­bes del dis­tri­to ro­jo y aca­ba­ron la no­che con un par de strip­pers en la sui­te más ca­ra del ca­sino. Por la mañana de­ci­die­ron ir a Tai­lan­dia. Milky com­pró los bi­lle­tes y re­ser­vó una sui­te en el ho­tel más lu­jo­so de Phu­ket, don­de se pa­sa­ron un par de se­ma­nas de fes­ta. La ma­rihua­na, el al­cohol y las mu­je­res se su­ce­dían a la mis­ma ve­lo­ci­dad con que sa­ca­ba di­ne­ro de los ca­je­ros au­to­má­ti­cos. Cuan­do le pre­gun­ta­ban que de dón­de sa­lía, se li­mi­ta­ba a con­tes­tar: “Soy el ni­ño del anun­cio de Milky­bar y si­go co­bran­do ro­yal­ties”. Aun así, ca­da vez que sa­ca­ba di­ne­ro se le ace­le­ra­ba el co­ra­zón. Era cons­cien­te de que el ban­co po­dría cor­tar el gri­fo en cual­quier mo­men­to. Se jus­ti­fi­ca­ba a sí mis­mo re­pi­tién­do­se que no es­ta­ba ro­ban­do el di­ne­ro, que so­lo era un préstamo que ya de­vol­ve­ría de al­gu­na for­ma. Al­gu­nos po­drían ha­ber in­ver­ti­do ese di­ne­ro en bie­nes raí­ces o en el mer­ca­do de va­lo­res, pe­ro Milky re­gre­só a Sur­fers con su pro­pio plan de inversión: co­lec­cio­nar re­cuer­dos de celebridades. Se hi­zo con una ca­mi­se­ta au­to­gra­fa­da de Mi­chael Jor­dan, un par­che de ba­te­ría fir­ma­do por Amy Wi­nehou­se, uno de los bi­lle­tes de 10 li­bras con la ca­ra de Lady Di de Banksy, fotos au­to­gra­fa­das de sus ar­tis­tas fa­vo­ri­tos: The Red Hot Chi­li Pep­pers, Kiss, The Ro­lling Sto­nes, Mi­chael Jack­son y Bob Dy­lan.

Co­mo no te­nía don­de al­ma­ce­nar el ma­te­rial, no se le ocu­rrió otra co­sa que en­viar­lo a ca­sa de sus pa­dres en Goul­burn. “Fir­má­ba­mos y lo de­já­ba­mos en su cuar­to”, cuen­ta su ma­dre. Pe­ro las ca­jas se em­pe­za­ron a api­lar y la cre­cien­te preocupación de sus pa­dres se tor­nó en alar­ma cuan­do les lle­gó un ya­te, un Blue Stessl 560 Sea Hawk. Milky les ha­bía di­cho a sus pa­dres que no se preo­cu­pa­ran por el di­ne­ro, que no ha­bía na­da ilegal. Su pa­dre no le dio ma­yor im­por­tan­cia, pe­ro su ma­dre em­pe­zó a pen­sar que tal vez es­tu­vie­ra ven­dien­do dro­ga o al­go peor.

El jo­ven se hi­zo fa­mo­so en Sur­fers Pa­ra­di­se: era el ti­po en­ro­lla­do que in­vi­ta­ba a to­do. Shanyn Glo­ver, la que fue allí su me­jor ami­ga, cuen­ta que Milky siem­pre es­ta­ba pa­gan­do ron­das, ha­cien­do re­ga­los ca­ros y com­prán­do­se to­do lo que le ape­te­cía, sin nin­gu­na preocupación. Sa­ca­ba tan­to di­ne­ro que ni se mo­les­ta­ba en mi­rar su sal­do ban­ca­rio.

Si­guió con ese rit­mo de vi­da has­ta que de pron­to, en no­viem­bre de 2012, cuan­do dio la tar­je­ta pa­ra pa­gar en un es­ta­ble­ci­mien­to, apa­re­ció un men­sa­je que nun­ca an­tes ha­bía vis­to: “Lla­me a seguridad”. Se dio cuen­ta de que era el men­sa­je que lle­va­ba es­pe­ran­do des­de ha­cía dos años. Ya es­ta­ba. Le ha­bían pi­lla­do. ¿Y qué hi­zo? Co­gió to­do el di­ne­ro que te­nía por ca­sa, se fue al ae­ro­puer­to y em­bar­có rum­bo a Phu­ket. Aun­que fan­ta­seó con la idea de que­dar­se en Tai­lan­dia, re­gre­só a Goul­burn a las dos se­ma­nas. Que­ría evi­tar­les a sus pa­dres cual­quier problema. Sa­có to­do lo que le ha­bían guar­da­do y le pi­dió a un ami­go que se lo cus­to­dia­se.

El 12 de di­ciem­bre de 2012, ha­cia las nue­ve de la mañana, Milky es­ta­ba en su ha­bi­ta­ción en la ca­sa de sus pa­dres cuan­do oyó que lla­ma­ban a la puer­ta.

Cuan­do lle­gó has­ta allí, vió a su ma­dre con una mi­ra­da que re­cuer­da co­mo de “in­cre­du­li­dad, con­fu­sión, tris­te­za y ra­bia”. La po­li­cía irrum­pió en el ho­gar agi­tan­do una or­den de re­gis­tro. Le di­je­ron que se le acu­sa­ba de ha­ber­se be­nef­cia­do de for­ma frau­du­len­ta en los úl­ti­mos dos años de 2.180.583 dó­la­res aus­tra­lia­nos (1.378.830 eu­ros). Milky se­guía pen­san­do que él no ha­bía he­cho na­da ilegal. Aun así, fue cons­cien­te de la reali­dad a la que le ha­bía lle­va­do su fan­ta­sía y que ten­dría que pa­gar por ello. El 17 de abril de 2015 fue de­cla­ra­do cul­pa­ble y sen­ten­cia­do a cua­tro años y seis me­ses de pri­sión. El ban­co de­frau­da­do, St. Geor­ge, no dio mu­chos de­ta­lles de lo que ha­bía ocu­rri­do, y lo acha­có a “un error hu­mano que ya ha si­do co­rre­gi­do. El problema ha si­do re­suel­to y el clien­te con­de­na­do”, de­cla­ró un por­ta­voz de la en­ti­dad a The Sun­day Te­le­graph.

El es­cán­da­lo le costó al pa­dre de Milky su em­pleo. “En un ban­co, la in­te­gri­dad es fun­da­men­tal”, co­men­ta Brett, y la me­ra aso­cia­ción con su hi­jo bas­tó pa­ra que el di­rec­tor le pu­sie­ra de pa­ti­tas en la ca­lle. An­net­te, su ma­dre, a la que ha­bían te­ni­do que lle­var en ambulancia tras el arresto, no po­día per­do­nar a su hi­jo, por mu­cho que lo ama­ra. “Fue des­ho­nes­to y eso es muy di­fí­cil de acep­tar”, di­jo.

Sin em­bar­go, des­de el mo­men­to en que es­tu­vo en­tre re­jas, Milky se fjó un ob­je­ti­vo: de­mos­trar su inocen­cia. Se ha­bía apro­ve­cha­do de la si­tua­ción, pe­ro él no ha­bía es­ta­fa­do a na­die. No te­nía es­tu­dios, pe­ro con­ven­ce­ría al juez del Tri­bu­nal Su­pre­mo de su inocen­cia. Se pu­so a leer li­bros de le­yes y a es­tu­diar ca­sos de frau­de y estafa. Al ca­bo de unos me­ses, ha­lló un cla­vo al que aga­rrar­se. Según la ley, pa­ra que hu­bie­ra ha­bi­do en­ga­ño Milky ten­dría que ha­ber cau­sa­do de al­gu­na for­ma la res­pues­ta no au­to­ri­za­da del sis­te­ma, pe­ro él no ha­bía pro­vo­ca­do na­da, no ha­bía ma­ni­pu­la­do na­da pa­ra que el ban­co le si­guie­ra dan­do di­ne­ro. Además, el ban­co ha­bía ad­mi­ti­do en el jui­cio que ha­bía si­do un “error hu­mano”. Pre- pa­ró su ca­so de for­ma con­cien­zu­da, pe­ro to­dos le to­ma­ron por lo­co: era im­po­si­ble que ga­na­ra la ape­la­ción.

El 6 de agos­to de 2015, Milky de­fen­dió su inocen­cia con la ha­bi­li­dad de un abo­ga­do ex­pe­ri­men­ta­do, ci­tan­do otros ca­sos per­ti­nen­tes. Adu­jo que, si bien se po­dría con­si­de­rar in­mo­ral lo que ha­bía he­cho, no era un de­li­to. Tras cua­tro ho­ras de jui­cio, el juez Pe­ter Ha­mill dic­tó sen­ten­cia: “Li­ber­tad ba­jo fan­za”. Cuan­do sa­lió, una re­por­te­ra de un pro­gra­ma de sucesos le pre­gun­tó si se iría a ca­sa en Ma­se­ra­ti: “Hoy no”, di­jo con me­dia son­ri­sa.

Un ca­lu­ro­so día de ve­rano, acom­pa­ño a Milky a Sur­fers Pa­ra­di­se. Vol­ve­mos a la es­ce­na –bueno, no del cri­men– de la fan­ta­sía de un vein­tea­ñe­ro. No ha vuel­to des­de que es­ta­lló el es­cán­da­lo, y se le ilu­mi­na la ca­ra con nos­tal­gia al pa­sear por sus ga­ri­tos fa­vo­ri­tos.

La his­to­ria de Milky se hi­zo vi­ral, y así se su­po que no fue el úni­co error del St. Geor­ge: el 4 de ma­yo de 2016, un uni­ver­si­ta­rio de Síd­ney fue arres­ta­do por ha­ber­se gas­ta­do 4,6 mi­llo­nes de dó­la­res en ar­tícu­los de lu­jo.

DE PRON­TO LE TO­CÓ EL PRE­MIO GOR­DO, PE­RO NO EN JUE­GOS DE AZAR

CA­DA VEZ QUE SA­CA­BA DI­NE­RO SE LE ACE­LE­RA­BA EL CO­RA­ZÓN

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