Ian Mce­wan

ES­CRI­TOR. CON ÉXI­TO. REPU­TADO. IN­GLÉS. EL PRE­FE­RI­DO POR LOS DI­REC­TO­RES ‘CO­OL’ PA­RA LLE­VAR SUS NO­VE­LAS AL CI­NE. LO TIE­NE TO­DO PA­RA SER UN ARRO­GAN­TE. ¿O NO?

Esquire (Spain) - - Esquire - TEX­TO PAUL WIL­SON FO­TO­GRA­FÍA ROSWHITHA HECKE

MI GE­NE­RA­CIÓN HA TE­NI­DO UNA SUER­TE EX­TRA­OR­DI­NA­RIA: pros­pe­ri­dad cre­cien­te, op­ti­mis­mo tec­no­ló­gi­co. Fui la pri­me­ra per­so­na en cual­quier ra­ma de mi fa­mi­lia en ir a la uni­ver­si­dad o, in­clu­so, en ir al co­le­gio más allá los 16 años. Y, co­mo es­cri­tor, vi­ví ese mo­men­to en el que la edición se des­po­jó de su ca­li­dad ca­ba­lle­res­ca, más bien pol­vo­rien­ta y li­mi­ta­da. Mis hi­jos ten­drán que lu­char du­ro pa­ra te­ner las mis­mas oportunidades. Eso sí me preo­cu­pa.

LA ÚL­TI­MA VEZ QUE FUI A UNA MA­NI­FES­TA­CIÓN fue ha­ce un año. Hu­bo una mar­cha de mu­je­res con un am­bien­te muy an­ti Trump. No ha­bía pla­nea­do asis­tir, pe­ro es­ta­ba con mi es­po­sa y la vi­mos, nos me­ti­mos en ella y nos en­con­tra­mos ro­dea­dos de gen­te co­no­ci­da. Fue una sen­sa­ción agra­da­ble.

ES UN PE­QUE­ÑO PROBLEMA que lo que an­tes era una má­qui­na de es­cri­bir aho­ra sea una ven­ta­na abier­ta al mun­do. Eso ha­ce que sea más fá­cil dis­traer­se. Pe­ro pue­do es­tar en me­dio de una no­ve­la y pen­sar: “Ne­ce­si­to in­for­ma­ción”. En los años ochen­ta, eso hu­bie­ra su­pues­to visitar una bi­blio­te­ca. Aho­ra son 90 se­gun­dos. Así que to­do se equi­li­bra.

NUN­CA ME HAN RE­CI­BI­DO MAL EN EL RO­DA­JE DE UNA PE­LÍ­CU­LA en la que ha­ya tra­ba­ja­do, pe­ro no tie­ne sen­ti­do es­tar allí co­mo es­cri­tor si las co­sas van bien. Eres la úni­ca per­so­na que no tie­ne na­da que ha­cer. Mi úl­ti­ma ex­pe­rien­cia en ese sen­ti­do, En la pla­ya de Che­sil, es­tre­na­da ha­ce unos me­ses, fue muy agra­da­ble.

SOY UN PO­CO DÉ­BIL EN CUAN­TO A PER­SIS­TEN­CIA, así que sue­lo ver unos sie­te epi­so­dios de una se­rie de te­le­vi­sión y na­da más. Vi ca­si to­do de Brea­king Bad, es cier­to, y pen­sé que era una obra maes­tra. Pe­ro ni si­quie­ra pu­de con to­do.

LLE­GAS A LOS SE­SEN­TA Y SE­TEN­TA y exis­te el pe­li­gro de vol­ver­te me­nos ri­co en pen­sa­mien­to. El ce­re­bro ya no es tan muscu­loso co­mo an­tes. Hay una muer­te ce­re­bral len­ta y los su­do­kus no te van a sa­car del apu­ro. Lo que quie­res man­te­ner vivo más que na­da en el reino men­tal es la cu­rio­si­dad. Mien­tras ten­gas ham­bre ac­ti­va de co­sas en el mun­do, en­ton­ces, aun­que no pue­das re­cor­dar al­go, pue­des ave­ri­guar­lo. Si pier­des el ape­ti­to por ave­ri­guar­lo, es me­jor que va­yas a al­gún si­tio a to­mar el sol. Eso es lo que es­toy de­ci­di­do a evi­tar. ME EN­CAN­TA SER ABUE­LO. Es ma­ra­vi­llo­so ver flo­re­cer las con­cien­cias. A ME­DIA­DOS DE MIS CUA­REN­TA to­da­vía po­día ju­gar un buen par­ti­do de squash y te­nía la ilu­sión de que te­nía el mis­mo cuer­po que a los 28 años.

HAY UNA DI­FE­REN­CIA MUY IM­POR­TAN­TE EN­TRE AN­DAR Y CA­MI­NAR: la in­ten­ción. El sen­de­ris­mo re­quie­re un clima frío y su­bir y ba­jar mon­ta­ñas, y ahí no te pue­des per­mi­tir el lu­jo de no es­tar bien equi­pa­do.

POR TO­DA INGLATERRA Y BUE­NA PAR­TE DE GALES, ca­da pue­blo es­tá co­nec­ta­do con el de al la­do por un sen­de­ro. To­da­vía hoy. Pue­des con­du­cir vein­te ki­ló­me­tros a las afue­ras de Londres y to­par­te con un sen­de­ro que lle­va ahí mil años. No pue­des en­con­trar al­go así en EEUU. To­do son va­llas y le­tre­ros de ‘man­tén­ga­se ale­ja­do’. He lle­ga­do a va­lo­rar esa sen­sa­ción de ‘es­te es tu país y pue­des atra­ve­sar­lo’.

DU­RAN­TE SEIS ME­SES, EN 1972, es­tu­ve en una ca­ra­va­na hip­pie en au­to­bús con dos ami­gos ame­ri­ca­nos por Kabul, Kan­dahar, Irak, Ja­la­la­bad… No creo que fue­ra un buen hip­pie. Lo que desea­ba era es­tar ba­jo un te­cho gris pa­ra po­der pen­sar con cla­ri­dad y se­guir tra­ba­jan­do.

MI DI­FUN­TO AMI­GO EL ES­CRI­TOR CH­RIS­TOP­HER HITCHENS me di­jo una vez, cuan­do le pre­gun­té so­bre la fe­li­ci­dad, que su idea de ella era “tra­ba­jar to­do el día por mi cuen­ta, sa­bien­do que pa­sa­ría la no­che con ami­gos in­tere­san­tes”. Ese es el equi­li­brio per­fec­to. Co­ci­nar y sa­ber que al­guien vie­ne a co­mer.

LE­YEN­DO MA­NUA­LES DE SE­XO en mi ado­les­cen­cia, la pa­la­bra ‘en­trar’ me pa­re­ció di­ver­ti­dí­si­ma. ‘En­trar’.

PUE­DO ARREGLÁRMELAS SIN LEER LAS CRÍ­TI­CAS [de mis no­ve­las] nun­ca más. No ne­ce­si­to hacer­lo. Es más fá­cil leer las crí­ti­cas de tus pe­lí­cu­las. En los fil­mes hay tan­ta gen­te in­vo­lu­cra­da que si el que has he­cho es una mier­da, to­da esa mier­da se esparce en­tre un equi­po de dos­cien­tas per­so­nas.

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