Bienvenidos al clan de los MAC GRE­GOR

Mul­ti­tu­di­na­rias reunio­nes re­ga­das con whisky, dispu­tas ho­mé­ri­cas so­bre la elec­ción del tar­tán más ade­cua­do, pe­re­gri­na­cio­nes a las rui­nas del cas­ti­llo familiar: re­cien­te­men­te, el clan es­co­cés de los MacGregor ha ce­le­bra­do sus ri­tos con de­vo­ción. La es­po­sa

Geo - - TRADICIONES -

Fue en Chat­ta­noo­ga, ciu­dad de Ten­nes­see (Es­ta­dos Uni­dos), don­de me di cuen­ta de en qué me ha­bía con­ver­ti­do. Ca­mi­na­ba yo por el bou­le­vard Mar­tin Lut­her King, ba­jo un ca­lor tó­rri­do y ata­via­da con un grue­so tra­je de tar­tán –te­ji­do tra­di­cio­nal es­co­cés–, un pa­so por de­trás del gru­po de gai­te­ros y del je­fe, ves­ti­dos ellos con sus fal­das ( kilt) car­co­mi­das por las po­li­llas. Nos en­con­trá­ba­mos allí pa­ra asis­tir a un acon­te­ci­mien­to es­pe­cial: el en­cuen­tro internacional de los MacGregor. De­trás de no­so­tros ve­nía un pe­que­ño ejér­ci­to de fie­les, to­dos ves­ti­dos de idén­ti­co mo­do. Nos pa­re­cía­mos a los ac­to­res de la pe­lí­cu­la Bra­veheart. Los con­duc­to­res de los coches to­ca­ban la bo­ci­na al ver­nos pa­sar y los pea­to­nes nos son­reían an­te la ima­gen tó­pi­ca y co­lo­ris­ta de la Es­co­cia de siem­pre. Fue en­ton­ces cuan­do me pre­gun­té có­mo yo, ex­pe­rio­dis­ta de te­le­vi­sión, ha­bía po­di­do aca­bar aquí.

Em­pe­ce­mos por el prin­ci­pio. Cuan­do co­no­cí al pe­li­rro­jo de mi ma­ri­do, Mal­colm, él es­ta­ba lla­ma­do a ser el fu­tu­ro “je­fe” de su clan. En aquel en­ton­ces, el tí­tu­lo era os­ten­ta­do por su pa­dre, el ge­ne­ral Sir Gre­gor MacGregor de MacGregor. Mi fu­tu­ro ma­ri­do se lla­ma­ba en­ton­ces “MacGregor Ju­nior”. Ha­bía he­cho la ca­rre­ra mi­li­tar y sus ma­ne­ras aristocráticas es­ta­ban en con­so­nan­cia con el le­ma familiar:”Yo soy de san­gre real”. En cuan­to a mí, yo era de cla­se me­dia, y me sen­tía or­gu­llo­sa. Tres años más tar­de nos ca­sa­mos.

Ilustre fa­mi­lia la de los MacGregor. Rob Roy, el Ro­bin de los Bos­ques es­co­cés, era uno de ellos. Al co­no­cer la his­to­ria del clan, uno se asom­bra de que su lí­nea ge­nea­ló­gi­ca ha­ya so­bre­vi­vi­do a aque­lla épo­ca. En 1603, tras un en­fren­ta­mien­to con el clan Col­quhoun, los MacGregor, ori­gi­na­rios de los con­da­dos de Perth y Argyll, en­ga­ña­dos y des­po­ja­dos de su ape­lli­do, se des­per­di­ga­ron por los mon­tes.

Allí vi­vie­ron co­mo los “hi­jos de la bru­ma” des­cri­tos por el es­cri­tor Wal­ter Scott en su no­ve­la Una le­yen­da de Mon­tro­se. Los hom­bres eran ca­za­dos por jau­rías de pe­rros y las mu­je­res mar­ca­das con hie­rro in­can­des­cen­te. Se­gún el Bur­kes Pee­ra­ge, la bi­blia de la aris­to­cra­cia bri­tá­ni­ca, vein­ti­dós an­te­pa­sa­dos de mi ma­ri­do mu­rie­ron ahor­ca­dos, cua­tro de­ca­pi­ta­dos y tres ase­si­na­dos. A otro an­ces­tro que es­ca­pó a Amé­ri­ca, don­de pa­re­cía que es­ta­ría más se­gu­ro, los in­dios le cor­ta­ron la ca­be­lle­ra.

La eti­mo­lo­gía del nom­bre “clan” se re­mon­ta al tér­mino gaé­li­co “clann”, que sig­ni­fi­ca des­cen­dien­te. Al­gu­nos son muy an­ti­guos, co­mo el de los Ma­cNeil, ori­gi­na­rios de Argyll y ha­bi­tan­tes de la is­la de Ba­rra des­de ha­ce más de mil años. El hom­bre que hoy os­ten­ta el tí­tu­lo de “je­fe” ha­ce el nú­me­ro 47. Mi es­po­so es el nú­me­ro 24 de los

MacGregor. En el si­glo XII, los ha­bi­tan­tes de las re­gio­nes mon­ta­ño­sas de las High­lands se agru­pa­ron en co­mu­ni­da­des que so­bre­pa­sa­ban el es­tric­to gru­po familiar. Vi­vían y com­ba­tían jun­tos en los va­lles ais­la­dos. El pri­mer lí­der de los MacGregor, Gre­gor of the Gol­den Brid­les (Gre­go­rio de las Bri­das Do­ra­das) des­cen­día de un rey es­co­cés. Su co­mu­ni­dad cre­ció po­co a po­co y to­dos su miem­bros adop­ta­ron el nom­bre de MacGregor. So­lo re­co­no­cían la au­to­ri­dad de su je­fe –que te­nía po­der so­bre la vi­da y la muer­te de to­dos ellos– en de­tri­men­to de la del rey de la épo­ca. Com­ba­tían por él y, en con­tra­par­ti­da, el je­fe de­bía aten­der sus ne­ce­si­da­des.

En la ac­tua­li­dad, no­so­tros te­ne­mos más que su­fi­cien­te con po­der aten­der las nues­tras. Ve­lar por los cien­tos de mi­les de MacGregor que hay por el mun­do (no lle­va­mos la cuen­ta exac­ta) se­ría im­po­si­ble. Eso sin con­tar con las lí­neas de des­cen­den­cia co­la­te­ra­les, los Gregg, los Whi­te, los Black y los Ma­cAl­pin. Y al­gu­nos mi­les de per­so­nas más, de los que mi ma­ri­do es con­si­de­ra­do co­mo la en­car­na­ción de la scot­tish­ness (la esen­cia de lo es­co­cés).

Te­ne­mos cla­ro que no­so­tros so­mos par­te de una an­ti­gua tra­di­ción, con mu­chos si­glos a nues­tras es­pal­das, pe­ro tam­bién sa­be­mos que los es­co­ce­ses es­tán can­sa­dos de que su país no sea co­no­ci­do más que por los tar­tán y los short­breads (ga­lle­ti­tas de man­te­qui­lla). Hay quie­nes con­si­de­ran que el clan no es más que una fuen­te de dis­cor­dias. Re­cuer­dan el bru­tal epi­so­dio his­tó­ri­co de los Clea­ran­ces, cuan­do los cla­nes se des­ga­rra­ron por las per­se­cu­cio­nes de sus miem­bros en las High­lands; e in­clu­so la te­rri­ble ma­sa­cre de Glen­coe, en 1692, que en­cen­dió la ene­mis­tad en­tre los Mac­Do­nald y los Camp­bell.

Hoy, to­dos los cla­nes se con­si­de­ran ami­gos en­tre sí, aun­que sub­sis­ten al­gu­nas dispu­tas, na­tu­ral­men­te. En 2009, cuan­do el je­fe de los Ma­cLa­ren in­si­nuó que el hé­roe na­cio­nal, Rob Roy, no es­ta­ba en­te­rra­do real­men­te en la tum­ba si­tua­da en el con­da­do de Perth –cuan­do su ve­ne­ra­da se­pul­tu­ra atrae a nu­me­ro­sos vi­si­tan­tes–, nues­tra gen­te exi­gió un due­lo. Con es­tos te­mas, tie­nen muy po­co sen­ti­do del hu­mor.

Mi ma­ri­do in­ten­ta dis­tan­ciar­se de to­do es­to, aun­que se to­ma sus res­pon­sa­bi­li­da­des muy en se­rio. Di­ce que su pa­pel es re­pre­sen­tar la his­to­ria de Es­co­cia y la de los MacGregor, un ape­lli­do que de­be sus­ci­tar ad­mi­ra­ción. Hay to­da­vía hom­bres y mu­je­res que se mues­tran dis­pues­tos a mo­rir por él, co­mo en otra épo­ca. Los Ma­cG­re­gors es­tán en to­das par­tes del mun­do, de las Baha­mas a Bah­rein, y to­dos es­tán ape­ga­dos a nues­tro pe­que­ño y frío país. Un ale­mán de nues­tro clan nos ase­gu­ró que la úni­ca au­to­ri­dad que él re­co­no­ce es la de mi ma­ri­do y no la de An­ge­la Mer­kel.

Un buen je­fe de­be res­pe­tar el de­co­ro, in­clu­so aun­que en su “otra” vi­da tra­ba­je en una abu­rri­da ofi­ci­na. Tie­ne que lle­var una fal­da es­co­ce­sa ( kilt) o un pan­ta­lón de tar­tán du­ran­te las ce­re­mo­nias es­co­ce­sas y

en nues­tras gi­gan­tes­cas reunio­nes fa­mi­lia­res. Y lu­cir en su som­bre­ro las tres plu­mas de águi­la que le dis­tin­guen de los de­más. El otro día, de los 150 re­pre­sen­tan­tes pre­sen­tes en la asam­blea del Stan­ding Coun­cil of Scot­tish Chiefs (Con­se­jo Per­ma­nen­te de Je­fes Es­co­ce­ses), nu­me­ro­sos lle­va­ban pues­to el fa­mo­so som­bre­ro, así co­mo el spo­ran o mo­rral de piel, que se cuel­ga so­bre la fal­da es­co­ce­sa. En com­pa­ra­ción con ellos, los ves­ti­dos con tra­je y cor­ba­ta te­nían un as­pec­to tris­tón.

Se con­si­de­ra tam­bién de buen tono ser ca­paz de re­ci­tar a Rob­bin Burns, cé­le­bre poe­ta es­co­cés o, al me­nos, po­der con­tar una vie­ja his­to­ria de fa­mi­lia o fan­tas­mas. Te­ner uno o dos pe­rros sue­le cau­sar muy bue­na im­pre­sión. No de raza cor­gi, que son patrimonio de la rei­na, sino más bien pe­rros-lo­bo. En nues­tra fa­mi­lia, dos coc­kers nos re­suel­ven muy bien el te­ma.

Otra cua­li­dad in­dis­pen­sa­ble que ha de te­ner el je­fe del clan es la de­ter­mi­na­ción. Los es­co­ce­ses no ce­den ja­más y las dispu­tas pue­den durar un día lo mis­mo que tres si­glos... Por al­go fue que, du­ran­te la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, los ale­ma­nes apo­da­ron a los com­ba­tien­tes de la di­vi­sión 51 de las High­lands, ata­via­dos con fal­das es­co­ce­sas, las la­dies from hell o da­mas del in­fierno.

A fin de evi­tar cual­quier hu­mi­lla­ción, un je­fe de­be es­tar siem­pre en for­ma y dis­pues­to pa­ra uno o dos bue­nos va­sos de whisky. Se cuen­ta que una ma­ña­na uno de ellos se en­con­tró tan mal que se ca­yó del es­ce­na­rio en me­dio de un en­cuen­tro internacional. Ha­blo siem­pre en mas­cu­lino, pe­ro hay que te­ner en cuen­ta que en es­ta cul­tu­ra ma­chis­ta, el tí­tu­lo de je­fe pue­de igual­men­te ser trans­mi­ti­do a las mu­je­res. Por ejem­plo, Mar­ga­ret Elliot de Red­heugh y Lady Flo­ra Sal­toun, je­fas res­pec­ti­vas de los Elliot y los Fra­ser, son las dos unas ex­ce­len­tes re­pre­sen­tan­tes de sus ape­lli­dos.

En cuan­to a mí, so­lo soy una es­po­sa. Se es­pe­ra de mí que ca­mi­ne un pa­so por de­trás de mi ma­ri­do y que vi­gi­le mi in­du­men­ta­ria. Si mi es­po­so se vis­te con un tar­tán ro­jo y ne­gro, yo ten­go que ir a jue­go con él. Du­ran­te las ce­re­mo­nias, to­dos quie­ren ver­me lu­cien­do la dia­de­ma familiar. Y ten­go que ser ca­paz de so­por­tar el frío, en una ca­sa ba­rri­da por las co­rrien­tes de ai­re. Nues­tra

re­si­den­cia es un edi­fi­cio his­tó­ri­co que se pa­re­ce a un cas­ti­lli­to blan­co. He re­no­va­do los cuar­tos de ba­ño, que es­ta­ban ve­tus­tos, pe­ro to­da­vía ten­go que lu­char por las ca­mas. “¿Có­mo que es­tán des­fon­da­das?”, me di­ce siem­pre mi ma­ri­do. “¡Si fue­ron lo bas­tan­te bue­nas pa­ra mis abue­los tam­bién han de ser­lo pa­ra no­so­tros!”

Ade­más hay oca­sio­nes en que vi­vi­mos si­tua­cio­nes muy ex­tra­ñas. Co­mo aque­lla vez en que, des­pués del on­ce de sep­tiem­bre, un MacGregor nos pro­pu­so man­dar­nos un tro­zo del World Tra­de Cen­ter de Nue­va York (res­pues­ta: no). O cuan­do un sud­afri­cano qui­so pro­po­ner a mi ma­ri­do co­mo fu­tu­ro rey de Es­co­cia (res­pues­ta: ¡ni pen­sar­lo!). Hu­bo una ce­le­bra­ción en la que creí mo­rir de abu­rri­mien­to: un con­cur­so de gai­tas que du­ró cua­tro ho­ras (ad­mi­tá­mos­lo). Yo es­ta­ba en pri­me­ra fi­la y más de una vez de­bí de en­ju­gar la fren­te del je­fe, en ple­na tri­ful­ca por la elec­ción de un mo­de­lo de tar­tán (lo hi­ce sin pro­ble­mas).

Por su par­te, las co­mu­ni­da­des de cla­nes en el ex­tran­je­ro –ca­si tan nu­me­ro­sas co­mo en Es­co­cia– ya no son re­fle­jo de las tra­di­cio­nes. Pe­ro es­ti­mu­lan for­mi­da­ble­men­te el tu­ris­mo. Los es­co­ce­ses que se ins­ta­la­ron en Amé­ri­ca son muy sen­ti­men­ta­les. De un día pa­ra otro, co­men­za­ron a ado­rar la gai­ta y a lan­zar tron­cos de ár­bo­les. Fue un ame­ri­cano el que fi­nan­ció el Cen­tro de In­ves­ti­ga­ción del Clan Mac­Do­nald, en la is­la de Sk­ye. En cuan­to a los MacGregor re­si­den­tes en Es­ta­dos Uni­dos, dan be­cas a es­tu­dian­tes ne­ce­si­ta­dos y efec­túan do­na­cio­nes de mi­les de li­bras pa­ra man­te­ner las tum­bas an­ti­guas.

Pa­ra res­pon­der a las de­man­das de los es­co­ce­ses ex­pa­tria­dos, que a ve­ces quie­ren sa­ber si, ade­más de su ape­lli­do, com­par­ten el mis­mo patrimonio ge­né­ti­co, los cla­nes ha­cen in­ves­ti­ga­cio­nes de ADN. Así, al­gu­nos MacGregor apren­den, con gran pe­sar, que real­men­te no for­man par­te de la fa­mi­lia. Cuan­do es­toy en el ex­tran­je­ro, no me ol­vi­do de que no­so­tros re­pre­sen­ta­mos un im­por­tan­te víncu­lo con nues­tro pa­sa­do. Y que es­ta­mos pre­pa­ra­dos pa­ra el fu­tu­ro.

El he­re­de­ro de mi ma­ri­do es su her­mano más jo­ven, Ni­nian. Y Ni­nian tie­ne un hi­jo, Ca­llum. Así pues, el tí­tu­lo de je­fe de los MacGregor tie­ne to­da­vía mu­chos días her­mo­sos por de­lan­te.

Ex­pe­rio­dis­ta de te­le­vi­sión, Fio­na Arms­trong ha de ser muy es­tric­ta y exi­gen­te en su vi­da co­ti­dia­na por ser la mu­jer del je­fe de los MacGregor. A ve­ces ha de aca­tar nor­mas anacró­ni­cas.

2009 fue de­cla­ra­do Año de Re­torno a la Pa­tria por el Go­bierno es­co­cés. Los miem­bros del clan de los MacGregor se re­en­con­tra­ron en una gran ce­na familiar, ves­ti­dos de ri­gu­ro­so kilt (fal­da es­co­ce­sa).

Las reunio­nes del clan sue­len ha­cer­se en ca­sa de Fio­na (arri­ba, con su ma­ri­do Mal­colm) y ca­si siem­pre hay un te­ma po­lé­mi­co: ¿de­ben lle­var los miem­bros in­sig­nias no­mi­na­ti­vas?

Ja­net y Gus han ve­ni­do de Mon­ta­na (Es­ta­dos Uni­dos). La vi­si­ta al ce­men­te­rio de Dal­mally (Argyll), don­de es­tán en­te­rra­dos mu­chos MacGregor, es un mo­men­to muy im­por­tan­te.

Me­ta de pe­re­gri­na­je, las rui­nas del cas­ti­llo de Kil­churn, del si­glo XV, es­tán lle­nas de re­cuer­dos de la fe­roz lu­cha en­tre los cla­nes MacGregor y Camp­bell. En esa épo­ca, el ni­vel del la­go Awe era tal que la for­ta­le­za es­ta­ba en mi­tad del agua.

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