En la cue­va de los car­pin­te­ros

Bruno y Li­vio Mic­ci­ne­si res­tau­ran mar­cos y mue­bles de ma­de­ra an­ti­guos.

Geo - - RGUDB R I K -

Por las ven­ta­nas, gri­ses de pol­vo, en­tran unos pá­li­dos ra­yos de sol. Sal­vo la luz de neón que alum­bra el ban­co de car­pin­te­ro, el ta­ller de los res­tau­ra­do­res de ma­de­ra Bruno y Li­vio Mic­ci­ne­si dor­mi­ta en una os­cu­ri­dad irreal. Rui­dos le­ves de ras­par y ras­car lle­nan el es­pa­cio, to­do lo de­más es si­len­cio. El mun­do de los dos car­pin­te­ros ar­te­sa­nos es un cuar­to de las ma­ra­vi­llas y un mu­seo de he­rra­mien­tas: ali­nea­dos en las es­tan­te­rías hay cu­chi­llos de ta­llar, li­mas y ce­pi­llos de to­dos los ta­ma­ños y for­mas; del te­cho cuel­gan sie­rras de ba­lles­ta, jun­to a tor­ni­llos de aprie­te y ta­la­dros pa­ra ma­de­ra. “No­so­tros, los ar­te­sa­nos, so­mos so­li­ta­rios, lo que más nos gus­ta es me­ter­nos en nues­tra cue­va”, di­ce Bruno (75 años), el pa­dre. En­cien­de la luz a las seis de la ma­ña­na y la apa­ga a las sie­te de la tar­de; sá­ba­dos y do­min­gos se le pue­de en­con­trar tra­ba­jan­do en su “gru­ta”. Aho­ra tra­ba­ja en la re­pro­duc­ción de un mar­co pa­ra un re­ta­blo an­ti­guo dañado (fo­to pe­que­ña). Ha­ce 60 años que es­ta es su vi­da, des­de que él, hi­jo de cam­pe­si­nos, em­pe­zó a tra­ba­jar co­mo chi­co de los re­ca­dos en una car­pin­te­ría ar­te­sa­na y des­cu­brió su pasión por es­te ofi­cio, que le lle­vó has­ta Nue­va York. Su hi­jo Li­vio (47 años) gra­ba con una gu­bia de pre­ci­sión mi­li­mé­tri­ca or­na­men­tos en una ma­de­ra de no­gal: es es­pe­cia­lis­ta en re­cons­truir mar­cos his­tó­ri­cos. Su obra maes­tra: tre­ce me­tros de ma­de­ra de­co­ra­da en un in­men­so ta­ber­nácu­lo que en­mar­ca un lien­zo de Gior­gio Va­sa­ri, pin­tor de la Cor­te de los Me­di­ci. Li­vio em­pe­zó una ca­rre­ra uni­ver­si­ta­ria, pe­ro se dio cuen­ta de que te­nía que es­tar al la­do de su pa­dre. Pe­ro ya han pa­sa­do los años en que los co­mer­cian­tes de an­ti­güe­da­des col­ma­ban a los Mic­ci­ne­si de en­car­gos. El vie­jo vio pri­me­ro des­apa­re­cer a los cam­pe­si­nos de su pue­blo y aho­ra, la ar­te­sa­nía: “¡En la pa­tria de Leonardo y Mi­guel Ángel!”

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