Es­ti­ma­do lec­tor,

Geo - - EDITORIAL -

Pes­ta­ñee. Sí, hom­bre, no sea tí­mi­do, pes­ta­ñee. Y aho­ra dí­ga­me, ¿cuán­to tiem­po cree que ha em­plea­do en ha­cer­lo? ¿Un se­gun­do? ¿Me­nos qui­zás? Se lo pre­gun­to por­que con su ama­ble ges­to me va a per­mi­tir con­tar­le una vie­ja his­to­ria, qui­zá la más ex­tra­ña que ha­ya es­cu­cha­do nun­ca. Es una his­to­ria tan inau­di­ta, tan os­cu­ra y mis­te­rio­sa, que so­lo re­cu­rrien­do a la com­pa­ra­ción me veo ca­paz de abor­dar­la. Por des­gra­cia no co­mien­za con el Éra­se una vez de los cuen­tos in­fan­ti­les, no ha­bla de prín­ci­pes ni de prin­ce­sas, tam­po­co tie­ne por qué ter­mi­nar con un fi­nal fe­liz. Es­ta his­to­ria es la his­to­ria de un sin­gu­lar se­cre­to, un se­cre­to que se ini­cia cuan­do nues­tro mun­do aún no era mun­do, ni el tiem­po era tiem­po, ni el es­pa­cio, es­pa­cio. Ocu­rrió ha­ce 13.700 millones de años, tras una enor­me ex­plo­sión. Pe­ro de­ten­gá­mo­nos por un ins­tan­te. Ven­ga, ven­ga aquí. Fíjese bien en aquel pe­que­ño pun­to. Sí, aquel de allá, en la os­cu­ri­dad. ¿Lo ve? Es di­fí­cil, lo sé. Tan pe­que­ño es que, de exis­tir hoy, ni el más so­fis­ti­ca­do de los mi­cros­co­pios po­dría si­quie­ra in­tuir­lo. Aún así, va­mos, ha­ga un es­fuer­zo y no le qui­te ojo: nues­tra má­gi­ca his­to­ria se desa­rro­lla allí y es­tá a pun­to de co­men­zar. No le voy a en­ga­ñar: en reali­dad mi vis­ta al­can­za tan po­co co­mo la su­ya, pe­ro da­do que soy el na­rra­dor me per­mi­ti­ré es­pe­cu­lar. Ima­gino que en el in­te­rior de ese pe­que­ñí­si­mo pun­to, de ese es­pa­cio sin es­pa­cio, las con­di­cio­nes de la exis­ten­cia son in­fer­na­les: la pre­sión es in­men­sa, el ca­lor inima­gi­na­ble. ¿Có­mo es es­to po­si­ble –se pre­gun­ta­rá us­ted–, si ape­nas hay na­da en su in­te­rior? No sea im­pa­cien­te, ami­go mío, la res­pues­ta lle­ga­rá en un ins­tan­te. ¿Y luz? ¿Tam­po­co hay luz? Pues no, el te­lón de nues­tra his­to­ria se le­van­ta a os­cu­ras. Pe­ro no te­ma, da­do que na­da ve­mos, ha­ga co­mo yo, ima­gí­ne­se el in­te­rior de aquel pe­que­ño pun­to co­mo si fue­ra una es­pu­ma den­sa e hir­vien­te, un ines­ta­ble souf­flé don­de a ca­da ins­tan­te sur­gen pe­que­ñas bur­bu­jas que apa­re­cen y des­apa­re­cen, una y otra vez, con­ti­nua­men­te. Has­ta que ¡zas!, lle­ga­do un mo­men­to –no me pre­gun­te us­ted por qué– al­go ex­tra­ño ocu­rre (¿el azar? ¿la di­vi­ni­dad tal vez?) y una de esas pe­que­ñas bur­bu­jas se in­fla más y más a con­se­cuen­cia de una os­ci­la­ción es­pon­tá­nea de la ener­gía. Y cla­ro, ocu­rre lo que pen­sa­mos, lo inevi­ta­ble: una dra­má­ti­ca ex­plo­sión. Pe­ro no es una ex­plo­sión co­mo la que us­ted y yo te­ne­mos en men­te, no. Nues­tro pe­que­ño pun­to ex­plo­ta por to­das par­tes, y en to­das ellas ocu­rre lo mis­mo al mis­mo tiem­po: se in­flan, se ex­pan­den, cre­cen. Y si pien­sa que el cam­bio que se pro­du­ce es co­mo cuan­do so­pla­mos un glo­bo, se equi­vo­ca. Al con­tra­rio que en aquel, nues­tro pun­to na­da tie­ne que le ro­dee, nin­gún es­pa­cio ex­te­rior al que di­ri­gir­se, nin­gún res­qui­cio por el que co­lar­se. Así que, a fal­ta de es­pa­cio que ocu­par, de­ci­de crear el su­yo. Y nues­tro pun­to ya no es un pun­to, sino un ba­lón que cre­ce a una ve­lo­ci­dad in­só­li­ta, tan­to que, si la ca­be­za de un al­fi­ler cre­cie­se a su mis­ma ve­lo­ci­dad, se­ría mil ve­ces más gran­de que el ac­tual uni­ver­so en me­nos de un se­gun­do. No me si­gue, ¿ver­dad? Se lo ad­ver­tí, es­ta es una his­to­ria inau­di­ta y mis­te­rio­sa, aje­na al en­ten­di­mien­to hu­mano. Por eso, da­do que no pue­de ima­gi­nar­la, acép­te­la. Y es­ta vez sí, que­ri­do lec­tor, ol­vi­de lo que le di­je y no pes­ta­ñee. Si lo ha­ce se per­de­rá el na­ci­mien­to del uni­ver­so.

Es­ta his­to­ria no co­mien­za con el Éra­se una vez de los cuen­tos in­fan­ti­les, no ha­bla de prín­ci­pes ni de prin­ce­sas, tam­po­co tie­ne por qué ter­mi­nar con un fi­nal fe­liz. Es­ta his­to­ria es la his­to­ria de un ex­tra­ño se­cre­to, un se­cre­to que se ini­cia cuan­do el mun­do aún no era mun­do, ni el tiem­po era tiem­po, ni el es­pa­cio, es­pa­cio. Ocu­rrió ha­ce 13.700 millones de años, tras una enor­me ex­plo­sión

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