Es­ti­ma­do lec­tor,

Geo - - EDITORIAL - Ju­lián Due­ñas GEO. Di­rec­tor de jdue­nas@gyj.es

Ima­gi­ne que es­to es un sue­ño. Un sue­ño pla­cen­te­ro, de ni­ño. Un sue­ño don­de pue­de ver­se ro­dea­do de to­das aque­llas per­so­nas en las que con­fía, de to­do lo que le gus­ta, de aque­llo que le ha­ce sen­tir fe­liz y es­pe­cial. Si se fi­ja un po­co, allí, al fon­do de la ha­bi­ta­ción, ha de­ja­do el ves­ti­do de prin­ce­sa que le re­ga­la­ron por Na­vi­dad, y so­bre el pe­que­ño es­cri­to­rio si­tua­do bajo la ven­ta­na, la bol­sa de ca­ni­cas que su pa­dre le dio pa­ra ju­gar en el co­le­gio. Un po­co más allá, jun­to a la ca­ma, pue­de ver las pis­to­las y el vie­jo ca­ba­llo de ma­de­ra de su her­mano. Siem­pre qui­so cam­biar­le el nom­bre, pe­ro se conforma con pin­tar­le las cri­nes de vi­vos co­lo­res. So­bre la ca­ma hay una mu­ñe­ca. Es su

Nancy, su mu­ñe­ca pre­fe­ri­da, tan ru­bia y tan gua­pa. La tie­ne ves­ti­da con su me­jor tra­je y lle­va pues­tos to­dos sus com­ple­men­tos. Has­ta aquí su sue­ño es un sue­ño nor­mal y bo­ni­to, per­fec­to. Co­mo la vi­da mis­ma, ¿ver­dad? Unos ins­tan­tes des­pués se ve sa­lien­do a la ca­lle. Se ha pues­to su falda nue­va y unos pre­cio­sos cal­ce­ti­nes fuc­sia. An­tes, co­mo to­das las ma­ña­nas, su ma­dre le ha des­pe­di­do con un be­so hú­me­do lleno de in­quie­tud. Ha­ce un día ra­dian­te, con un sol ás­pe­ro y re­don­do de mem­bri­llo. Se sien­te bien, dis­fru­ta del mo­men­to. Le gus­ta lo que ve y có­mo lo ve. Mu­chos ni­ños, ni­ños co­mo us­ted, se le su­man en el ca­mino. Por al­gu­na ex­tra­ña ra­zón, to­dos le mi­ran y son­ríen y cu­chi­chean. Es nor­mal, se di­ce, al fin y al ca­bo es­to es un sue­ño y yo soy su pro­ta­go­nis­ta. A mu­chos de ellos les co­no­ce, les po­ne nom­bre. Con otros, sin em­bar­go, ape­nas si se ha cru­za­do en el re­creo. Nun­ca ha ju­ga­do con ellos y nun­ca lo ha­rá. Por eso no en­tien­de sus mi­ra­das des­pec­ti­vas. Tam­po­co las son­ri­sas ve­la­das y los co­da­zos di­si­mu­la­dos al en­trar en el ba­ño. En el in­te­rior to­do le pa­re­ce nor­mal. Qui­zá lo en­cuen­tre más lim­pio de lo ha­bi­tual o qui­zá le sor­pren­da el co­rri­llo de chi­cas que se for­ma a su al­re­de­dor. Pe­ro cuan­do se dis­po­ne a pre­gun­tar, des­pier­ta del sue­ño. Y re­gre­sa a la reali­dad. Y ya na­da es pla­cen­te­ro ni agra­da­ble ni bo­ni­to. Us­ted si­gue sien­do us­ted, sí, pe­ro ya no se lla­ma Ma­ría sino Juan. Su Nancy si­gue so­bre la ca­ma y el ca­ba­llo con­ser­va sus cri­nes pin­ta­das de vi­vos co­lo­res. Tam­bién hay un ba­lón y pis­to­las y el ves­ti­do que le re­ga­la­ron por Na­vi­dad. Y a us­ted es­to le pa­re­ce nor­mal. Por­que los ni­ños sue­len pirrarse por las pis­to­las, los superhéroes y las ca­ni­cas, y las ni­ñas por las mu­ñe­cas, los ves­ti­dos y los ma­qui­lla­jes. Hay pues una ar­mo­nía en­tre lo que sien­ten y lo que so­cial­men­te se es­pe­ra de ellos. Pe­ro ¿qué ocu­rre cuan­do no es así? ¿Qué pa­sa co­mo cuan­do en el sue­ño lo que de­bía ser ro­sa es azul y lo azul, ro­sa? ¿O cuan­do no es nin­guno de los dos? En el mun­do –tal y co­mo re­co­ge­mos en un reportaje in­te­rior–, exis­ten mi­les de ni­ños que pa­de­cen con­duc­tas trans­gé­ne­ro, ni­ños que, al mar­gen de po­seer un se­xo bio­ló­gi­co inequí­vo­co, no se ven co­mo hom­bre ni co­mo mu­jer, o bien se re­co­no­cen en am­bas ca­te­go­rías al mis­mo tiem­po o, sen­ci­lla­men­te, no lo ha­cen en nin­gu­na. Las cau­sas de ese des­ajus­te son un enig­ma. Pe­ro no la dis­cri­mi­na­ción a la que se ven so­me­ti­dos. Es­ta se sus­ten­ta en la ig­no­ran­cia y el des­pre­cio a lo di­fe­ren­te, en la in­ca­pa­ci­dad pa­ra en­ten­der que si bien to­dos te­ne­mos de­re­cho a ser dis­tin­tos, tam­bién lo te­ne­mos a ser tra­ta­dos igual.

Ellos sue­len pirrarse por las pis­to­las, los superhéroes, las pe­leas; ellas, por las mu­ñe­cas, los pei­nes, los ma­qui­lla­jes. Exis­te pues una ar­mo­nía en­tre lo que sien­ten y lo que so­cial­men­te se es­pe­ra de ellos. Pe­ro ¿qué ocu­rre cuan­do no es así? ¿Qué pa­sa cuan­do lo que su­pues­ta­men­te de­bía ser ro­sa es azul y lo azul, ro­sa?

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