"En mis li­bros de via­jes siem­pre hay una pa­sión li­te­ra­ria"

En Can­ta Ir­lan­da, Ja­vier Re­ver­te re­co­rre la is­la fas­ci­na­do por la épi­ca de sus le­yen­das, los can­tos po­pu­la­res y la voz de sus poe­tas y es­cri­to­res.

Geo - - GEO ENTREVISTA - Ju­lián Dueñas

Es­cu­char a Ja­vier Re­ver­te es ca­si tan apa­sio­nan­te co­mo leer­le. Co­mo buen con­ta­dor de his­to­rias que es, sa­be cau­ti­var a la au­dien­cia. Es­ta vez lo ha­ce arran­cán­do­se –en­tre pin­tas de Guin­ness y con bue­na voz– con la po­pu­lar can­ción ir­lan­de­sa Molly Ma­lo­ne. Por­que es Ir­lan­da el mo­ti­vo de su nue­vo li­bro. Un evo­ca­dor retrato de es­ta pe­que­ña is­la esmeralda lleno de mú­si­ca, ci­ne y, por su­pues­to, bue­na li­te­ra­tu­ra.

Al mar­gen de lo que la so­la­pa nos cuen­ta, ¿qué en­con­tra­mos en es­te li­bro?

–Mis li­bros de via­je trans­cu­rren siem­pre so­bre una pa­sión li­te­ra­ria. Y en es­te ca­so, re­co­rro un país, por de­cir­lo así, lí­ri­ca­men­te. Ir­lan­da es un país que ama a sus es­cri­to­res. ¿Y qué pue­de pen­sar un escritor an­te un país que me ama na­da más de­cir que es­cri­bo? Me apa­sio­na Ir­lan­da.

Algo más ten­drá es­te país pa­ra atraer­le, por­que su fas­ci­na­ción vie­ne de le­jos.

–Me gus­tan mu­cho sus can­cio­nes. Son un po­co co­mo can­tos de ges­ta de hé­roes anó­ni­mos. Ha­blan de his­to­rias de hom­bres y mu­je­res con­cre­tos que no sa­be­mos si exis­tie­ron o no, que eran del pue­blo..., no son le­tras abs­trac­tas las de sus can­cio­nes de au­to­res anó­ni­mos, sino his­to­rias, ca­si cuen­tos. Des­de pe­que­ño me ha gus­ta­do que me cuen­ten his­to­rias y yo aho­ra, co­mo escritor, tra­to de con­tar his­to­rias. Los ir­lan­de­ses cuen­tan.

Le no­to cier­to gus­to por la épi­ca. Pe­ro Ir­lan­da no tie­ne gran­des ges­tas que re­cor­dar. ¿A qué can­tan en­ton­ces?

–A sus de­rro­tas. ¿Hay algo más épi­co que la de­rro­ta? Tro­ya fue ven­ci­da y el gran hé­roe de La Ilia­da fue Héc­tor, en tan­to que aquel que lo ma­tó, Aqui­les, mu­rió po­co des­pués de un fle­cha­zo en el ta­lón. Nun­ca hay épi­ca de la vic­to­ria y los ven­ce­do­res, al fi­nal, ala­ban a los ven­ci­dos.

¿Cuán­to hay de le­yen­da y cuán­to de reali­dad en es­ta pe­que­ña is­la?

–Co­mo en to­dos los lu­ga­res, la his­to­ria se cons­tru­ye so­bre los mi­tos, y los mi­tos siem­pre fal­si­fi­can la reali­dad. To­dos los his­to­ria­do­res afir­man que son ob­je­ti­vos. Pe­ro ¿hay al­guno que lo sea?, ¿cuán­tas caras tie­ne la ver­dad? No co­noz­co nin­gu­na ver­dad ab­so­lu­ta. Qui­zás, afor­tu­na­da­men­te, Ir­lan­da tam­po­co en eso es una ex­cep­ción.

Du­ran­te años Ir­lan­da ha nu­tri­do de es­cri­to­res y pre­mios No­bel de Li­te­ra­tu­ra al mun­do. Ade­más, ha­ce gi­rar sus fies­tas en torno a ellos. Son gen­te ra­ra, ¿ver­dad?

–Sí, son ra­ros en un mun­do que ig­no­ra el va­lor de la li­te­ra­tu­ra, o del ar­te en ge­ne­ral, al que los po­lí­ti­cos –so­bre to­do en Es­pa­ña– con­si­de­ran una di­ver­sión, y no una ma­ne­ra de en­ten­der el pa­pel del hom­bre en la Tie­rra.

Ha tar­da­do sie­te años en “res­ca­tar” es­te via­je. ¿Por qué?

–A ve­ces los li­bros se atas­can y van cre­cien­do po­co a po­co en el al­ma de quien los es­cri­be. Es un mis­te­rio es­tu­pen­do, par­te de ese

jue­go apa­sio­nan­te que es es­cri­bir. En otras oca­sio­nes sur­gen de pron­to, co­mo si tu­vie­ras un vol­cán de­ba­jo del cu­lo.

To­dos (o ca­si to­dos) sus li­bros son via­jes guia­dos por la li­te­ra­tu­ra. ¿Pue­do lla­mar­le mi­tó­mano?

–Mi mi­to es la li­te­ra­tu­ra, no ten­go otro: co­mo lec­tor y co­mo un vo­ca­cio­nal ab­so­lu­to de la es­cri­tu­ra. Me gus­ta es­cri­bir por­que es mi for­ma de vi­da, no co­mo una ma­ne­ra de ha­cer­me ri­co. Pa­ra ser ri­co, me de­di­ca­ría a ro­bar, que es mu­cho más sen­ci­llo que es­cri­bir un buen li­bro. Y lo ha­ría es­tu­pen­da­men­te.

¿Via­ja pa­ra es­cri­bir o es­cri­be pa­ra via­jar?

–Via­jo pa­ra es­cri­bir, sin du­da. Pe­ro me en­can­ta via­jar.

De­cía Ana Ma­ría Ma­tu­te que la li­te­ra­tu­ra era una ma­la ma­dre. ¿Qué tal es co­mo com­pa­ñe­ra de via­je?

–Pa­ra mí es la úni­ca com­pa­ñe­ra. ¿Ma­la, bue­na? Es un pe­rro y se le quie­re, ¿no vas a que­rer a tu com­pa­ñe­ra de la vi­da?

Los gran­des es­cri­to­res ir­lan­de­ses aban­do­na­ron su is­la pa­ra vi­vir fue­ra de ella. Es cier­to que lue­go ha­bla­ban bien de su tie­rra, pe­ro no aguan­ta­ban allí. ¿Tan pro­vin­cia­na es?

–Tre­men­da­men­te pro­vin­cia­na. Y opre­si­va. ¿Y qué tie­rra no lo es? Yo soy ma­dri­le­ño, amo Ma­drid, pe­ro no so­por­to vi­vir aquí y me lar­go en cuan­to pue­do. El na­cio­na­lis­mo no es más que una for­ma de pa­le­te­ría. Y la pa­le­te­ría no pro­du­ce nun­ca bue­nos es­cri­to­res.

He leí­do una de­cla­ra­ción

"Me gus­ta es­cri­bir por­que es mi for­ma de vi­da, no pa­ra ha­cer­me ri­co. Pa­ra ser ri­co me de­di­ca­ría a ro­bar, que es más sen­ci­llo que es­cri­bir un li­bro"

don­de com­pa­ra Ir­lan­da y An­da­lu­cía. Me va us­ted a per­do­nar pe­ro ¿qué ha­bía be­bi­do?

–Pues Guin­ness en gran­des can­ti­da­des. Pe­ro so­bre to­do ha­bía can­ta­do. En Ir­lan­da la gen­te can­ta en pú­bli­co, sin com­ple­jos, co­mo en An­da­lu­cía. Los pa­los son dis­tin­tos, cla­ro. Pe­ro la ale­gría es la mis­ma. La ale­gría de vi­vir, un don es­ca­so en el mun­do.

Sa­be us­ted que es la en­vi­dia de la pro­fe­sión: via­jar y es­cri­bir. ¿Hay un ofi­cio me­jor?

–De­cia Ka­pus­cinsky que el pe­rio­dis­mo es un ofi­cio que se pa­re­ce a un bi­lle­te de lo­te­ría con pre­mio ase­gu­ra­do. Bueno..., era así. Sí, soy un hom­bre afor­tu­na­do: sin ser ri­co, vi­vo pa­ra lo que me gus­ta y de lo que me gus­ta. Y so­lo hay una cla­ve pa­ra lo­grar­lo: no men­tir­te a ti mis­mo.

Del pe­rio­dis­mo –que fue un gra­to ofi­cio– ha di­cho que es algo que ol­vi­da­re­mos pron­to. ¿No lo he­mos ol­vi­da­do ya?

–Lo sien­to por los jó­ve­nes, pe­ro el pe­rio­dis­mo es­tá mu­rien­do. Y so­la­men­te hay una ra­zón: ya no nos cuen­ta his­to­rias. Y a la gen­te le gus­ta leer his­to­rias.

He oí­do que se va a China. ¿A quién per­si­gue es­ta vez?

–Ven­go de China, de re­co­rrer la gran cur­va del Yang Tsé. Lo con­ta­ré pron­to en un li­bro. Pe­ro China es un país que no me ha gus­ta­do ca­si na­da.

Dí­ga­me una co­sa, ¿Ita­lia no le atrae? –

Cla­ro. En oc­tu­bre pu­bli­co Un Oto­ño Ro­mano, un dia­rio de mi es­tan­cia de tres me­ses en Roma a fi­na­les del pa­sa­do año.

G

JA­VIER RE­VER­TE (1944, Ma­drid), escritor, via­je­ro y pe­rio­dis­ta, ha vi­vi­do en Lon­dres, Pa­rís, Lisboa, Nue­va York, Roma e Ir­lan­da. Sus vi­ven­cias han que­da­do re­co­gi­das en li­bros tan co­no­ci­dos co­mo El sue­ño de Áfri­ca, Co­ra­zón de Ulises

y La aven­tu­ra de via­jar.

TRAS LOS MI­TOS La pe­lí­cu­la pre­fe­ri­da de Ja­vier Re­ver­te es El hom­bre tran­qui­lo,

de John Ford. Por eso no du­dó en fo­to­gra­fiar­se en

al­gu­nas de sus lo­ca­li­za­cio­nes: en el puen­te de Blan­ca

Mañana (jun­to a es­tas lí­neas) y en la pla­za de Innisfree

(dcha), en Cong, pue­blo del con­da­do

de Ma­yo.

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