¿POR QUÉ... EXIS­TEN LAS ES­TA­CIO­NES?

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Mien­tras el nor­te de Eu­ro­pa se hun­de en la nieve en Navidad, los neo­ze­lan­de­ses pue­den ce­le­brar las fies­tas con bar­ba­coas en la pla­ya. A fi­na­les de ju­nio, cuan­do la tem­po­ra­da de es­quí co­mien­za en am­plias par­tes de Nue­va Ze­lan­da, el ve­rano in­vi­ta a los ha­bi­tan­tes de Eu­ro­pa sep­ten­trio­nal a dar­se un cha­pu­zón en los la­gos. Aquí el ve­rano, allí el in­vierno, siem­pre por tur­nos: ¿por qué? Las es­ta­cio­nes del año se de­ben a la cambiante po­si­ción de nues­tro pla­ne­ta en el sis­te­ma so­lar. La Tie­rra no so­lo com­ple­ta una vuel­ta al­re­de­dor de su eje en 24 ho­ras, crean­do día y no­che, sino tam­bién una vuel­ta al­re­de­dor del Sol en 365 días. El eje de rotación de la Tie­rra es­tá li­ge­ra­men­te in­cli­na­do con res­pec­to al plano de la ór­bi­ta que des­cri­be al­re­de­dor del Sol, en un án­gu­lo que es de unos 23 gra­dos. El he­cho de que el eje siem­pre ten­ga la mis­ma po­si­ción se ba­sa en un prin­ci­pio que los fí­si­cos de­no­mi­nan “con­ser­va­ción del mo­men­to an­gu­lar”.

El efec­to de la in­cli­na­ción cons­tan­te: de­pen­dien­do de la po­si­ción de la Tie­rra en la ór­bi­ta, el he­mis­fe­rio nor­te se in­cli­na ha­cia el Sol du­ran­te una mi­tad del año y el he­mis­fe­rio sur, du­ran­te la otra, fa­se en la que el res­pec­ti­vo he­mis­fe­rio re­ci­be los ra­yos del Sol du­ran­te un tiem­po más pro­lon­ga­do y des­de un án­gu­lo ca­si rec­to. Cuan­to más rec­to es el án­gu­lo en que in­ci­de la luz y cuan­to más lar­ga la du­ra­ción del im­pac­to de los ra­yos, tan­to más ca­lor.

Tam­bién la du­ra­ción del día va­ría drás­ti­ca­men­te en­tre una y otra par­te del mun­do. Así, en Bru­se­las, por ejem­plo, el Sol sa­le el 21 de ju­nio a las 5.28 ho­ras y se po­ne a las 22.00 ho­ras; pe­ro el 21 de di­ciem­bre, so­lo sa­le a las 8.42 ho­ras y la os­cu­ri­dad lle­ga ya a las 16.39 ho­ras. En el he­mis­fe­rio sur ocu­rre lo con­tra­rio: en la neo­ze­lan­de­sa We­lling­ton, el día du­ra ca­si 15 ho­ras en épo­ca na­vi­de­ña... en vez de las es­ca­sas nue­ve ho­ras del mes de ju­nio.

En los po­los, la ór­bi­ta de la Tie­rra tie­ne el efec­to más lla­ma­ti­vo. En ve­rano, el Sol ja­más lle­ga a po­ner­se, mien­tras que en in­vierno no sa­le nun­ca. El lla­ma­do “día po­lar” du­ra en el ca­bo Nor­te unas once se­ma­nas, des­de me­dia­dos de ma­yo a fi­na­les de ju­lio, mien­tras que la“no­che po­lar”, que co­mien­za a me­dia­dos de no­viem­bre, se pro­lon­ga has­ta el úl­ti­mo ter­cio de enero.

Las zo­nas al­re­de­dor del ecuador, sin em­bar­go, pa­re­cen des­co­no­cer el cam­bio de las es­ta­cio­nes del año. La ex­pli­ca­ción: en es­tas re­gio­nes, los ra­yos del Sol in­ci­den al me­dio­día ca­si siem­pre con un án­gu­lo ca­si rec­to (de­pen­dien­do del mes, en­tre 70 y 110 gra­dos); día y no­che se tur­nan apro­xi­ma­da­men­te ca­da do­ce ho­ras. De es­ta ma­ne­ra, la tem­pe­ra­tu­ra diur­na má­xi­ma de Nai­ro­bi, por ejem­plo, per­ma­ne­ce más o me­nos igual du­ran­te to­do el año: ron­da los 23 gra­dos centígrados.

Ilustración: Mi­chael Klaack

La Tie­rra gi­ra al­re­de­dor del Sol con un eje

in­cli­na­do.

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