"El gran es­co­llo pa­ra la paz es el re­torno de los re­fu­gia­dos"

En el ex­ca­pi­tán del ejér­ci­to ju­dío Ahron Breg­man abor­da el do­mi­nio mi­li­tar is­rae­lí so­bre tie­rras pa­les­ti­nas des­de una pers­pec­ti­va muy crí­ti­ca.

Geo - - GEO ENTREVISTA -

Ahron Breg­man es una ra­ra avis en la sociedad is­rae­lí. Tal vez por eso vi­va en Lon­dres. Des­de allí –ex­pli­ca– pue­de ver el con­flic­to pa­les­tino-is­rae­lí con dis­tan­cia, aun­que na­die con más au­to­ri­dad que él, que com­ba­tió en pri­me­ra lí­nea du­ran­te va­rios años, pa­ra es­cri­bir La ocu­pa­ción, un estudio cro­no­ló­gi­co y ri­gu­ro­so de los te­rri­to­rios do­mi­na­dos por Is­rael des­de 1967.

¿Cuán­do de­ci­dió que no que­ría for­mar par­te de las fuer­zas de ocu­pa­ción?

–En 1987, con la pri­me­ra In­ti­fa­da. Es­ta­ba en la re­ser­va, de via­je por Kat­man­dú, y vi una fo­to de un sol­da­do is­rae­lí gol­pean­do a un pa­les­tino. Vol­ví a Is­rael y ex­pli­qué en la pren­sa que yo no iba a ser par­te de eso. Des­pués me fui a In­gla­te­rra, don­de vi­vo des­de ha­ce 25 años.

No hay mu­chos ejem­plos co­mo el su­yo.

–Nun­ca los ha­brá: es muy di­fí­cil por­que te dan la es­pal­da la fa­mi­lia, los ami­gos... Is­rael es una sociedad muy pe­que­ña, y una ac­ción así te lle­va al ais­la­mien­to.

Us­ted mues­tra gran em­pa­tía ha­cia el su­fri­mien­to de la po­bla­ción pa­les­ti­na.

–Lo veo co­mo ser hu­mano. Hay que de­cir que las imá­ge­nes que se ven en el ex­tran­je­ro, fue­ra de Is­rael, no son las mis­mas que den­tro. Por ejem­plo, las de ju­lio pa­sa­do –ni­ños pa­les­ti­nos san­gran­do o la des­truc­ción en Ga­za– no se ven en Is­rael.

¿Cuá­les fue­ron las opor­tu­ni­da­des de paz per­di­das?

–La pri­me­ra fue tras la ocu­pa­ción de 1967. La na­ción pa­les­ti­na es­ta­ba ba­jo con­trol de los is­rae­líes, que tu­vie­ron la oca­sión de otor­gar­les un Es­ta­do. Los pa­les­ti­nos es­ta­ban en es­ta­do de shock, dis­pues­tos a coope­rar: ese fue el mo­men­to real y lo per­die­ron por­que no ha­bía pre­sión internacional. Otra opor­tu­ni­dad per­di­da fue tras la con­fe­ren­cia de Ma­drid, en 1991, con Fe­li­pe González, Gor­ba­chov y Bush pa­dre, al fi­nal de la Gue­rra Fría, con las su­per­po­ten­cias coope­ran­do por pri­me­ra vez. Mien­tras Ara­fat se­guía vi­vo –y era lo bas­tan­te fuer­te pa­ra im­po­ner su au­to­ri­dad so­bre los pa­les­ti­nos– hu­bo oca­sio­nes per­di­das. En 2000, en Camp Da­vid, por ejem­plo, es­tu­vie­ron muy, muy cer­ca, pe­ro ne­ce­si­ta­ron un pe­que­ño em­pu­jón.

Je­ru­sa­lén y el re­torno de los re­fu­gia­dos son los obs­tácu­los in­sal­va­bles, ¿có­mo po­drían so­lu­cio­nar­se?

–Bue­na pre­gun­ta. La gen­te

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